El título de esta entrada suena paradógico, pero a nosotros también nos sucede. Los psicólogos/as también podemos deprimirnos (y tener ansiedad, y estrés, y muchas más cosas) a pesar de nuestra formación. Siempre pongo el mismo ejemplo pero es que es muy gráfico "¿Acaso no se resfrían los médicos?"
La respuestas es evidente. A pesar de que los médicos tengan en teoría conocimientos que les preparan para tratar enfermedades, eso no les hace inmunes a ellas. Quizás puedan ser previsores, pero no pueden serlo siempre pues vivirían con miedo constante a caer enfermos, y además hay muchas patologías que pueden afectarte por mucho que te cuides.
A los psicólogos nos pasa exactamente lo mismo. Nuestra formación nos permite ser conocedores de diversas trastornos y afecciones mentales, de su origen, sus efectos y su tratamiento. No obstante, eso no nos convierte en máquinas sin sentimientos, y por eso nos vemos afectados por las malas rachas como todos los demás.
Eso sí, cuando esto sucede el psicólogo puede verse sobrepasado por esas sensaciones o bien saber capearlas. Esto segundo es por supuesto más difícil de decir que de hacer, pues superarlo requiere ver el problema objetivamente, saber abstraerse y actuar con objetividad. Precisamente, cuando alguien acude a nuestra consulta busca no solo nuestros conocimientos y preparación, sino también esa objetividad. Al poder ver el problema desde fuera podemos analizarlo y determinar que método de los disponibles es el más adecuado, que medidas son las más convenientes.
Racionalizar lo que nos ocurre es complicado, pero ¿no es justamente lo que les pedimos a los pacientes cuando llegan a consulta diciendo que el mundo parece estar en su contra? Si nos sentimos mal, tomémonos un momento de descanso, concentrémonos en lo que sentimos, en por qué, y en nuestras sensaciones físicas. Si nos abstraemos lo suficiente lograremos visualizarnos a nosotros mismos como un paciente más, y entonces veremos que camino debemos seguir. Luego, con la constancia y el método, superaremos el bache.
Y si es necesario, recuerda que tienes amigos, familia y compañeros. Ellos estarán ahí igual que tu lo estás para ellos. Recuerda a todos los pacientes a los que has ayudado, y piensa que tú no vas a ser menos. Deprimido o estresado no estás en condiciones de cumplir tus obligaciones con los futuros pacientes, así que si hace falta tómate un descanso. Busca formas de desahogarte, habla con la gente, con otro especialista, escribe un blog. Mañana será otro día, uno mejor que el de hoy. Y el siguiente mejor aún.
lunes, 29 de mayo de 2017
Psicólogo deprimido
viernes, 12 de mayo de 2017
¿Por qué nos comportamos así en las redes sociales?
Internet, Facebook, Twitter, Youtube, Instagram, Smartphone. En cuestión de pocos años nuestro entorno ha cambiado mucho, así como nuestra forma de comunicarnos y entender el mundo. Lejos de aminorar, la velocidad a la que se suceden estos cambios es cada vez mayor y si alguno de nuestros antepasados pudiese viajar en el tiempo para visitarnos posiblemente no entendería la mitad de lo que decimos a pesar de compartir idioma.
Las nuevas tecnologías de la comunicación están cada vez más presentes en nuestras vidas y es que resulta difícil resistirse a la tentación que supone la promesa de poder acceder a toda esa información, conocer gente de todo el mundo, encontrar contenido audiovisual de cualquier tipo para verlo en el momento que queramos y un largo etcétera.
Sin embargo, el ser humano no deja de ser el resultado de millones de años de evolución y por tanto ni nuestra mente ni nuestra forma de relacionarnos está adaptada a las redes sin una preparación previa, preparación que además no recibe prácticamente nadie. Quizás sea por eso que cuando vemos ciertas conductas en Internet ni nos sorprendemos y muchas veces lo dejamos en un comentario del estilo de "es que es Internet, ¿qué esperabas?". Faltas de respeto, bromas excesivamente pesadas, insultos, acosos, abusos y mentiras, son algunas de estas conductas que podemos ver en las redes día a día y que si las viéramos en otro contexto no dudaríamos en pensar que su perpetrador es un antisocial, psicópata o sufre de alguna otra patología o circunstancia que lo convierte en un alguien con quien mejor ir con cuidado.
Y es que sin razón aparente, la gente en Internet parece más dada a estos comportamientos. Digo aparentemente porque por supuesto existen razones, siendo una de las más importantes la gratificación que supone que te hagan caso. Los seres humanos somos sociales por naturaleza lo que significa que normalmente queremos ser aceptados por el grupo, y por este motivo es que aprendemos a respetar las normas sociales. Pero de golpe nos vemos inmersos en un mundo virtual en el cual nadie nos ha enseñado a desenvolvernos y cada enlace compartido o me gusta puede llegar a sentirse como una confirmación de pertenencia al grupo, de que ahí fuera hay alguien que nos escucha aunque no tengamos nada que decir.
Sin embargo, el ser humano no deja de ser el resultado de millones de años de evolución y por tanto ni nuestra mente ni nuestra forma de relacionarnos está adaptada a las redes sin una preparación previa, preparación que además no recibe prácticamente nadie. Quizás sea por eso que cuando vemos ciertas conductas en Internet ni nos sorprendemos y muchas veces lo dejamos en un comentario del estilo de "es que es Internet, ¿qué esperabas?". Faltas de respeto, bromas excesivamente pesadas, insultos, acosos, abusos y mentiras, son algunas de estas conductas que podemos ver en las redes día a día y que si las viéramos en otro contexto no dudaríamos en pensar que su perpetrador es un antisocial, psicópata o sufre de alguna otra patología o circunstancia que lo convierte en un alguien con quien mejor ir con cuidado.
Y es que sin razón aparente, la gente en Internet parece más dada a estos comportamientos. Digo aparentemente porque por supuesto existen razones, siendo una de las más importantes la gratificación que supone que te hagan caso. Los seres humanos somos sociales por naturaleza lo que significa que normalmente queremos ser aceptados por el grupo, y por este motivo es que aprendemos a respetar las normas sociales. Pero de golpe nos vemos inmersos en un mundo virtual en el cual nadie nos ha enseñado a desenvolvernos y cada enlace compartido o me gusta puede llegar a sentirse como una confirmación de pertenencia al grupo, de que ahí fuera hay alguien que nos escucha aunque no tengamos nada que decir.
Si juntamos lo anterior con la cantidad de información y material digital que se nos presenta cada día y teniendo en cuenta que disponemos de un tiempo limitado, no son pocos los individuos que apenas leen los enlaces y se contentan con ojearlos o leer el titular. Eso sí, tras esa lectura transversal, si creen que parece interesante compartirán el enlace, ya que así sus conocidos virtuales les darán el preciado "me gusta". El problema resulta evidente, y es que en Internet hay mucho lector que comparte pero poco generador de contenido (en comparación), por lo que todo se acaba convirtiendo en un torbellino de enlaces interesantes que nadie se para a leer, pues lo más importante es sentir que los demás me hacen caso, y no tanto hacerles caso a ellos siempre y cuando crean que sí los atiendo. Y mejor no hablar de los artículos, imágenes y vídeos directamente robados con tal de obtener visitas con el mínimo esfuerzo.
Lo anterior no es un decir o una suposición, ya que la Universidad de California presentó hace un tiempo un estudio en que se registró la actividad cerebral de adolescentes mientras estos publicaban fotos en las redes. Los resultados muestran una mayor activación cuantos más "me gusta" recibían, de una forma similar a cuando un sujeto consume sustancias o ejecuta conductas que producen adicción. Por decirlo de otro modo, las redes sociales parecen activar nuestros instintos sociales más primarios y es por ello que no poca la gente compite, aun sin darse cuenta, por recibir más atención que los demás. Por supuesto, si nosotros somos conscientes de este fenómeno es natural pensar que los diseñadores de dichas redes también lo tienen presente cuando crean la interfaz.
Por supuesto que se puede argumentar que el uso de las redes sociales no es tan dañino como el consumo de drogas o las adicciones conductuales (por ejemplo los juegos de azar o el sexo) pero eso no quiere decir que no entrañen sus propios peligros. Un efecto negativo bastante conocido del uso abusivo de estas redes que si buscamos apoyos y compañía en ellas, aunque recibamos mensajes de decenas de personas, en general estos no dejan tanto impacto en nosotros como lo haría una conversación con una persona más cercana, por lo que quienes se acostumbren a depender de esos contactos virtuales pueden acabar por aislarse de su entorno real.
A lo anterior hay que añadir otro aspecto nocivo, y es que aunque sus beneficios son escasos, es fácil acostumbrarse a recibir esos preciados "likes", pero como toda aquella persona activa en las redes sabrá, no es tan fácil conseguirlos a diario. Es muy complicado generar contenido continuamente y para colmo de males los usuarios tienden a compararse, conscientemente o no, con los principales referentes de de cada sector, por ejemplo algún youtuber famoso de esos que reciben miles de visitas por día. Por ello, cuando dejamos de recibir los "me gusta" o las visitas, cuando no obtenemos esa recompensa vacía pero inmediata, nos podemos sentir tan mal como cuando nos sentimos rechazados en un contexto más real. Esto además se agrava cuando esperamos que algún familiar o amigo cercano nos dé ese feedback virtual pero esto no sucede, normalmente porque cada cual le da una importancia distinta a las redes, pudiendo esta situación generar resentimientos contra esa persona.
Y a pesar de lo dicho, si hoy en día no eres un asiduo de Facebook, Twitter y demás, se te califica rápidamente como el raro del grupo. Internet es concebida como una herramienta informativa y social, y por ello formar parte de las redes favorece la autopercepción de formar parte de una comunidad, que además parece tener la ventaja de no estar restringida por fronteras o la distancia. Si bien el sentimiento de pertenencia es muy positivo y puede sacar a veces a relucir lo mejor del ser humano, también es la causa de que algunos usuarios parecen coleccionar contactos más que hacer amigos.
No son pocos los que en su red cuentan con varios cientos de "amigos" de todo el mundo, pero resulta que la ciencia nos dice que es literalmente imposible conocer y mantener tantas amistades y esto nos lo explica el llamado Número de Dunbar, el cual habla acerca de que los humanos tenemos un límite de hasta 150 personas a las que podemos conocer bien al mismo tiempo. Esta cifra, que no deja de ser una aproximación, ha demostrado ser bastante efectiva en el estudio de las relaciones humanas. Por ejemplo, en general hay muy pocas personas que conozcan más de 150 individuos y que mantengan una relación más o menos permanente con todos ellas, sean del trabajo, amistades o relaciones de cualquier otros tipo.
Esto es debido sencillamente a que nuestra mente no es capaz de manejar tantos datos a la vez, ya que conocer a una persona mínimamente implica entender quién es, sus gustos, manías, forma de comunicarse, peculiaridades... somos una suma de todas esas y aún más características y por ello percibir a la persona como un todo, como un conjunto, es una tarea compleja que consume recursos mentales. Simplemente, no estamos capacitados para manejar tantas relaciones simultáneas.
Pero claro, Facebook no sabe esto, o quizás no le importe, ni tampoco su usuario medio que tiene alrededor de 100 amistades virtuales. Recuerdo en mis años de universidad haber usado habitualmente dicha red y tener una colección de amistades colosal, de las cuales la mayoría no sabía ni de donde habían sabido ni tan solo como pronunciar sus nombres. Cuando tras años sin usar la red, volví a ella por temas laborales, hice una limpieza masiva de contactos. Y es que convertir a un desconocido de internet en tu "amigo" no requiere más que un click, muy al contrario que en el mundo analógico donde el esfuerzo es mucho mayor, si bien también más satisfactorio.
Dicho así, podría parecer que el usuario medio se dedica a captar miembros para su círculo personal simplemente por motivos egoístas como lo es la satisfacción personal momentánea, amigos de usar y tirar por así decirlo. Si bien esto es cierto, solo lo es parcialmente y hay que matizar, pues no es raro que dichos usuarios acepten solicitudes de amistad por el mero hecho de que se lo pidieron, ya que rechazar dicha petición se nos puede antojar un tanto maleducado. Y es que al ser las redes un invento relativamente reciente, muchas veces las normas sociales aplicables no estén claras y nos las vamos inventando un poco sobre la marcha.
Mi consejo a este respecto es claro, hay que limitar los contactos a las auténticas amistades o conocidos reales, a aquellas personas que tengamos interés en conocer realmente, o bien a individuos que queramos seguir por motivos laborales si se trata de un perfil creado con dicha finalidad. No hay nada de malo en hacer amigos por Internet, siempre y cuando creemos una amistad real. No vale de nada añadir contactos a los que no hacemos absolutamente ningún caso y por los que no tenemos ningún interés, ya que con ello contribuimos a crear un entorno de falsa sociedad virtual.
Lógicamente, habrá quién se pregunte porqué tomo las relaciones online con tanta cautela y para ello tendré que hablar sobre la tendencia del ser humano a centrarse en uno mismo. Lo siguiente son, por supuesto, generalidades que no pueden ser aplicadas a todos los casos y es que es cierto también que de Internet han salido algunas de las mejores relaciones y auténticas historias de amor, pero aun así hay que tener en cuenta que la mayoría de las veces es complicado crear una buena relación en base al diálogo virtual.
