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lunes, 20 de marzo de 2017

Psicoreflexión: La Prueba de Turing, la inteligencia artificial y la moral humana.

La prueba de Turing, traducida muchas veces como test de Turing, tiene como fin determinar si una inteligencia artificial es capaz de comportarse como humano, y por tanto de poseer una inteligencia similar a la de nuestra especie. Fue diseñada por Alan Turing, un genio polifacético del cual quizás hable otro día, pues bien lo merece.

La prueba que propone Turing consiste en que un evaluador humano mantenga durante unos minutos una conversación con la inteligencia artificial a evaluar y con otro ser humano, pero sin saber cuál es cuál. La idea es que si la máquina es capaz de imitar el comportamiento humano hasta el punto de engañar al juez, estaría manifestando una conducta humana, y presumiblemente una inteligencia también humana. En su planteamiento original, y para mantener el anonimato de cada individuo garantizando así que la máquina no juegue con desventaja, el evaluador únicamente tendría acceso al diálogo en forma escrita.


La susodicha prueba, que parece sacada de una historia de ciencia ficción y de hecho ha sido usada en muchas de ellas, apareció publicada por primera vez en la obra "Computing machinery and intelligence" en el año 1950, surgiendo como un intento para responder a la pregunta de si puede o no ser inteligente una máquina. Desde el punto de vista de la psicología esta prueba es muy interesante, pues no solo nos plantea esta pregunta sino que a su vez implica otras igualmente importantes: ¿Cómo pensamos? ¿Cómo definimos el pensamiento? ¿Qué es el pensamiento? Por lo tanto nos encontramos ante una prueba que, aunque ha recibido bastantes críticas, nos sirve para reflexionar acerca de nuestra inteligencia, la inteligencia artificial y las diferencias que pueden haber entre ambas.

Estas preguntas son clásicas en el ámbito filosófico. Alfred Ayer, por ejemplo, se preguntaba si había alguna forma de saber si cada uno de nosotros experimenta la consciencia de igual manera. Alguno podría pensar que es una pregunta banal ya que es evidente que todos somos conscientes de la misma manera pero, ¿hay realmente una forma de saber esto a ciencia cierta? Decía Ortega y Gasset que cada individuo vive en su propio mundo, encerrado en sus propias experiencias y percepciones y que por mucho que nos demos a conocer a los demás estos jamás sabrán lo que es ser nosotros. En cierto sentido estamos solos, aunque quizás lo más interesante de la vida es precisamente buscar y encontrar a alguien que pese a no ser nosotros nos entienda igualmente.

Turing como hemos visto, se hizo preguntas similares pero respecto a las inteligencias artificiales. Asumió que si algo parece inteligente y se comporta nteligentemente, debe ser inteligente. En base a este razonamiento creó Turing varias versiones de su prueba, siempre con idéntico objetivo y similar funcionamiento.

Con el tiempo, la Prueba de Turing ha llegado a considerarse un requisito, que no el único, que debería cumplir una inteligencia artificial para ser considerada como verdaderamente inteligente. El lector se podría preguntar si a día de hoy alguna máquina ha superado el test, pero difícil decirlo ya que varias inteligencias parecen haber superado la prueba original, pero se ha demostrado que esta depende en gran medida del evaluador escogido. Un ejemplo sería ELIZA, creado en 1966, que fue capaz de engañar temporalmente a algunas personas en una conversación, y otro el Dr. Abuse, una versión mejorada del anterior.



Posteriormente se crearían otros programas similares, cada uno con sus características, cada vez más avanzados y sofisticados y por tanto más capaces de hacerse pasar por humanos, pero nunca alcanzando la perfección en ello y por tanto no llegando a engañar a la mayoría de evaluadores.

Ahora bien, quizás la prueba padece de un problema más importante pues cabría preguntarse si realmente demuestra si una inteligencia artificial se comporta inteligentemente o solo si lo aparenta. Varias han sido las críticas recibidas por la prueba, siendo un buen ejemplo la argumentación de John Searle al respecto, quién decía que programas como ELIZA podía imitar la conversación humana aun sin entenderla, por lo que no se les podría clasificar como inteligentes en el sentido estrictor del término. Esta argumentación fue desarrollada en un experimento mental llamado la habitación china, y gracias a ello se inauguró un interesante debate acerca de la naturaleza real de la inteligencia, sobre si una máquina puede ser inteligente y cómo podríamos averiguar si lo es en caso afirmativo.

Con lo rápido que avanza la tecnología, puede resultar sorprendente que este tipo de programas no hayan alcanzado la capacidad para simular la naturaleza humana, aunque sea durante los pocos minutos que exige la Prueba de Turing. A día de hoy resulta inimaginable una máquina que pueda realizar tal proeza, y es que al final siempre se delatan ellas solas al carecer de esas pequeñas cosas que hacen humano al humano: manías, costumbres, expresiones, faltas de ortografía y una forma de expresarse particular.