Y esto último es en gran parte debido a que es mucho más difícil percibir correctamente las emociones ajenas en un texto que en persona. En una conversación el tono, las expresiones faciales y el resto del lenguaje corporal son vitales, pues forman parte de nuestro repertorio comunicativo. Al carecer de todo ello, las conversaciones digitales escritas son una fuente inagotable de malentendidos. Esto que aquí explico sucede más cuanto menos se conoce a la persona, por lo que cuando hablamos con un conocido por Whatsapp nos sucederá de cuando en cuando, mientras que en conversaciones con gente con la que hemos tratado poco nos puede pasar con mucha más frecuencia. Quizás es por ello que siempre que se crea una relación digital duradera, tarde o temprano se siente la necesidad de ver a la otra persona, aunque sea mediante la webcam.
Pero un momento, ¿no hablaba yo antes de la tendencia humana a centrarse en uno mismo? ¿qué relación tiene todo eso con lo falta de tono en los textos? La respuesta es sencilla y preocupante a la vez, y es que la combinación de ambos elementos hace que generalmente creamos que nos expresamos de modo que nuestro interlocutor debería ser capaz de entendernos. Eso sí, si somos nosotros los que no entendemos lo que se nos dice nuestro primer pensamiento es que el otro no se supo explicar, lo cual por cierto contradice notablemente las leyes de la comunicación más elementales. Dichas leyes nos dicen que en caso de malentendido el responsable es el emisor del mensaje, quién tiene la obligación en su propio interés de comprobar que el receptor entendió lo que se le decía.
Por supuesto, cabe argumentar que ante la ausencia de lenguaje corporal o tono uno se debería centrar más en las palabras en sí mismas, pero resulta que nuestra forma de procesar la información no está preparada para ello y lo que en realidad sucede es que ante un texto neutral somos proclives a percibirlo como negativo. El resultado por ahora es que tenemos una comunidad virtual aparentemente unida pero desconfiada, pero mejor continuemos pues toca añadir al cóctel virtual el efecto de la viralidad.
Un mensaje, vídeo, imagen o cualquier otro contenido digital es considerado viral cuando se extiende rápidamente por todo internet al captar el interés de la comunidad digital y propagarse al ser compartido masivamente. Una de las formas en que esto sucede es cuando dicho elemento funciona bien como detonante de nuestras emociones. Echemos un ojo a varios contenidos que se volvieron virales el año pasado:
No es complicado darse cuenta de que estos tres y la práctica totalidad de los fenómenos virales que podamos encontrar tienen algo en común, y es la activación emocional. Para que algo capte así la atención debe afectar a nuestras emociones, pudiendo ser estas positivas o negativas, y en algunos casos incluso una mezcla de ambas. Puede causar alegría, tristeza, o asco entre otros, pero si además el sentimiento predominante es la ira o enfado, el usuario medio tiende a necesitar expresarla y hacer llegar lo que la provocó a más gente. Si bien se puede entender que de esta forma se pretende hacer que la comunidad tome consciencia de lo que se considera un problema o injusticia al que hay que poner solución, no es menos cierto que dicha expresión de la ira nos hace sentir comprendidos cuando otros se posicionan a favor de nuestra causa. Seguramente es por esto que a veces Internet parece más una turba enfurecida que una auténtica comunidad.
De hecho, se publicó un estudio que indicaba que es el enfado el estado emocional que se propaga más rápido en Internet y aunque hay aún que determinar porqué esto sucede así, me inclino a pensar que en parte es debido a que las relaciones digitales son en realidad asimétricas. Cuando montamos en cólera estando delante de una pantalla, no hay normalmente alguien a nuestro lado para calmarnos, pero si queremos sentir validada nuestra ira encontraremos con facilidad compañeros de enfado.
El problema aquí resulta sencillo. Si empezamos a sentirnos más comprendidos por la masa que es Internet que por nuestros amigos y familia, nos sentiremos más comprendidos en el entorno virtual y tendremos la sensación de siempre tener la razón al siempre poder encontrar apoyo, pero esto acarrea dos problemas. El primero, que aunque nos sentiremos más comprendidos no tendremos a nadie que nos calme y por tanto podemos entrar en un estado de enfado casi permanente, con consecuencias psicológicas, emocionales e incluso fisiológicas. El segundo es que poco a poco podemos acabar sin darnos cuenta aislados de nuestras amistades reales, lo cual es aún más preocupante si tenemos en cuenta que estos dos problemas pueden combinarse y agravarse mutuamente.
Todo lo dicho es una somera explicación de porqué las relaciones sociales son tan distintas fuera y dentro de las redes, pero todavía queda por decir algo. En foros, YouTube, Twitter en incluso Facebook, la gente no está obligada a usar su nombre real, lo que les confiere cierta aura de anonimato.
El ser humano es un ser social por una razón, y es que sin normas sociales que tener en cuenta, si se nos permite hacer lo que nos venga en gana, resulta que acabamos por perder la mesura, dejamos de pensar en las consecuencias. Resulta que los diversos estudios sobre el tema indican que cuando los usuarios escriben con un seudónimo sus opiniones son mucho más extremas y sus formas más agresivas que cuando lo hacen con su nombre real.
No obstante, al lector que recibe el mensaje este le afecta tanto si es anónimo como si no, pudiendo influirle, molestarle o deprimirle entre otros. Si ahora mismo, querido lector, estás pensando que los comentarios que lees en Internet no te afectan demasiado, debo informarte que en general nos afectan más de lo que nos damos cuenta. Para hacernos una idea, en la Universidad de Wisconsin-Madison se creó un blog mediante el cual se estudió como cada comentario escrito por los participantes afectaba la opinión de los que los leían después, llegando a cambiar su interpretación del texto original y cómo se sentían al respecto. Y cómo antes hemos dicho, era la ira el sentimiento que más les afectaba, pues cuanto más agresivo e insultante era el comentario más parecía influir en sus lectores, bien decantándolos a su favor bien posicionándolos en el bando totalmente contrario, pero afectándoles al fin y al cabo. A esto hay que añadir que muchos usuarios tienden a leer el titular y los comentarios, dejando a la intuición el cuerpo del texto. Y ya que las palabras soeces y los mensajes en mayúsculas captan más la atención, no es de extrañar que los comentarios iracundos sean los que más condicionan al lector.
Si bien es un problema, no es uno que tenga una solución sencilla, y desde luego no quiero insinuar que debamos censurar o controlar las expresión de la gente en Internet, pues siempre he sido firme defensor de la libertad de expresión. Quizás el remedio sea uno a largo plazo, como empezar a educar a nuestros niños y niñas de modo que entiendan que en las redes sociales siguen siendo ellos mismos, y que deben comportarse teniendo en cuenta los sentimientos y opiniones ajenos tal y como lo deberían hacer en sus relaciones mundanas.
Fuentes:
El cerebro adolescente en las redes sociales.
El número de Dunbar
No creas a Facebook, no tienes más de 150 amigos.
La dificultad para percibir las emociones en los textos online.
El libro definitivo del lenguaje corporal.
Los memes y vídeos más virales de 2016.
Repaso a los accidentes y curiosidades de Pokémon Go
La muerte de Harambe
¿Por qué murió Harambe?
La ira se extiende más rápido que la alegría en las redes
Quejarse en internet nos hace sentir mejor
Psicología de los comentarios online
La victoria de los Trolls
El efecto obsceno.
Lo anterior no es un decir o una suposición, ya que la Universidad de California presentó hace un tiempo un estudio en que se registró la actividad cerebral de adolescentes mientras estos publicaban fotos en las redes. Los resultados muestran una mayor activación cuantos más "me gusta" recibían, de una forma similar a cuando un sujeto consume sustancias o ejecuta conductas que producen adicción. Por decirlo de otro modo, las redes sociales parecen activar nuestros instintos sociales más primarios y es por ello que no poca la gente compite, aun sin darse cuenta, por recibir más atención que los demás. Por supuesto, si nosotros somos conscientes de este fenómeno es natural pensar que los diseñadores de dichas redes también lo tienen presente cuando crean la interfaz.
Por supuesto que se puede argumentar que el uso de las redes sociales no es tan dañino como el consumo de drogas o las adicciones conductuales (por ejemplo los juegos de azar o el sexo) pero eso no quiere decir que no entrañen sus propios peligros. Un efecto negativo bastante conocido del uso abusivo de estas redes que si buscamos apoyos y compañía en ellas, aunque recibamos mensajes de decenas de personas, en general estos no dejan tanto impacto en nosotros como lo haría una conversación con una persona más cercana, por lo que quienes se acostumbren a depender de esos contactos virtuales pueden acabar por aislarse de su entorno real.
A lo anterior hay que añadir otro aspecto nocivo, y es que aunque sus beneficios son escasos, es fácil acostumbrarse a recibir esos preciados "likes", pero como toda aquella persona activa en las redes sabrá, no es tan fácil conseguirlos a diario. Es muy complicado generar contenido continuamente y para colmo de males los usuarios tienden a compararse, conscientemente o no, con los principales referentes de de cada sector, por ejemplo algún youtuber famoso de esos que reciben miles de visitas por día. Por ello, cuando dejamos de recibir los "me gusta" o las visitas, cuando no obtenemos esa recompensa vacía pero inmediata, nos podemos sentir tan mal como cuando nos sentimos rechazados en un contexto más real. Esto además se agrava cuando esperamos que algún familiar o amigo cercano nos dé ese feedback virtual pero esto no sucede, normalmente porque cada cual le da una importancia distinta a las redes, pudiendo esta situación generar resentimientos contra esa persona.
Y a pesar de lo dicho, si hoy en día no eres un asiduo de Facebook, Twitter y demás, se te califica rápidamente como el raro del grupo. Internet es concebida como una herramienta informativa y social, y por ello formar parte de las redes favorece la autopercepción de formar parte de una comunidad, que además parece tener la ventaja de no estar restringida por fronteras o la distancia. Si bien el sentimiento de pertenencia es muy positivo y puede sacar a veces a relucir lo mejor del ser humano, también es la causa de que algunos usuarios parecen coleccionar contactos más que hacer amigos.
No son pocos los que en su red cuentan con varios cientos de "amigos" de todo el mundo, pero resulta que la ciencia nos dice que es literalmente imposible conocer y mantener tantas amistades y esto nos lo explica el llamado Número de Dunbar, el cual habla acerca de que los humanos tenemos un límite de hasta 150 personas a las que podemos conocer bien al mismo tiempo. Esta cifra, que no deja de ser una aproximación, ha demostrado ser bastante efectiva en el estudio de las relaciones humanas. Por ejemplo, en general hay muy pocas personas que conozcan más de 150 individuos y que mantengan una relación más o menos permanente con todos ellas, sean del trabajo, amistades o relaciones de cualquier otros tipo.
Esto es debido sencillamente a que nuestra mente no es capaz de manejar tantos datos a la vez, ya que conocer a una persona mínimamente implica entender quién es, sus gustos, manías, forma de comunicarse, peculiaridades... somos una suma de todas esas y aún más características y por ello percibir a la persona como un todo, como un conjunto, es una tarea compleja que consume recursos mentales. Simplemente, no estamos capacitados para manejar tantas relaciones simultáneas.
Pero claro, Facebook no sabe esto, o quizás no le importe, ni tampoco su usuario medio que tiene alrededor de 100 amistades virtuales. Recuerdo en mis años de universidad haber usado habitualmente dicha red y tener una colección de amistades colosal, de las cuales la mayoría no sabía ni de donde habían sabido ni tan solo como pronunciar sus nombres. Cuando tras años sin usar la red, volví a ella por temas laborales, hice una limpieza masiva de contactos. Y es que convertir a un desconocido de internet en tu "amigo" no requiere más que un click, muy al contrario que en el mundo analógico donde el esfuerzo es mucho mayor, si bien también más satisfactorio.
Dicho así, podría parecer que el usuario medio se dedica a captar miembros para su círculo personal simplemente por motivos egoístas como lo es la satisfacción personal momentánea, amigos de usar y tirar por así decirlo. Si bien esto es cierto, solo lo es parcialmente y hay que matizar, pues no es raro que dichos usuarios acepten solicitudes de amistad por el mero hecho de que se lo pidieron, ya que rechazar dicha petición se nos puede antojar un tanto maleducado. Y es que al ser las redes un invento relativamente reciente, muchas veces las normas sociales aplicables no estén claras y nos las vamos inventando un poco sobre la marcha.
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| Por ejemplo, escribir en mayúsculas en la red equivale a HABLAR GRITANDO. |
Lógicamente, habrá quién se pregunte porqué tomo las relaciones online con tanta cautela y para ello tendré que hablar sobre la tendencia del ser humano a centrarse en uno mismo. Lo siguiente son, por supuesto, generalidades que no pueden ser aplicadas a todos los casos y es que es cierto también que de Internet han salido algunas de las mejores relaciones y auténticas historias de amor, pero aun así hay que tener en cuenta que la mayoría de las veces es complicado crear una buena relación en base al diálogo virtual.
Y esto último es en gran parte debido a que es mucho más difícil percibir correctamente las emociones ajenas en un texto que en persona. En una conversación el tono, las expresiones faciales y el resto del lenguaje corporal son vitales, pues forman parte de nuestro repertorio comunicativo. Al carecer de todo ello, las conversaciones digitales escritas son una fuente inagotable de malentendidos. Esto que aquí explico sucede más cuanto menos se conoce a la persona, por lo que cuando hablamos con un conocido por Whatsapp nos sucederá de cuando en cuando, mientras que en conversaciones con gente con la que hemos tratado poco nos puede pasar con mucha más frecuencia. Quizás es por ello que siempre que se crea una relación digital duradera, tarde o temprano se siente la necesidad de ver a la otra persona, aunque sea mediante la webcam.
Pero un momento, ¿no hablaba yo antes de la tendencia humana a centrarse en uno mismo? ¿qué relación tiene todo eso con lo falta de tono en los textos? La respuesta es sencilla y preocupante a la vez, y es que la combinación de ambos elementos hace que generalmente creamos que nos expresamos de modo que nuestro interlocutor debería ser capaz de entendernos. Eso sí, si somos nosotros los que no entendemos lo que se nos dice nuestro primer pensamiento es que el otro no se supo explicar, lo cual por cierto contradice notablemente las leyes de la comunicación más elementales. Dichas leyes nos dicen que en caso de malentendido el responsable es el emisor del mensaje, quién tiene la obligación en su propio interés de comprobar que el receptor entendió lo que se le decía.
Por supuesto, cabe argumentar que ante la ausencia de lenguaje corporal o tono uno se debería centrar más en las palabras en sí mismas, pero resulta que nuestra forma de procesar la información no está preparada para ello y lo que en realidad sucede es que ante un texto neutral somos proclives a percibirlo como negativo. El resultado por ahora es que tenemos una comunidad virtual aparentemente unida pero desconfiada, pero mejor continuemos pues toca añadir al cóctel virtual el efecto de la viralidad.
Un mensaje, vídeo, imagen o cualquier otro contenido digital es considerado viral cuando se extiende rápidamente por todo internet al captar el interés de la comunidad digital y propagarse al ser compartido masivamente. Una de las formas en que esto sucede es cuando dicho elemento funciona bien como detonante de nuestras emociones. Echemos un ojo a varios contenidos que se volvieron virales el año pasado:
- Esta imagen, del fotógrafo Joel Goodman, cautivó a propios y a extraños por lo que muestra. La policía detiene a un hombre ebrio, mientras otro está relajadamente tumbado y los curiosos se acercan a caminar. Desató un debate respecto a si el consumo de alcohol por diversión está demasiado aceptado en nuestra sociedad:
- Pokémon se volvió a convertir en obsesión tras el lanzamiento de Pokémon Go. Miles de personas salieron a las calles para cazar a los monstruos digitales, lo cual desató otro debate respecto a si el juego suponía un peligro para sus jugadores (véase accidentes, atracos, adicciones e irrumpir en propiedades privadas entre otras cosas).
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- La muerte de Harambe el gorila dejó su huella en la comunidad, donde se discutía si su sacrificio estaba justificado o no. Además se le rindió homenaje al estilo de internet, creando cientos de memes basados en él.
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De hecho, se publicó un estudio que indicaba que es el enfado el estado emocional que se propaga más rápido en Internet y aunque hay aún que determinar porqué esto sucede así, me inclino a pensar que en parte es debido a que las relaciones digitales son en realidad asimétricas. Cuando montamos en cólera estando delante de una pantalla, no hay normalmente alguien a nuestro lado para calmarnos, pero si queremos sentir validada nuestra ira encontraremos con facilidad compañeros de enfado.
El problema aquí resulta sencillo. Si empezamos a sentirnos más comprendidos por la masa que es Internet que por nuestros amigos y familia, nos sentiremos más comprendidos en el entorno virtual y tendremos la sensación de siempre tener la razón al siempre poder encontrar apoyo, pero esto acarrea dos problemas. El primero, que aunque nos sentiremos más comprendidos no tendremos a nadie que nos calme y por tanto podemos entrar en un estado de enfado casi permanente, con consecuencias psicológicas, emocionales e incluso fisiológicas. El segundo es que poco a poco podemos acabar sin darnos cuenta aislados de nuestras amistades reales, lo cual es aún más preocupante si tenemos en cuenta que estos dos problemas pueden combinarse y agravarse mutuamente.
Todo lo dicho es una somera explicación de porqué las relaciones sociales son tan distintas fuera y dentro de las redes, pero todavía queda por decir algo. En foros, YouTube, Twitter en incluso Facebook, la gente no está obligada a usar su nombre real, lo que les confiere cierta aura de anonimato.
El ser humano es un ser social por una razón, y es que sin normas sociales que tener en cuenta, si se nos permite hacer lo que nos venga en gana, resulta que acabamos por perder la mesura, dejamos de pensar en las consecuencias. Resulta que los diversos estudios sobre el tema indican que cuando los usuarios escriben con un seudónimo sus opiniones son mucho más extremas y sus formas más agresivas que cuando lo hacen con su nombre real.
No obstante, al lector que recibe el mensaje este le afecta tanto si es anónimo como si no, pudiendo influirle, molestarle o deprimirle entre otros. Si ahora mismo, querido lector, estás pensando que los comentarios que lees en Internet no te afectan demasiado, debo informarte que en general nos afectan más de lo que nos damos cuenta. Para hacernos una idea, en la Universidad de Wisconsin-Madison se creó un blog mediante el cual se estudió como cada comentario escrito por los participantes afectaba la opinión de los que los leían después, llegando a cambiar su interpretación del texto original y cómo se sentían al respecto. Y cómo antes hemos dicho, era la ira el sentimiento que más les afectaba, pues cuanto más agresivo e insultante era el comentario más parecía influir en sus lectores, bien decantándolos a su favor bien posicionándolos en el bando totalmente contrario, pero afectándoles al fin y al cabo. A esto hay que añadir que muchos usuarios tienden a leer el titular y los comentarios, dejando a la intuición el cuerpo del texto. Y ya que las palabras soeces y los mensajes en mayúsculas captan más la atención, no es de extrañar que los comentarios iracundos sean los que más condicionan al lector.
Si bien es un problema, no es uno que tenga una solución sencilla, y desde luego no quiero insinuar que debamos censurar o controlar las expresión de la gente en Internet, pues siempre he sido firme defensor de la libertad de expresión. Quizás el remedio sea uno a largo plazo, como empezar a educar a nuestros niños y niñas de modo que entiendan que en las redes sociales siguen siendo ellos mismos, y que deben comportarse teniendo en cuenta los sentimientos y opiniones ajenos tal y como lo deberían hacer en sus relaciones mundanas.
Fuentes:
El cerebro adolescente en las redes sociales.
El número de Dunbar
No creas a Facebook, no tienes más de 150 amigos.
La dificultad para percibir las emociones en los textos online.
El libro definitivo del lenguaje corporal.
Los memes y vídeos más virales de 2016.
Repaso a los accidentes y curiosidades de Pokémon Go
La muerte de Harambe
¿Por qué murió Harambe?
La ira se extiende más rápido que la alegría en las redes
Quejarse en internet nos hace sentir mejor
Psicología de los comentarios online
La victoria de los Trolls
El efecto obsceno.
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martes, 25 de abril de 2017
La importancia de motivar a los niños y niñas
Me resulta cuanto menos curioso que la mayor parte de las consultas que recibo son respecto a menores y no adultos. En tiempos de crisis o necesidad, la gente está dispuesta a sacrificar su salud psicológica y emocional, pero me tranquiliza saber que este sacrificio no incluye la salud de sus hijos e hijas.
Muchas de esas consultas tienen que ver con problemas relacionados con que el menor manifiesta angustia, ansiedad, dificultades de aprendizaje, miedos inapropiados o conductas conflictivas. Aunque el tratamiento es distinto para cada uno de estos problemas, es interesante ver como existe un factor común que muchas veces hemos ido descuidando y ha agravado el problema. Hablo de la motivación.
Y es que en la actualidad los más pequeños se enfrentan, aunque a veces se nos olvide, a un mundo que ejerce sobre ellos una tremenda presión. Se espera de ellos que obtengan buenas notas (poseyendo el término "buenas" un significado distinto en cada familia), que realicen sus actividades extraescolares, que se comporten adecuadamente, que elijan bien sus amistades y que las mantengan. Cuando flojean en alguno de estos aspectos, muchas veces no encuentran la compresión que deberían y en su lugar reciben quejas por parte de sus padres y profesores, reprimendas, o consejos bien intencionados que en todo caso no les hacen sentirse comprendidos y que en cambio les hace percibir que están fracasando. Por eso quizás es que tantos niños y niñas acaban resintiéndose y presentan una baja autoestima, pensamientos negativos y finalmente falta de motivación en una o varias áreas de su vida.
No es casualidad que diversos estudios relacionen que los niños que reciben apoyo emocional y motivacional adecuado desarrollan su capacidad para combatir los sentimientos pesimistas, y no solo eso, sino que este apoyo incluso parece facilitar el aprendizaje en general. Por supuesto, este estilo educativo podría ser un buen remedio para la lacra que es el acoso escolar o bullying, pues en muchas ocasiones los agresores tienen problemas de autoestima y buscan como víctimas otros a los que perciben como más débiles, por lo que aumentar la confianza en sí mismos disminuiría el riesgo de convertirse en acosador, además de aumentar los recursos que se poseen para evitar convertirse en víctima.
Tanto si queremos evitar la aparición de problemas como si lo que buscamos es que estos remitan, en una terapia psicológica dirigida a menores buscaremos estabilizar su entorno, ayudarles a que definan sus metas, organizar su trabajo y ocio, clarificar prioridades y repartir el tiempo disponible entre ellas, todo ello a fin de que logren sentirse competentes y recobre la confianza en sí mismos. Por supuesto también será conveniente, cuando no necesario, trabajar con los padres o cuidadores para ofrecerles unas pautas que puedan ayudar al menor y mejorar la relación entre ellos.
Lógicamente, deberemos enseñarle al menor estrategias concretas que le permitan expresarse y actuar de forma asertiva, buscando siempre que logre los objetivos que se marque mediante la incorporación de hábitos realmente productivos, pero además será muy importante animarle y saber distinguir cuando es conveniente ayudarle y cuando en cambio hay que hacerle ver que está capacitado para realizar la tarea en cuestión.
Pero no podemos hacerle sentir competente sin antes conocerle, por lo que será muy importante descubrir sus talentos, habilidades y gustos, así como aquellas conductas y actitudes que están limitando las cualidades del menor, todo ello para que desarrolle su potencial al máximo posible. Como vemos, esta parte de la terapia tiene mucho que ver con lo que actualmente se llama Coaching psicológico.
Con esta forma de proceder en mente lograremos, no solo resolver el problema concreto que afectaba al menor, sino proporcionarle estrategias para entender su entorno y a sí mismo, y por tanto poder afrontar también futuros problemas más eficientemente. Además, si logramos que el niño gane autonomía y confianza, también aprenderá indirectamente a disfrutar más de sus éxitos y en general estará más satisfecho con sí mismo.
A pesar de lo dicho habrá quién se plantee si realmente es tan determinante la motivación. Lo cierto es que desde que nacemos, e incluso un poco antes, empezados un viaje de descubrimiento en el que inconscientemente vamos añadiendo creencias a nuestra forma de pensar en base a nuestra experiencias directas e indirectas. Por ello, en nuestra personalidad futura influye familia, ambiente escolar, amistades, las organizaciones a las que nos vamos uniendo e incluso la sociedad en conjunto. Las ideas que conforman nuestro modo de pensar no solo incluyen la forma en que funciona el mundo, sino también la forma en que nos percibimos a nosotros mismos. Llamamos a esto autopercepción, y conforma la opinión que tenemos de nuestra persona, que puede ser más o menos realista, así como positiva o negativa.
Puesto que al llegar a la edad adulta nuestra personalidad ya ha sido formada, es antes de llegar a este punto cuando la persona se ve más influida. Esto no quiere decir que un adulto no pueda cambiar su forma de ser, pero en general le resultará bastante más difícil en comparación a un menor, al cual no olvidemos se está educando.
Viéndolo así es más fácil entender cómo es que síntomas emocionales, como pueden serlo la ansiedad o el miedo, se transmiten fácilmente de padres a hijos, pero por supuesto existen ciertas pautas que nos pueden ayudar a evitar socavar la autoestima del menor y en cambio conseguir que se sienta mejor consigo mismo:
Muchas de esas consultas tienen que ver con problemas relacionados con que el menor manifiesta angustia, ansiedad, dificultades de aprendizaje, miedos inapropiados o conductas conflictivas. Aunque el tratamiento es distinto para cada uno de estos problemas, es interesante ver como existe un factor común que muchas veces hemos ido descuidando y ha agravado el problema. Hablo de la motivación.
Y es que en la actualidad los más pequeños se enfrentan, aunque a veces se nos olvide, a un mundo que ejerce sobre ellos una tremenda presión. Se espera de ellos que obtengan buenas notas (poseyendo el término "buenas" un significado distinto en cada familia), que realicen sus actividades extraescolares, que se comporten adecuadamente, que elijan bien sus amistades y que las mantengan. Cuando flojean en alguno de estos aspectos, muchas veces no encuentran la compresión que deberían y en su lugar reciben quejas por parte de sus padres y profesores, reprimendas, o consejos bien intencionados que en todo caso no les hacen sentirse comprendidos y que en cambio les hace percibir que están fracasando. Por eso quizás es que tantos niños y niñas acaban resintiéndose y presentan una baja autoestima, pensamientos negativos y finalmente falta de motivación en una o varias áreas de su vida.
No es casualidad que diversos estudios relacionen que los niños que reciben apoyo emocional y motivacional adecuado desarrollan su capacidad para combatir los sentimientos pesimistas, y no solo eso, sino que este apoyo incluso parece facilitar el aprendizaje en general. Por supuesto, este estilo educativo podría ser un buen remedio para la lacra que es el acoso escolar o bullying, pues en muchas ocasiones los agresores tienen problemas de autoestima y buscan como víctimas otros a los que perciben como más débiles, por lo que aumentar la confianza en sí mismos disminuiría el riesgo de convertirse en acosador, además de aumentar los recursos que se poseen para evitar convertirse en víctima.
Tanto si queremos evitar la aparición de problemas como si lo que buscamos es que estos remitan, en una terapia psicológica dirigida a menores buscaremos estabilizar su entorno, ayudarles a que definan sus metas, organizar su trabajo y ocio, clarificar prioridades y repartir el tiempo disponible entre ellas, todo ello a fin de que logren sentirse competentes y recobre la confianza en sí mismos. Por supuesto también será conveniente, cuando no necesario, trabajar con los padres o cuidadores para ofrecerles unas pautas que puedan ayudar al menor y mejorar la relación entre ellos.
Lógicamente, deberemos enseñarle al menor estrategias concretas que le permitan expresarse y actuar de forma asertiva, buscando siempre que logre los objetivos que se marque mediante la incorporación de hábitos realmente productivos, pero además será muy importante animarle y saber distinguir cuando es conveniente ayudarle y cuando en cambio hay que hacerle ver que está capacitado para realizar la tarea en cuestión.
Pero no podemos hacerle sentir competente sin antes conocerle, por lo que será muy importante descubrir sus talentos, habilidades y gustos, así como aquellas conductas y actitudes que están limitando las cualidades del menor, todo ello para que desarrolle su potencial al máximo posible. Como vemos, esta parte de la terapia tiene mucho que ver con lo que actualmente se llama Coaching psicológico.
Con esta forma de proceder en mente lograremos, no solo resolver el problema concreto que afectaba al menor, sino proporcionarle estrategias para entender su entorno y a sí mismo, y por tanto poder afrontar también futuros problemas más eficientemente. Además, si logramos que el niño gane autonomía y confianza, también aprenderá indirectamente a disfrutar más de sus éxitos y en general estará más satisfecho con sí mismo.
A pesar de lo dicho habrá quién se plantee si realmente es tan determinante la motivación. Lo cierto es que desde que nacemos, e incluso un poco antes, empezados un viaje de descubrimiento en el que inconscientemente vamos añadiendo creencias a nuestra forma de pensar en base a nuestra experiencias directas e indirectas. Por ello, en nuestra personalidad futura influye familia, ambiente escolar, amistades, las organizaciones a las que nos vamos uniendo e incluso la sociedad en conjunto. Las ideas que conforman nuestro modo de pensar no solo incluyen la forma en que funciona el mundo, sino también la forma en que nos percibimos a nosotros mismos. Llamamos a esto autopercepción, y conforma la opinión que tenemos de nuestra persona, que puede ser más o menos realista, así como positiva o negativa.
Puesto que al llegar a la edad adulta nuestra personalidad ya ha sido formada, es antes de llegar a este punto cuando la persona se ve más influida. Esto no quiere decir que un adulto no pueda cambiar su forma de ser, pero en general le resultará bastante más difícil en comparación a un menor, al cual no olvidemos se está educando.
Viéndolo así es más fácil entender cómo es que síntomas emocionales, como pueden serlo la ansiedad o el miedo, se transmiten fácilmente de padres a hijos, pero por supuesto existen ciertas pautas que nos pueden ayudar a evitar socavar la autoestima del menor y en cambio conseguir que se sienta mejor consigo mismo:
- Respeta a las figuras importantes para el menor: Si consideras que su profesor, el otro progenitor u otra persona importante en su vida se puede haber equivocado al hacer o decir algo ante el menor, evita criticarlo abiertamente. Es mejor explicarle nuestro punto de vista y las razones que tenemos para pensar así, pero sin desprestigiar al otro. Si por ejemplo un alumno empieza a creer que no puede confiar en las enseñanzas de sus profesores, estaremos propiciando que no les atienda ni se esfuerce en clase.
- Establecer unas normas y disciplinas claras: Buscamos ser coherentes para ofrecer al menor un ambiente estable. No hace falta ser intransigente, pero es importante que el niño entienda que existen unos límites que todos debemos respetar, y que ciertas acciones se premian mientra que otras deben ser evitadas.
- Conocer al menor: Tendremos en cuenta sus capacidades y posibilidades para no exigirle metas que no pueda lograr por el momento. Le ayudaremos cuando sea necesario, y le dejaremos actuar por su cuenta cuando esto sea posible.
- Aceptar al niño: Relacionado con lo anterior, deberemos entender las capacidades del menor en cuestión, sus gustos y sus puntos fuertes, así como débiles. No se le puede exigir a todo el mundo los mismos resultados en todas las áreas, por lo que para lo anterior es necesario no comparar al niño con los demás.
- Ayudarle a superar sus dificultades: Como ya he dicho, a cada uno se nos dan mejor algunas tareas que otras, y los niños y niñas no son una excepción. Cuando detectemos dificultades en algún área de aprendizaje deberíamos utilizar las actividades que más le gustan para que desarrolle las habilidades implicadas en esa dificultad que sufre. Así, sí logramos que se sienta más confiado al realizar ejercicios del área problemática mejoraremos su autoestima, con la consecuente disminución de ansiedad y miedos.
- Crear un ambiente de cariño y confianza: Posiblemente sea un consejo demasiado generalista, pero resulta vital que el ambiente familiar sea agradable y que el menor se sienta apoyado. De esta forma cuando cometa un error le podremos ayudar o reconfortarle, mientras que cuando logre un éxito lo celebraremos juntos. Cuando aprendemos a disfrutar de nuestros logros, tendemos a esforzarnos espontáneamente para repetir la experiencia y por el camino desarrollamos nuestros talentos. Nuestra actitud positiva será importante incluso con las más pequeñas victorias, pues el niño debe sentir que su esfuerzo es valorado y no que cada vez se le exige más y más.
- Dejarle su espacio: Aunque sigamos todos estos consejos los niños son personas, no máquinas. Esto implica que a veces se enfadarán, estarán tristes o simplemente no querrán colaborar o hacer sus tareas. Deberemos aprender cuando podemos afrontar el problema y cuando es mejorar darles un rato para que se calmen. Si logramos estar ambos relajados, conversar con un tono adecuado y explicar las veces que haga falta las cosas, a la larga obtendremos mejores resultados.
viernes, 24 de marzo de 2017
Hablemos sobre la asexualidad
Hoy querría hablar de la asexualidad y de su auténtica naturaleza, sobre la cual los especialistas llevan años debatiendo. Una persona asexual es aquella que no siente impulso o necesidad sexual y por tanto tiende a no presentar conductas sexuales, aunque sí puede realizarlas por diversos motivos como complacer a su pareja o tener hijos. Por tanto es muy diferente de la abstinencia o el celibato, ya que estos se basan en una creencia y elecciones personales mientras que ser asexual implica falta de deseo.
La asexualidad ha sido considerada un trastorno mental, una disfunción sexual e incluso una parafilia. No todas las interpretaciones son claro está, tan sombrías, ya que también se la ha definido como una orientación sexual. No obstante, sabemos relativamente poco sobre la asexualidad ya que ha sido ignorada por la investigación durante años, considerándola poco más que una rareza, aunque por suerte cada vez recibe más atención en este sentido.
Vayamos por partes. ¿Es un trastorno mental? Esta es fácil de responder, ya que claramente no lo es. Según los datos que se han ido recopilando y según la definición actual de trastorno mental no respondería a esta definición, no siendo ni un trastorno ni un síntoma psicológico o psiquiátrico. Tengamos en cuenta que un trastorno mental se define como un patrón de comportamiento y/o pensamiento que posee significación clínica, es decir que produce malestar de algún tipo en la persona, le perjudica de alguna forma limitando alguna de sus capacidades, o que aumenta significativamente su riesgo de morir o dañar su salud.
Dado que la asexualidad no produce de forma directa ningún perjuicio en el individuo ni en quienes le rodean, y que simplemente define una forma particular de sentir su sexualidad (o en este caso, la ausencia de ella), no podría ser considerada un trastorno. Ahora bien, se podría argumentar que ser asexual sí produce en la persona en cuestión ciertos perjuicios, ya que por ejemplo puede sentirse desplazado en la sociedad, poco comprendido, no sentirse capaz de corresponder a sus parejas sentimentales, etc. Por eso es que vale la pena señalar que a pesar de lo dicho ciertos estudios sí han encontrado una relación entre la asexualidad y la aparición de síntomas psicológicos, sobre todo en el área afectiva y emocional. Aquí el problema no residiría tanto en la persona sino en la concepción que la sociedad tiene de estos individuos, a los que se estigmatiza y se les juzga, muchas veces ignorando la forma en que se sienten y asumiendo que reprimen sus deseos sexuales por algún trauma, por hacerse los interesantes, o por cualquier otro motivo.
Frases que los asexuales escuchan demasiadas son "será que no has encontrado una persona que te guste" o "eso no es normal, te debe pasar algo malo". En suma, podemos afirmar que los asexuales como grupo suelen tener que soportar una mayor presión psicológica, así que es natural que sufran de mayor sintomatología a este respecto, además de sufrirla durante más tiempo debido a la falta de apoyo y aceptación social, y no por estar mentalmente enfermos.
Segunda pregunta, ¿es una disfunción sexual? Una vez más, conviene recordar la definición de este término. Entendemos por disfunción sexual la dificultad permanente o temporal que sufre un individuo durante una o varias de las etapas del acto sexual, y que le impide disfrutar de dicha actividad de forma normal. Sin embargo la investigación nos indica que la capacidad para desarrollar la actividad sexual no está afectada en estas personas, y que simplemente no sufren al no tener relaciones pues no están refrenando sus impulsos. Por ello no podemos considerar que tengan un problema en sus relaciones sexuales, simplemente no necesitan esas relaciones.
Revisemos pues si se trata quizás de una parafilia. Una parafilia es un tipo de comportamiento sexual en que predomina como fuente de placer un elemento concreto, que puede ser un objeto, situación, actividad, característica de las parejas, parte del cuerpo o cualquier otro que pueda repetirse y buscarse activamente para excitarse. Bien, este caso debería ser aún más claro que los anteriores y la respuesta a si la asexualidad es una parafilia será que... ¿a veces? Si esperabais un rotundo no, siento decepcionaros, pues la evidencia experimental indica en este caso que algunos, que no todos, de los individuos que se identifican como asexuales pueden en realidad sentir un interés sexual muy concreto.
La investigación científica al respecto nos dice que algunos de estos autodenominados asexuales manifiestan conductas masturbatorias y fantasías sexuales. Eso sí, dichas fantasías son bastante distintas de las de los individuos que presentan conductas sexuales más típicas. Por ejemplo, estos "asexuales" parecen tender menos a imaginarse a ellos mismos como partícipes de dichas fantasías, mientras que fantasean más a menudo con personajes ficticios, sintiendo pues mayor desconexión entre la fantasía y la realidad.
Sin embargo, hay que matizar, pues lo anterior no se aplicaría a la mayoría de los sujetos que se califican de asexuales, sino tan solo a un pequeño subgrupo de los mismos. Este pequeño grupo debería ser investigado en profundidad para que podamos entenderlo mejor, y es que como vemos aunque cada día sabemos más de la sexualidad humana aún nos queda mucho por descubrir.
Finalmente, ¿se trata la asexualidad de una orientación sexual? Ahora sí hablaríamos de los auténticos asexuales, aquellos que no sienten ningún impulso sexual. Definimos la orientación sexual de una persona como su tendencia sexual hacia un determinado grupo de personas en base normalmente al sexo de este grupo. Hablaríamos aquí, entre otras, de heterosexualiad, homosexualidad y bisexualidad, así que, ¿donde quedaría la asexualidad?
El problema es que estamos ante una definición cambiante, que se va ampliando o modificando según la investigación nos ofrece nuevos datos, por lo que efectivamente algunos expertos consideran la asexualidad como una orientación muy particular, mientras que otros la definen como la ausencia de orientación. Quizás llegados a este punto estemos simplemente jugando con la semántica, pero la verdad es que sabemos muy poco de la asexualidad, debido a que como antes dije se le ha venido prestando escasa atención en la investigación hasta la fecha.
Por suerte esto empieza a cambiar y por ejemplo ahora sabemos que factores biológicos similares a los de la homosexualidad pueden estar relacionados también con la asexualidad, por lo que esta podría ser una característica del individuo determinada al nacer. Aunque queda investigar más, corroborar los resultados y esclarecer su significado, lo que sí sabemos seguro que la asexualidad aparece en la persona a una edad similar a la que debería aparecer la orientación normalmente, pudiendo resultar complicada de asimilar para el sujeto si este carece de información al respecto, como lamentablemente pasa a menudo. Por ello me gustaría aclarar algunas creencias erróneas que se suelen tener respecto a la asexualidad:
Otro aspecto que sería interesante estudiar en cuanto a la sexualidad se refiere es si poseen fluidez sexual en el mismo sentido que aquellos con impulsos sexuales típicos. Entendemos por fluidez sexual los cambios que una persona puede experimentar en su orientación sexual o en sus preferencias a lo largo de la vida. Hay que tener muy en cuenta que las etiquetas usadas normalmente cuando hablamos de sexología, como heterosexual o homosexual responden a un sentido práctico y tienen por fin poder hablar de estos temas de una forma clara, pero la realidad es que un individuo puede poseer una orientación que no acabe de encajar con esas etiquetas (aunque van surgiendo cada vez más para denominar todo tipo de formas de sentir y vivir la sexualidad de cada uno) y aquí es donde entra la fluidez sexual.
Por ejemplo, un individuo que siempre se ha considerado heterosexual y presentaba conductas coherentes con esa definición podría en cierto momento realizar una conducta homosexual y no por ello sentirse a partir de ese momento homosexual. Sin embargo, es posible que a partir de ese momento tampoco se considere heterosexual de la misma forma en que lo venía entendiendo hasta ese momento, ni bisexual pues en general sí se sigue sintiendo atraído mayormente por individuos del sexo opuesto.
Como vemos, es un tema complejo y si aplicamos este concepto a la asexualidad obtenemos otras categorías como la grisexualidad, término que define a quienes se encuentran entre la asexualidad y la sexualidad (o alosexualidad), como pueden ser las personas que en general no sienten atracción pero en ocasiones muy contadas sí la sienten. Queda mucho por hablar y que decir, así que volveré más adelante con este tema y otros relacionados.
Fuentes:
Diario de una asexual
http://www.lehmiller.com/blog/2016/9/7/is-asexuality-a-sexual-orientation?platform=hootsuite
https://link.springer.com/article/10.1007/s10508-016-0802-7
http://www.lehmiller.com/blog/2015/1/31/do-asexual-people-masturbate-and-have-sexual-fantasies
http://www.lehmiller.com/blog/2014/5/23/sex-question-friday-where-does-asexuality-come-from
http://www.lehmiller.com/blog/2014/2/24/women-arent-the-only-ones-who-are-sexually-fluidmen-have-a-pretty-flexible-sexuality-too
https://es.wikipedia.org/wiki/Gris-asexualidad
https://www.facebook.com/AcesUnited?fref=ts
http://es.asexuality.org/wiki/index.php?title=Las_personas_(asexuales)_y_el_sexo
http://es.asexuality.org/wiki/index.php?title=Hiposexual
http://diariosdeasexualidad.blogspot.com.es
La asexualidad ha sido considerada un trastorno mental, una disfunción sexual e incluso una parafilia. No todas las interpretaciones son claro está, tan sombrías, ya que también se la ha definido como una orientación sexual. No obstante, sabemos relativamente poco sobre la asexualidad ya que ha sido ignorada por la investigación durante años, considerándola poco más que una rareza, aunque por suerte cada vez recibe más atención en este sentido.
Vayamos por partes. ¿Es un trastorno mental? Esta es fácil de responder, ya que claramente no lo es. Según los datos que se han ido recopilando y según la definición actual de trastorno mental no respondería a esta definición, no siendo ni un trastorno ni un síntoma psicológico o psiquiátrico. Tengamos en cuenta que un trastorno mental se define como un patrón de comportamiento y/o pensamiento que posee significación clínica, es decir que produce malestar de algún tipo en la persona, le perjudica de alguna forma limitando alguna de sus capacidades, o que aumenta significativamente su riesgo de morir o dañar su salud.
Dado que la asexualidad no produce de forma directa ningún perjuicio en el individuo ni en quienes le rodean, y que simplemente define una forma particular de sentir su sexualidad (o en este caso, la ausencia de ella), no podría ser considerada un trastorno. Ahora bien, se podría argumentar que ser asexual sí produce en la persona en cuestión ciertos perjuicios, ya que por ejemplo puede sentirse desplazado en la sociedad, poco comprendido, no sentirse capaz de corresponder a sus parejas sentimentales, etc. Por eso es que vale la pena señalar que a pesar de lo dicho ciertos estudios sí han encontrado una relación entre la asexualidad y la aparición de síntomas psicológicos, sobre todo en el área afectiva y emocional. Aquí el problema no residiría tanto en la persona sino en la concepción que la sociedad tiene de estos individuos, a los que se estigmatiza y se les juzga, muchas veces ignorando la forma en que se sienten y asumiendo que reprimen sus deseos sexuales por algún trauma, por hacerse los interesantes, o por cualquier otro motivo.
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| Fuente de la imágen: Jeffrey |
Frases que los asexuales escuchan demasiadas son "será que no has encontrado una persona que te guste" o "eso no es normal, te debe pasar algo malo". En suma, podemos afirmar que los asexuales como grupo suelen tener que soportar una mayor presión psicológica, así que es natural que sufran de mayor sintomatología a este respecto, además de sufrirla durante más tiempo debido a la falta de apoyo y aceptación social, y no por estar mentalmente enfermos.
Segunda pregunta, ¿es una disfunción sexual? Una vez más, conviene recordar la definición de este término. Entendemos por disfunción sexual la dificultad permanente o temporal que sufre un individuo durante una o varias de las etapas del acto sexual, y que le impide disfrutar de dicha actividad de forma normal. Sin embargo la investigación nos indica que la capacidad para desarrollar la actividad sexual no está afectada en estas personas, y que simplemente no sufren al no tener relaciones pues no están refrenando sus impulsos. Por ello no podemos considerar que tengan un problema en sus relaciones sexuales, simplemente no necesitan esas relaciones.
Revisemos pues si se trata quizás de una parafilia. Una parafilia es un tipo de comportamiento sexual en que predomina como fuente de placer un elemento concreto, que puede ser un objeto, situación, actividad, característica de las parejas, parte del cuerpo o cualquier otro que pueda repetirse y buscarse activamente para excitarse. Bien, este caso debería ser aún más claro que los anteriores y la respuesta a si la asexualidad es una parafilia será que... ¿a veces? Si esperabais un rotundo no, siento decepcionaros, pues la evidencia experimental indica en este caso que algunos, que no todos, de los individuos que se identifican como asexuales pueden en realidad sentir un interés sexual muy concreto.
La investigación científica al respecto nos dice que algunos de estos autodenominados asexuales manifiestan conductas masturbatorias y fantasías sexuales. Eso sí, dichas fantasías son bastante distintas de las de los individuos que presentan conductas sexuales más típicas. Por ejemplo, estos "asexuales" parecen tender menos a imaginarse a ellos mismos como partícipes de dichas fantasías, mientras que fantasean más a menudo con personajes ficticios, sintiendo pues mayor desconexión entre la fantasía y la realidad.
Sin embargo, hay que matizar, pues lo anterior no se aplicaría a la mayoría de los sujetos que se califican de asexuales, sino tan solo a un pequeño subgrupo de los mismos. Este pequeño grupo debería ser investigado en profundidad para que podamos entenderlo mejor, y es que como vemos aunque cada día sabemos más de la sexualidad humana aún nos queda mucho por descubrir.
Finalmente, ¿se trata la asexualidad de una orientación sexual? Ahora sí hablaríamos de los auténticos asexuales, aquellos que no sienten ningún impulso sexual. Definimos la orientación sexual de una persona como su tendencia sexual hacia un determinado grupo de personas en base normalmente al sexo de este grupo. Hablaríamos aquí, entre otras, de heterosexualiad, homosexualidad y bisexualidad, así que, ¿donde quedaría la asexualidad?
El problema es que estamos ante una definición cambiante, que se va ampliando o modificando según la investigación nos ofrece nuevos datos, por lo que efectivamente algunos expertos consideran la asexualidad como una orientación muy particular, mientras que otros la definen como la ausencia de orientación. Quizás llegados a este punto estemos simplemente jugando con la semántica, pero la verdad es que sabemos muy poco de la asexualidad, debido a que como antes dije se le ha venido prestando escasa atención en la investigación hasta la fecha.
Por suerte esto empieza a cambiar y por ejemplo ahora sabemos que factores biológicos similares a los de la homosexualidad pueden estar relacionados también con la asexualidad, por lo que esta podría ser una característica del individuo determinada al nacer. Aunque queda investigar más, corroborar los resultados y esclarecer su significado, lo que sí sabemos seguro que la asexualidad aparece en la persona a una edad similar a la que debería aparecer la orientación normalmente, pudiendo resultar complicada de asimilar para el sujeto si este carece de información al respecto, como lamentablemente pasa a menudo. Por ello me gustaría aclarar algunas creencias erróneas que se suelen tener respecto a la asexualidad:
- Se trata de una fase: No, no se trata de una persona cuya sexualidad tarda en madurar más, sino de alguien que ha definido su orientación sexual como inexistente debido a su falta de deseo.
- Es producto de un trauma, como haber sufrido abusos en la infancia: No, los traumas producidos por abusos sexuales como mucho producen en la persona un rechazo a la sexualidad, temor o asco, mientras que los asexuales simplemente no sienten atracción ni impulso sexual.
- Se debe a la represión sexual: Tampoco. La represión tendría por consecuencia la abstinencia o el celibato, pero la asexualidad es la inexistencia del impulso sexual, lo cual no puede ser controlado por el individuo de ninguna forma.
- Una mala experiencia en pareja puede convertirte en asexual: Negativo, la asexualidad tiene su origen en una edad temprana, como el resto de orientaciones sexuales. Una mala relación nos podría hacer desconfiados respecto a futuras parejas o hacia los demás en general, afectando quizás a nuestra sexualidad pero se trataría de dos conceptos muy distintos.
- Es un intento por captar la atención de los demás o sentirse especial: Aunque es de suponer que podría darse el caso, en general las personas que son verdaderamente asexuales tan solo necesitan que se les comprenda y no se les tache de excéntricos de enfermos. Uno no elige ser asexual, lo es sin más, y no se debería hacer un problema de ello.
- Es un trastorno mental, una disfunción sexual o una filia: Negativo en los tres casos, con los matices ya comentados antes.
- La asexualidad se debe a que la persona es homosexual y no lo acepta: Una vez más, esto es un mito. La asexualidad existe y si la confundimos con otros términos y conceptos es precisamente ha que ha sido olvidad e ignorada por la sociedad durante mucho, demasiado, tiempo. Un homosexual que se reprima sentirá impulso, mientras que el asexual no necesita reprimir nada. El primero sufrirá al tener que contenerse, el segundo no tiene nada que contener.
Otro aspecto que sería interesante estudiar en cuanto a la sexualidad se refiere es si poseen fluidez sexual en el mismo sentido que aquellos con impulsos sexuales típicos. Entendemos por fluidez sexual los cambios que una persona puede experimentar en su orientación sexual o en sus preferencias a lo largo de la vida. Hay que tener muy en cuenta que las etiquetas usadas normalmente cuando hablamos de sexología, como heterosexual o homosexual responden a un sentido práctico y tienen por fin poder hablar de estos temas de una forma clara, pero la realidad es que un individuo puede poseer una orientación que no acabe de encajar con esas etiquetas (aunque van surgiendo cada vez más para denominar todo tipo de formas de sentir y vivir la sexualidad de cada uno) y aquí es donde entra la fluidez sexual.
Por ejemplo, un individuo que siempre se ha considerado heterosexual y presentaba conductas coherentes con esa definición podría en cierto momento realizar una conducta homosexual y no por ello sentirse a partir de ese momento homosexual. Sin embargo, es posible que a partir de ese momento tampoco se considere heterosexual de la misma forma en que lo venía entendiendo hasta ese momento, ni bisexual pues en general sí se sigue sintiendo atraído mayormente por individuos del sexo opuesto.
Como vemos, es un tema complejo y si aplicamos este concepto a la asexualidad obtenemos otras categorías como la grisexualidad, término que define a quienes se encuentran entre la asexualidad y la sexualidad (o alosexualidad), como pueden ser las personas que en general no sienten atracción pero en ocasiones muy contadas sí la sienten. Queda mucho por hablar y que decir, así que volveré más adelante con este tema y otros relacionados.
Fuentes:
Diario de una asexual
http://www.lehmiller.com/blog/2016/9/7/is-asexuality-a-sexual-orientation?platform=hootsuite
https://link.springer.com/article/10.1007/s10508-016-0802-7
http://www.lehmiller.com/blog/2015/1/31/do-asexual-people-masturbate-and-have-sexual-fantasies
http://www.lehmiller.com/blog/2014/5/23/sex-question-friday-where-does-asexuality-come-from
http://www.lehmiller.com/blog/2014/2/24/women-arent-the-only-ones-who-are-sexually-fluidmen-have-a-pretty-flexible-sexuality-too
https://es.wikipedia.org/wiki/Gris-asexualidad
https://www.facebook.com/AcesUnited?fref=ts
http://es.asexuality.org/wiki/index.php?title=Las_personas_(asexuales)_y_el_sexo
http://es.asexuality.org/wiki/index.php?title=Hiposexual
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lunes, 20 de marzo de 2017
Psicoreflexión: La Prueba de Turing, la inteligencia artificial y la moral humana.
La prueba que propone Turing consiste en que un evaluador humano mantenga durante unos minutos una conversación con la inteligencia artificial a evaluar y con otro ser humano, pero sin saber cuál es cuál. La idea es que si la máquina es capaz de imitar el comportamiento humano hasta el punto de engañar al juez, estaría manifestando una conducta humana, y presumiblemente una inteligencia también humana. En su planteamiento original, y para mantener el anonimato de cada individuo garantizando así que la máquina no juegue con desventaja, el evaluador únicamente tendría acceso al diálogo en forma escrita.
La susodicha prueba, que parece sacada de una historia de ciencia ficción y de hecho ha sido usada en muchas de ellas, apareció publicada por primera vez en la obra "Computing machinery and intelligence" en el año 1950, surgiendo como un intento para responder a la pregunta de si puede o no ser inteligente una máquina. Desde el punto de vista de la psicología esta prueba es muy interesante, pues no solo nos plantea esta pregunta sino que a su vez implica otras igualmente importantes: ¿Cómo pensamos? ¿Cómo definimos el pensamiento? ¿Qué es el pensamiento? Por lo tanto nos encontramos ante una prueba que, aunque ha recibido bastantes críticas, nos sirve para reflexionar acerca de nuestra inteligencia, la inteligencia artificial y las diferencias que pueden haber entre ambas.
Estas preguntas son clásicas en el ámbito filosófico. Alfred Ayer, por ejemplo, se preguntaba si había alguna forma de saber si cada uno de nosotros experimenta la consciencia de igual manera. Alguno podría pensar que es una pregunta banal ya que es evidente que todos somos conscientes de la misma manera pero, ¿hay realmente una forma de saber esto a ciencia cierta? Decía Ortega y Gasset que cada individuo vive en su propio mundo, encerrado en sus propias experiencias y percepciones y que por mucho que nos demos a conocer a los demás estos jamás sabrán lo que es ser nosotros. En cierto sentido estamos solos, aunque quizás lo más interesante de la vida es precisamente buscar y encontrar a alguien que pese a no ser nosotros nos entienda igualmente.
Turing como hemos visto, se hizo preguntas similares pero respecto a las inteligencias artificiales. Asumió que si algo parece inteligente y se comporta nteligentemente, debe ser inteligente. En base a este razonamiento creó Turing varias versiones de su prueba, siempre con idéntico objetivo y similar funcionamiento.
Con el tiempo, la Prueba de Turing ha llegado a considerarse un requisito, que no el único, que debería cumplir una inteligencia artificial para ser considerada como verdaderamente inteligente. El lector se podría preguntar si a día de hoy alguna máquina ha superado el test, pero difícil decirlo ya que varias inteligencias parecen haber superado la prueba original, pero se ha demostrado que esta depende en gran medida del evaluador escogido. Un ejemplo sería ELIZA, creado en 1966, que fue capaz de engañar temporalmente a algunas personas en una conversación, y otro el Dr. Abuse, una versión mejorada del anterior.
Posteriormente se crearían otros programas similares, cada uno con sus características, cada vez más avanzados y sofisticados y por tanto más capaces de hacerse pasar por humanos, pero nunca alcanzando la perfección en ello y por tanto no llegando a engañar a la mayoría de evaluadores.
Ahora bien, quizás la prueba padece de un problema más importante pues cabría preguntarse si realmente demuestra si una inteligencia artificial se comporta inteligentemente o solo si lo aparenta. Varias han sido las críticas recibidas por la prueba, siendo un buen ejemplo la argumentación de John Searle al respecto, quién decía que programas como ELIZA podía imitar la conversación humana aun sin entenderla, por lo que no se les podría clasificar como inteligentes en el sentido estrictor del término. Esta argumentación fue desarrollada en un experimento mental llamado la habitación china, y gracias a ello se inauguró un interesante debate acerca de la naturaleza real de la inteligencia, sobre si una máquina puede ser inteligente y cómo podríamos averiguar si lo es en caso afirmativo.
Con lo rápido que avanza la tecnología, puede resultar sorprendente que este tipo de programas no hayan alcanzado la capacidad para simular la naturaleza humana, aunque sea durante los pocos minutos que exige la Prueba de Turing. A día de hoy resulta inimaginable una máquina que pueda realizar tal proeza, y es que al final siempre se delatan ellas solas al carecer de esas pequeñas cosas que hacen humano al humano: manías, costumbres, expresiones, faltas de ortografía y una forma de expresarse particular.
¿Alguna vez os ha pasado que vamos a hablar con alguien mediante Whatsapp o similar, y nos responde otra persona que ha tomado el control de ese móvil de forma inesperada, sea para hacer una broma, por maldad o por la razón que sea? ¿Quizás un familiar para decirnos que quién buscamos esta ocupado o se ha dejado el móvil en casa? ¿O la pareja de esa persona respondiendo en su nombre ya que tienen suficiente confianza para ello?
Si alguna vez os ha pasado, seguramente os basten pocas palabras para daros cuenta de que no se trata de la persona esperada. En este caso hablamos de gente conocida, gente a la que conocemos suficiente para reconocer sus patrones de expresión, pero el mismo razonamiento se puede aplicar para detectar cuando hablamos con un humano o con un mecanismo que pretende ser inteligente.
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| Un mensaje totalmente humano y muy de fiar, por supuesto que sí |

El fenómeno del Valle Inquietante estipula que cuando un ser artificial imita al humano y lo hace demasiado bien, nos causa un rechazo natural. Llegados a este punto cabe preguntarse, si una máquina es suficiente inteligente como para pasar por humana, y es en apariencia humana, ¿qué la distingue de nosotros? ¿Es realmente un ser diferenciado o deberíamos tratarlo como un igual?
Esta disertación, que parece más propia de Isaac Asimov que del mundo real, necesita cada vez más de una respuesta. Sin que nos demos cuenta la tecnología avanza cada vez más deprisa, tanto en su faceta de robótica como de inteligencias artificiales y aunque todavía existen multitud de limitaciones técnicas al respecto, el día menos esperado tendremos que afrontar este tipo de problemáticas y otras de tipo moral. Por ejemplo, habría que plantearse si la mera capacidad cognitiva hace inteligente a la máquina o debería considerarse algún elemento más. El propio Turing ya indicaba que para pasar por humano el programa debería tener cierto sentido de la estética y capacidad empática. En efecto, la inteligencia emocional es un rasgo muy propio de nuestra especie.
Se puede argumentar que existen seres humanos con total ausencia de empatía, incluso hay otros que nacen con una capacidad intelectual escasa, pero no dudaríamos nunca de que son seres humanos. Por tanto, ¿le podemos exigir estas capacidades a un máquina?
Otros actos típicamente humanos son el mentir, o como ya dijimos, los errores tipográficos o de ortografía. Yo por ejemplo, pese a conocer la norma ortográfica que rige el uso del porque y por qué, suelo equivocarme cuando escribo textos largos, pues tengo esa costumbre, manía, vicio, llámese como quieran, pero el caso es que un lector asiduo de este blog podría reconocer mi escritura al momento por este y otros defectos similares. Esto le sucederá incluso a un académico de la lengua, pues nadie está a salvo de los errores tipográficos, excepto una máquina que debería ser programada a propósito para cometer fallos de forma arbitraria, pero entonces nos encontramos con que no serían auténticos errores.
Pero esto no es todo, también existen comportamientos que demuestran inteligencia pero que no suelen considerarse propios de nuestra especie. Este tema está de moda ahora que empieza a contemplarse la fabricación de coches inteligentes que se autopiloten. Y es que sus diseñadores tal vez creyeron que la mayor dificultad estribaría en que un coche supiera pilotar, pero no, el mayor reto para este invento será saber decidir en casos de ambigüedad moral.
Imaginemos que un coche inteligente circula por su carril a velocidad normal, y en su interior va un pasajero, pero recordemos que este no conduce pues ya lo hace el coche por él. Imaginemos que una niña se cruza en el camino del coche inesperadamente, y que la única opción para salvarla es girar bruscamente y estamparse contra la pared, posiblemente matando al pasajero. Esta situación sería solventada en milésimas de segundo por el ordenador del coche, pero ¿con qué resultados? Se llevaría por delante a la niña salvando al tripulante? ¿U optaría por salvarla a costa de la vida de este? y si ese es el caso, ¿quién comprará un coche que puede optar por autodestruirse y acabar con la vida del propietario en cualquier momento?
La cosa además se puede complicar hasta el infinito con variaciones de este mismo problema, por ejemplo añadiendo varios peatones a salvar y también varios pasajeros. De este modo la máquina debería decidir si ha de minimizar la cantidad de víctimas posibles, tener en cuenta la esperanza de vida del total, las probabilidad de salvar a cada uno y en cada caso la responsabilidad atribuible al propietario del vehículo. Y es que a pesar de que el coche se conduce solo, si nosotros compramos el vehículo sabiendo que, por ejemplo, decidirá salvarnos a nosotros pues así estaba programado al comprarlo (y lo sabíamos) ¿seríamos en parte responsables del resultado? ¿lo será el fabricante?
Algo similar pasaría con un robot de cocina inteligente. ¿Cómo le decimos al robot que nos prepare un guiso con carne pero que no queremos comernos a nuestro gato? Es más, y si en mi paella pongo conejo pero mis niños tienen un conejo de mascota? Porqué unos animales sí y otros no, ¿qué sentido lógico tiene todo esto y cómo se le explica a la máquina? Quizás cuando los robots deambulen por nuestras casas seamos todos vegetarianos, quién sabe, pero la duda sigue ahí. Una vez más, el cine ofrece un interesante ejemplo de este tipo de dilemas en la película Yo robot.
Turing predijo que las máquinas conseguirían superar su prueba a partir del año 2000, y aunque actualmente algunos programas se puede considerar que lo lograron, no todos los expertos en la materia consideran que esto haya sucedido todavía. La realidad es que a día de hoy las inteligencias artificiales aún no han logrado imitarnos a la perfección, pero hay que tener en cuenta que el desarrollo tecnológico es exponencial y cada día se avanza más rápido en la creación de este tipo de ingenios. Cada vez tenemos más dudas sobre la psicología y ética artificiales, pero no tantas respuestas como nos gustaría.
Fuentes:
Turing-like indistinguishability tests for the validation of a computer simulation of paranoid processes, de Colby, K. M.; Hilf, F. D.; Weber, S.; Kraemer, H.
Ai: The Tumultuous History of the Search for Artificial Intelligence, de Daniel Crevier
The Turing Test: The Elusive Standard of Artificial Intelligence, Dordrecht: Kluwer Academic Publishers,de J.H. Moor.
La Prueba de Turing.
¿Deben los vehículos autónomos ser programados para matar? Publicado en Technologyreview.com
El dilema social de los vehículos autónomos, por Jean-François Bonnefon, Azim Shariff, Iyad Rahwan.
El Valle inquietante.
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Historia de la Psicología,
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Lenguaje,
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Test
miércoles, 15 de marzo de 2017
Mitomanía Infantil: Cómo enfrentar la mentira
Que un niño o niña mienta es normal y en general nada que deba preocuparnos, pero ¿y si las mentiras se convierten en algo continuado y habitual en la conducta del menor? Si dicha conducta empieza a darse de forma reiterada y se convierte en la respuesta por defecto, entonces sí deberíamos plantearnos si el niño está sufriendo algún tipo de problema.
La mentira patológica, mitomanía o pseudología fantástica, es un patrón de conducta consistente en el uso de la mentira de forma compulsiva, es decir que se elige la mentira como conducta prioritaria en la mayoría de situaciones aun en aquellas ocasiones en que el sujeto no obtiene un beneficio real. Podemos decir que el individuo se ha acostumbrado a mentir por defecto, siendo lo más natural para él o ella.
Hablamos de mentira patológica cuando esta conducta aparece con tal asiduidad o intensidad que perjudica notablemente la vida de la persona. A estos sujetos les cuesta decir la verdad, pues se han acostumbrado a mentir, al igual que la mayoría estamos acostumbrados a ser honestos la mayor parte del tiempo. Por tanto la mentira aparece de forma reiterada, siendo usada para obtener simpatía o hacerse el interesante, aunque acabará por aparecer también sin motivo alguno.
Cuando la conducta aparezca de forma continuada durante un tiempo prolongado, probablemente el sujeto acabe creyéndoselas. Por ejemplo, si alguien se presenta siempre como alguien trabajador, aunque su conducta no sea congruente con dicha afirmación, acabará por creérselo y asumirá que si no completa su trabajo o no lo realiza correctamente es por circunstancias ajenas a su persona, no por falta de esfuerzo por su parte. Es por ello que los mitómanos tienen serias dificultades para actuar en consonancia con la realidad que les rodea, y por tanto nunca se encuentran a gusto con su trabajo, sus relaciones y sus amigos. Rehuirán todo lo anterior siempre que se produzca el conflicto, pues no saben manejarlo y les resulta más cómoda la conducta de evitación.
Si dicho patrón de respuesta no es tratado cuando surge, normalmente durante la infancia, puede extenderse a la edad adulta y convertirse en parte de la forma de ser de la persona, produciendo problemas sociales, familiares y laborales/escolares.
Este tipo de mentiras suele ser usada por el sujeto como cobertura o barrera psicológica, una defensa para su autoestima ante la opinión o crítica de los demás. Si el sujeto aprende que esta conducta le es útil es cuando la generaliza aún sin darse cuenta, convirtiéndola en hábito. Además, como ocultar sus debilidades mediante la mentira le reconforta, puede generar una auténtica adicción psicológica y por tanto difícil de detener mediante simple fuerza de voluntad. Por tanto, llegados a este punto no solo basta que el sujeto asuma que tiene un problema y que quiera cambiar, cosa ya bastante difícil de por sí, sino que seguramente necesitará de la ayuda de quienes le rodean.
Si detectamos este tipo de problema en un niño, lo primero que tenemos que hacer como padres/maestros es determinar qué tipo de mentira es con la que estamos lidiando y, sobre todo, qué la está motivando. Las mentiras continuadas en los niños suelen aparecer cuanto estos se encuentran en un estado permanente de ansiedad o miedo emocional, siendo como hemos comentado antes una defensa ante estas sensaciones. Conocer qué las motivan es fundamental para poder llevar a cabo una intervención adecuada.
Igualmente importante es nuestra actitud ante el problema. En todos los casos deberíamos:
Al contrario que los supuestos beneficios, los perjuicios como vemos son muy reales. Puesto que la mentira puede convertirse en una adicción, una vez se ha establecido el comportamiento este se puede convertir en un problema difícil de superar. Se miente para evitar un problema, pero este no dejará de existir y en cambio muy probablemente se agrave.
Cuando la persona mienta de forma compulsiva empezará a hacerlo sin razón, y aunque el motivo inicial fuera proteger su autoestima la realidad es que está irá menguando, ya que al fin y al cabo el sujeto en el fondo sabe que está ocultado aspectos fundamentales de sí mismo, con el esfuerzo mental y emocional que ello supone.
Pese a todo lo dicho, para poder mejorar la mayor parte del trabajo la ha de realizar la persona que miente. Una vez sea consciente de que padece un problema, si lo asume y desea cambiar este aspecto de su persona, debe ser él quién analice sus conductas y pensamientos para averiguar porqué miente ya que aunque los demás pueden encontrar un patrón, solo la persona puede contarnos sus motivos. No obstante, esto no es tarea fácil y puede ser de utilidad registrar de forma escrita cada vez que se miente, anotando el motivo, a quién se mintió, la sensación que le produjo el hacerlo, así como el beneficio que se obtuvo. Además, si la persona acude a terapia este registro será de gran ayuda para el especialista. En el caso concreto de los menores esto puede ser más complicado, por lo que será necesario instruir al menor en cómo elaborar dicho registro.
Llegados a este punto, existen varias formas de afrontar el problema. Por ejemplo, siempre es buena idea tratar de controlar el impulso, pidiendo ayuda si es necesario. Cuando surja dicho impulso será mejor callar que mentir, y si mentimos siempre será preferible confesar cuanto antes que seguir adelante con la falsedad. Será necesario explicar al niño el porqué de todo ello, y posiblemente tendremos que insistir pues si la conducta está muy asentada será resistente al cambio.
Es importante también enseñarle a analizar la mentira cuando surgen las ganas de decirla: ¿Cambiará tu vida? ¿Te hará más feliz? ¿Qué consecuencias tendrá? Si la conducta se produce más veces ante ciertos individuos, deberá meditar respecto al porqué.
Dejar atrás este comportamiento requiere también desarrollar la autoestima y crecer como persona en general. Quizás necesite encontrar aficiones, quehaceres y actividades que le llenen como persona, y por supuesto que esto también se aplica a mitómanos ya adultos.
Sea como sea el enfoque que uno tome ante el problema, conseguir que el sujeto lo asuma es un gran paso. Eso sí, hay que tener en cuenta que se trata de un problema que difícilmente pueda solucionarse de la noche a la mañana, requiriendo por tanto esfuerzo y paciencia. Poco a poco empezaremos a ver cambios. Y por supuesto, si se necesita ayuda, no deberíamos dudar en acudir a un especialista que nos aconseje y guíe.
La mentira patológica, mitomanía o pseudología fantástica, es un patrón de conducta consistente en el uso de la mentira de forma compulsiva, es decir que se elige la mentira como conducta prioritaria en la mayoría de situaciones aun en aquellas ocasiones en que el sujeto no obtiene un beneficio real. Podemos decir que el individuo se ha acostumbrado a mentir por defecto, siendo lo más natural para él o ella.
Hablamos de mentira patológica cuando esta conducta aparece con tal asiduidad o intensidad que perjudica notablemente la vida de la persona. A estos sujetos les cuesta decir la verdad, pues se han acostumbrado a mentir, al igual que la mayoría estamos acostumbrados a ser honestos la mayor parte del tiempo. Por tanto la mentira aparece de forma reiterada, siendo usada para obtener simpatía o hacerse el interesante, aunque acabará por aparecer también sin motivo alguno.
Cuando la conducta aparezca de forma continuada durante un tiempo prolongado, probablemente el sujeto acabe creyéndoselas. Por ejemplo, si alguien se presenta siempre como alguien trabajador, aunque su conducta no sea congruente con dicha afirmación, acabará por creérselo y asumirá que si no completa su trabajo o no lo realiza correctamente es por circunstancias ajenas a su persona, no por falta de esfuerzo por su parte. Es por ello que los mitómanos tienen serias dificultades para actuar en consonancia con la realidad que les rodea, y por tanto nunca se encuentran a gusto con su trabajo, sus relaciones y sus amigos. Rehuirán todo lo anterior siempre que se produzca el conflicto, pues no saben manejarlo y les resulta más cómoda la conducta de evitación.
Si dicho patrón de respuesta no es tratado cuando surge, normalmente durante la infancia, puede extenderse a la edad adulta y convertirse en parte de la forma de ser de la persona, produciendo problemas sociales, familiares y laborales/escolares.
Este tipo de mentiras suele ser usada por el sujeto como cobertura o barrera psicológica, una defensa para su autoestima ante la opinión o crítica de los demás. Si el sujeto aprende que esta conducta le es útil es cuando la generaliza aún sin darse cuenta, convirtiéndola en hábito. Además, como ocultar sus debilidades mediante la mentira le reconforta, puede generar una auténtica adicción psicológica y por tanto difícil de detener mediante simple fuerza de voluntad. Por tanto, llegados a este punto no solo basta que el sujeto asuma que tiene un problema y que quiera cambiar, cosa ya bastante difícil de por sí, sino que seguramente necesitará de la ayuda de quienes le rodean.
Si detectamos este tipo de problema en un niño, lo primero que tenemos que hacer como padres/maestros es determinar qué tipo de mentira es con la que estamos lidiando y, sobre todo, qué la está motivando. Las mentiras continuadas en los niños suelen aparecer cuanto estos se encuentran en un estado permanente de ansiedad o miedo emocional, siendo como hemos comentado antes una defensa ante estas sensaciones. Conocer qué las motivan es fundamental para poder llevar a cabo una intervención adecuada.
Igualmente importante es nuestra actitud ante el problema. En todos los casos deberíamos:
- Estar alerta: Hemos de aceptar que nuestros hijos no son perfectos, no siempre se portan bien y no siempre dicen la verdad. Es nuestra obligación conocerlos y aprender cómo ayudarles a mejorar como personas.
- Mantener siempre la calma, evitando reaccionar emocionalmente ante la mentira, pero mostrándonos firmes ante ello, indicando que no nos agradan este tipo de conductas.
- Mostrar nuestra alegría cuando el menor confiesa la verdad tras haber mentido: Debemos demostrar que admitir la mentira no equivale a castigo, pues entonces el menor ocultará cada vez más la verdad. Lo más conveniente será mostrar nuestra alegría, sonriendo o felicitando al niño cuando confiese, y solo utilizando el castigo cuando la mentira del niño haya sido tan grave que entrañase algún peligro para él o los demás.
- Crear un ambiente de confianza, de modo que el niño pueda acostumbrarse a contarnos todo lo que le sucede, inclusive sus errores y travesuras. Es importante que no tenga la sensación de que si nos cuenta estos sucesos va a recibir automáticamente un correctivo o reprimenda.
- Escapar al conflicto, problema, reproche o consecuencia.
- Conseguir en cambio comprensión y/o apoyo.
- Ocultar o disimular sus defectos o aspectos personales que le avergüenzan, evitando temporalmente ver dañada su autoestima.
- Proyectar una imagen de sí mismo idealizada, perfecta y que el sujeto considera más atractiva para los demás.
Al contrario que los supuestos beneficios, los perjuicios como vemos son muy reales. Puesto que la mentira puede convertirse en una adicción, una vez se ha establecido el comportamiento este se puede convertir en un problema difícil de superar. Se miente para evitar un problema, pero este no dejará de existir y en cambio muy probablemente se agrave.
Cuando la persona mienta de forma compulsiva empezará a hacerlo sin razón, y aunque el motivo inicial fuera proteger su autoestima la realidad es que está irá menguando, ya que al fin y al cabo el sujeto en el fondo sabe que está ocultado aspectos fundamentales de sí mismo, con el esfuerzo mental y emocional que ello supone.
Pese a todo lo dicho, para poder mejorar la mayor parte del trabajo la ha de realizar la persona que miente. Una vez sea consciente de que padece un problema, si lo asume y desea cambiar este aspecto de su persona, debe ser él quién analice sus conductas y pensamientos para averiguar porqué miente ya que aunque los demás pueden encontrar un patrón, solo la persona puede contarnos sus motivos. No obstante, esto no es tarea fácil y puede ser de utilidad registrar de forma escrita cada vez que se miente, anotando el motivo, a quién se mintió, la sensación que le produjo el hacerlo, así como el beneficio que se obtuvo. Además, si la persona acude a terapia este registro será de gran ayuda para el especialista. En el caso concreto de los menores esto puede ser más complicado, por lo que será necesario instruir al menor en cómo elaborar dicho registro.
Llegados a este punto, existen varias formas de afrontar el problema. Por ejemplo, siempre es buena idea tratar de controlar el impulso, pidiendo ayuda si es necesario. Cuando surja dicho impulso será mejor callar que mentir, y si mentimos siempre será preferible confesar cuanto antes que seguir adelante con la falsedad. Será necesario explicar al niño el porqué de todo ello, y posiblemente tendremos que insistir pues si la conducta está muy asentada será resistente al cambio.
Es importante también enseñarle a analizar la mentira cuando surgen las ganas de decirla: ¿Cambiará tu vida? ¿Te hará más feliz? ¿Qué consecuencias tendrá? Si la conducta se produce más veces ante ciertos individuos, deberá meditar respecto al porqué.
Dejar atrás este comportamiento requiere también desarrollar la autoestima y crecer como persona en general. Quizás necesite encontrar aficiones, quehaceres y actividades que le llenen como persona, y por supuesto que esto también se aplica a mitómanos ya adultos.
Sea como sea el enfoque que uno tome ante el problema, conseguir que el sujeto lo asuma es un gran paso. Eso sí, hay que tener en cuenta que se trata de un problema que difícilmente pueda solucionarse de la noche a la mañana, requiriendo por tanto esfuerzo y paciencia. Poco a poco empezaremos a ver cambios. Y por supuesto, si se necesita ayuda, no deberíamos dudar en acudir a un especialista que nos aconseje y guíe.
Imágenes obtenidas de: Jackmac34
martes, 28 de febrero de 2017
¿Cómo se evalúa y diagnostica el TDAH?
Si el otro día hablábamos de los distintos enfoques a la hora de tratar el TDAH (ADHD en inglés), hoy me gustaría comentar cómo se evalúa y diagnóstica este trastorno cuando hay sospechas o indicios de que pueda sufrirlo un menor en edad escolar, cómo debemos proceder y qué instrumentos y técnicas podemos usar para ello.
En este caso nos interesa no solo saber como afecta el TDAH al menor, sino cómo interacciona el trastorno con sus propias características personales, cómo afecta a su desarrollo evolutivo y cómo lo hace en cada contexto en concreto (familiar, social, escolar, etc).
Empezaremos a recabar los citados datos cuando nos llegue una demanda que exponga el problema. Primeramente es conveniente informar a la familia del menor sobre los pasos que pueden seguir en estas situaciones, para luego empezar la exploración con una entrevista a los progenitores, mediante la cual conoceremos en líneas generales la situación del menor. Tras ello deberemos evaluar sintomatología más concreta, para lo cual usaremos técnicas e instrumentos adaptados a las características del paciente, siendo la más relevante la edad del menor.
En el caso de tener que evaluar a un menor que aún no cursa primaria basaremos la exploración en el análisis del contexto familiar, el estilo educativo parental y la interacción del menor con el resto de la familia. Por supuesto, también es necesario tomar nota de las características del menor en sí, como su capacidad de atención, conducta motora, hábitos de sueño, alimentación, adaptación a los diversos contextos, funcionamiento cognitivo, capacidad de expresión oral y escrita, así como matemática, todo ello por supuesto teniendo en cuenta su edad.
En cambio si nos encontramos ante un menor que ya cursa estudios de primaria o incluso secundaria, deberemos atender, además de todo lo mencionado antes, también a su desarrollo emocional, autoestima, habilidades sociales y desenvolvimiento social.
Para todo ello, no solo utilizaremos la mencionada entrevista familiar, también requeriremos diversas escalas y pruebas específicas que además deberán además ser usadas para recabar información del entorno escolar y del propio menor.
Respecto al menor, es importante el análisis funcional de su conducta, para lo cual deberemos contar con el apoyo del profesorado. Entendemos por análisis funcional de las conductas la descripción de aquellas que sean relevantes al caso, de sus características, la frecuencia con que se dan, su duración y si es aplicable también su intensidad. Para ello deberemos informar antes al profesorado sobre como se debe efectuar este tipo de registro. Complementariamente, será buena idea analizar también cómo realiza el menor sus tareas escolares, su espacio de trabajo, así como la forma de estructurar sus escritos y redacciones.
Lógicamente, necesitaremos usar pruebas específicas para valorar la situación del menor y concretar la problemática que pueda o no sufrir. Requeriremos instrumentos que midan su capacidad de atención, si presenta hiperactividad y/o impulsividad, funciones ejecutivas, capacidad intelectual, de lectoescritura, cálculo, y la posible afectación emocional o conductual que presente.
Para evaluar la tríada de síntomas que caracterizan el TDAH tenemos a nuestro alcance diversos tests y escalas. Comentaré brevemente algunos:
En este caso nos interesa no solo saber como afecta el TDAH al menor, sino cómo interacciona el trastorno con sus propias características personales, cómo afecta a su desarrollo evolutivo y cómo lo hace en cada contexto en concreto (familiar, social, escolar, etc).
Empezaremos a recabar los citados datos cuando nos llegue una demanda que exponga el problema. Primeramente es conveniente informar a la familia del menor sobre los pasos que pueden seguir en estas situaciones, para luego empezar la exploración con una entrevista a los progenitores, mediante la cual conoceremos en líneas generales la situación del menor. Tras ello deberemos evaluar sintomatología más concreta, para lo cual usaremos técnicas e instrumentos adaptados a las características del paciente, siendo la más relevante la edad del menor.
En el caso de tener que evaluar a un menor que aún no cursa primaria basaremos la exploración en el análisis del contexto familiar, el estilo educativo parental y la interacción del menor con el resto de la familia. Por supuesto, también es necesario tomar nota de las características del menor en sí, como su capacidad de atención, conducta motora, hábitos de sueño, alimentación, adaptación a los diversos contextos, funcionamiento cognitivo, capacidad de expresión oral y escrita, así como matemática, todo ello por supuesto teniendo en cuenta su edad.
En cambio si nos encontramos ante un menor que ya cursa estudios de primaria o incluso secundaria, deberemos atender, además de todo lo mencionado antes, también a su desarrollo emocional, autoestima, habilidades sociales y desenvolvimiento social.
Para todo ello, no solo utilizaremos la mencionada entrevista familiar, también requeriremos diversas escalas y pruebas específicas que además deberán además ser usadas para recabar información del entorno escolar y del propio menor.
Respecto al menor, es importante el análisis funcional de su conducta, para lo cual deberemos contar con el apoyo del profesorado. Entendemos por análisis funcional de las conductas la descripción de aquellas que sean relevantes al caso, de sus características, la frecuencia con que se dan, su duración y si es aplicable también su intensidad. Para ello deberemos informar antes al profesorado sobre como se debe efectuar este tipo de registro. Complementariamente, será buena idea analizar también cómo realiza el menor sus tareas escolares, su espacio de trabajo, así como la forma de estructurar sus escritos y redacciones.
Lógicamente, necesitaremos usar pruebas específicas para valorar la situación del menor y concretar la problemática que pueda o no sufrir. Requeriremos instrumentos que midan su capacidad de atención, si presenta hiperactividad y/o impulsividad, funciones ejecutivas, capacidad intelectual, de lectoescritura, cálculo, y la posible afectación emocional o conductual que presente.
Para evaluar la tríada de síntomas que caracterizan el TDAH tenemos a nuestro alcance diversos tests y escalas. Comentaré brevemente algunos:
- D2 Test de atención: Se trata de un test breve, que se puede realizar en unos diez minutos y que mide nueve aspectos de la capacidad atencional, pudiendo aplicarse a partir de los ocho años.
- EDAH Evaluación del TDAH: Prueba breve cuyo fin es evaluar, en menores de seis a doce años, la presencia o no de los síntomas característicos del TDAH y otros trastornos de conducta relacionados.
- Test de Caras: Este test evalúa mediante ítems gráficos la capacidad de atención y percepción en menores de seis a dieciocho años. Destaca la brevedad con que puede aplicarse, en menos de 5 minutos.
- EMAV Escala Magallanes de Atención Visual: Como su nombre indica, se trata de una prueba visual que evalúa la atención y diversas funciones de la misma. La prueba tiene una duración de media hora y es aplicable a menores de cinco a dieciocho años.
- EMIC, Escala Magallanes de Impulsabilidad: Prueba informatizada aplicable a partir de los seis años y que mide la impulsividad, como su nombre indica, en unos veinte minutos.
- CPT de Conners: Las diversas versiones de esta prueba informatizada evalúan en menores de más de ocho años la capacidad para realizar tareas de forma sostenida en el tiempo, y por tanto la capacidad de atención del sujeto. Tiene una duración de quince minutos, y está especialmente recomendada para casos de TDAH.
- TOVA, Test de Variables en la Atención: Indicada para realizar un seguimiento del efecto positivo o negativo que está teniendo la medicación en cuanto a la atención en menores a partir de los cuatro años. Dura poco más de veinte minutos.
Para valorar otras áreas disponemos así mismo de otros instrumentos:
- CUMANIN, Cuestionario de madurez neuropsicológica: Aplicable en menores de tres a seis años. su tiempo de aplicación sobrepasa la media hora larga, pero se trata de una prueba efectiva para explorar la madurez neuropsicológica del menor, contemplando las funciones de lenguaje, memoria, estructuración espacial y temporal, motricidad y visopercepción, usando para ello trece escalas distintas.
- Luria DNI Diagnóstico Neuropsicológico: Existen varias versiones según edad, que exploran las funciones motoras, sensoriales, el lenguaje hablado y escrito, la capacidad aritmética, la memoria y la atención.
- WCST Test de clasificación de Tarjetas de Wisconsin: Evalúa las funciones ejecutivas en general en sujetos a partir de los seis años y medio usando para ello unas tarjetas con las que se realizan ejercicios de lógica.
- STROOP, Test de Colores y Palabras: Utiliza el conocido Efecto Stroop para poner a prueba a sujetos de más siete o más años y detectar si existen problemas neuropsicológicos o daños cerebrales.
- Test Gestáltico Visomotor: Prueba breve cuyo objeto es explorar el nivel de maduración en sujetos a partir de los cuatro años.
- BAS-II Escalas de Aptitudes Intelectuales: Evalúa la inteligencia a partir de los dos años, dividiéndola en inteligencia verbal, perceptiva, no verbal y espacial.
- MP-R Escalas de desarrollo Merrill-Palmer Revisadas: En menores a partir del primer mes de vida evalúa diversas áreas del desarrollo, como el aspecto cognitivo, el lenguaje y capacidad de comunicación, capacidad motora, socio-emocional y conductas adaptativas.
- TALE o TALEC, Test de Análisis de la Lecto-escritura: Evalúa la capacidad general de lectura y escritura en menores de seis a diez años.
- PROLEC-R y PROLEC-SE-R: Baterías de evaluación en educación primaria y en adolescentes respectivamente.
- TEDI-MATH: Esta prueba detecta posibles dificultades en el cálculo aritmético.
Como pruebas alternativas, si consideramos que es posible que el paciente presente otras sintomatologías asociadas, deberemos usar instrumentos de evaluación más específicos. Algunos ejemplos:
Sólo llegados a este punto será cuando podamos interpretar toda la información obtenida y emitir mediante ella una diagnóstico claro. Para ello eso sí, es necesario tener siempre presente otros trastornos o condiciones que puedan causar efectos similares, para evitar así el diagnóstico erróneo. Dicho diagnóstico, claro está, al igual que las pruebas realizadas deberá estar adaptado al individuo, por lo que deberemos resaltar en que aspectos el menor se ve más afectado y en cuales menos. Por ejemplo, no todos quienes padecen TDAH presenten hiperactividad (o impulsividad, o inatención) ni en todo caso la sufren con la misma intensidad.
Un aspecto a tener en cuenta es que a día de hoy no existe ninguna prueba médica que garantice el diagnóstico certero, siendo necesarias diversas sesiones con el menor, con los padres e incluso con los maestros, usando herramientas como las descritas para poder evaluar y reevaluar el estado del niño y su adaptación al medio.
Una vez emitido diagnóstico, prepararemos un plan de intervención que se ajuste a la problemática presente, a lo largo del cual deberemos tomar buena nota de la evolución del sujeto para mejorar aquellos aspectos que lo necesiten, buscando por supuesto obtener los mejores resultados posibles. Como último, debemos recordar que los efectos del TDAH no son estáticos, por lo que el propio diagnóstico debe ser dinámico y dimensional, cambiante con el paso del tiempo y el desarrollo evolutivo del niño.
- CDI Inventario de Depresión Infantil: Una prueba breve, destinada a evaluar posible sintomatología depresiva en menores de siete a quince años.
- CAS Cuestionario de Ansiedad Infantil: Destinada como su nombre indica a detectar posibles trastornos de ansiedad.
- BASC Sistema de Evaluación de la Conducta en Niños y Adolescentes: Conjunto de pruebas que contienen autoinformes y cuestionarios para padres y tutores, que evalúan alteraciones en el comportamiento y en la autopercepción.
Lógicamente, la recolección de datos mediante entrevistas y pruebas psicométricas debe ir seguida de su contraste con los criterios para el diagnóstico del trastorno que figuran tanto en el DSM-V como en el CIE-10. No olvidemos que además del trabajo de exploración que realiza el profesional, la recogida de datos antes de emitir diagnóstico debe contrastarse con lo observado por los padres y profesores del menor. Para ello también disponemos de diversas escalas y cuestionarios que comentaremos en futuras entradas del blog para no extendernos demasiado hoy.
Un aspecto importante de la evaluación psicológica es que esta debe ser dinámica, por lo que debemos ir adaptándola al caso según avancemos en él. No podemos esperar tener bastantes datos como para emitir un diagnóstico en un solo día, y de la misma forma es de asumir que no realizaremos una sola entrevista, pues muy posiblemente a lo largo de las sesiones surjan nuevas dudas que cabrá esclarecer para realizar una mejor intervención.
Además, es imperante constatar los datos que se obtienen en las escalas mediante la observación directa y los informes de los progenitores/maestros, pues estas no sirven por sí solas como base única para el diagnóstico, siendo necesarias la evaluación clínica y las entrevistas como apoyo. Hecho esto, nos centraremos en detalles específicos que puedan merecer nuestra atención, ya sean estos conductas o síntomas concretos.
Sólo llegados a este punto será cuando podamos interpretar toda la información obtenida y emitir mediante ella una diagnóstico claro. Para ello eso sí, es necesario tener siempre presente otros trastornos o condiciones que puedan causar efectos similares, para evitar así el diagnóstico erróneo. Dicho diagnóstico, claro está, al igual que las pruebas realizadas deberá estar adaptado al individuo, por lo que deberemos resaltar en que aspectos el menor se ve más afectado y en cuales menos. Por ejemplo, no todos quienes padecen TDAH presenten hiperactividad (o impulsividad, o inatención) ni en todo caso la sufren con la misma intensidad.
Un aspecto a tener en cuenta es que a día de hoy no existe ninguna prueba médica que garantice el diagnóstico certero, siendo necesarias diversas sesiones con el menor, con los padres e incluso con los maestros, usando herramientas como las descritas para poder evaluar y reevaluar el estado del niño y su adaptación al medio.
Una vez emitido diagnóstico, prepararemos un plan de intervención que se ajuste a la problemática presente, a lo largo del cual deberemos tomar buena nota de la evolución del sujeto para mejorar aquellos aspectos que lo necesiten, buscando por supuesto obtener los mejores resultados posibles. Como último, debemos recordar que los efectos del TDAH no son estáticos, por lo que el propio diagnóstico debe ser dinámico y dimensional, cambiante con el paso del tiempo y el desarrollo evolutivo del niño.
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