¿Alguna vez os ha pasado que vamos a hablar con alguien mediante Whatsapp o similar, y nos responde otra persona que ha tomado el control de ese móvil de forma inesperada, sea para hacer una broma, por maldad o por la razón que sea? ¿Quizás un familiar para decirnos que quién buscamos esta ocupado o se ha dejado el móvil en casa? ¿O la pareja de esa persona respondiendo en su nombre ya que tienen suficiente confianza para ello?

Si alguna vez os ha pasado, seguramente os basten pocas palabras para daros cuenta  de que no se trata de la persona esperada. En este caso hablamos de gente conocida, gente a la que conocemos suficiente para reconocer sus patrones de expresión, pero el mismo razonamiento se puede aplicar para detectar cuando hablamos con un humano o con un mecanismo que pretende ser inteligente.

Un mensaje totalmente humano y muy de fiar, por supuesto que sí

La prueba de Turing se podría extrapolar a tres niveles: escrito, oral y aural. La prueba escrita es la estándar y mide la capacidad de la máquina para imitar la escritura humana, mientras que la oral, imposible por ahora, sería una prueba idéntica pero en su versión hablada. La forma aural es más complicada todavía y se refiere a que la máquina sería capaz de imitar a un humano completo, de librarse de ese aire a robot, de esa aura mecánica, y disfrazarse de ser humano totalmente. Aún queda mucho para ello, y además la máquina debería superar el fenómeno conocido como el Valle Inquietante, lo cual podría ser imposible a nivel técnico. Un ejemplo reciente en la ficción, aunque se toma bastantes licencias, lo encontraríamos en la película Ex Machina.

El fenómeno del Valle Inquietante estipula que cuando un ser artificial imita al humano y lo hace demasiado bien, nos causa un rechazo natural. Llegados a este punto cabe preguntarse, si una máquina es suficiente inteligente como para pasar por humana, y es en apariencia humana, ¿qué la distingue de nosotros? ¿Es realmente un ser diferenciado o deberíamos tratarlo como un igual?

Esta disertación, que parece más propia de Isaac Asimov que del mundo real, necesita cada vez más de una respuesta. Sin que nos demos cuenta la tecnología avanza cada vez más deprisa, tanto en su faceta de robótica como de inteligencias artificiales y aunque todavía existen multitud de limitaciones técnicas al respecto, el día menos esperado tendremos que afrontar este tipo de problemáticas y otras de tipo moral. Por ejemplo, habría que plantearse si la mera capacidad cognitiva hace inteligente a la máquina o debería considerarse algún elemento más. El propio Turing ya indicaba que para pasar por humano el programa debería tener cierto sentido de la estética y capacidad empática. En efecto, la inteligencia emocional es un rasgo muy propio de nuestra especie.

Se puede argumentar que existen seres humanos con total ausencia de empatía, incluso hay otros que nacen con una capacidad intelectual escasa, pero no dudaríamos nunca de que son seres humanos. Por tanto, ¿le podemos exigir estas capacidades a un máquina?

Weakness of Turing test 1.svgUna vez más, vemos que existe un"factor humano" muy difícil de definir, que todos reconocemos pero que cuesta delimitar. Y es que los humanos somos inteligentes, pero no siempre. Si a mitad de una prueba de Turing insultamos al interlocutor, lo normal es que el humano se ofenda, nos devuelva el insulto, se extrañe, se disculpe por si ha habido algún equívoco, o abandone la conversación. Una máquina seguramente no entenderá lo que le decimos, ignorará lo dicho o responderá de forma genérica.

Otros actos típicamente humanos son el mentir, o como ya dijimos, los errores tipográficos o de ortografía. Yo por ejemplo, pese a conocer la norma ortográfica que rige el uso del porque y por qué, suelo equivocarme cuando escribo textos largos, pues tengo esa costumbre, manía, vicio, llámese como quieran, pero el caso es que un lector asiduo de este blog podría reconocer mi escritura al momento por este y otros defectos similares. Esto le sucederá incluso a un académico de la lengua, pues nadie está a salvo de los errores tipográficos, excepto una máquina que debería ser programada a propósito para cometer fallos de forma arbitraria, pero entonces nos encontramos con que no serían auténticos errores.

Pero esto no es todo, también existen comportamientos que demuestran inteligencia pero que no suelen considerarse propios de nuestra especie. Este tema está de moda ahora que empieza a contemplarse la fabricación de coches inteligentes que se autopiloten. Y es que sus diseñadores tal vez creyeron que la mayor dificultad estribaría en que un coche supiera pilotar, pero no, el mayor reto para este invento será saber decidir en casos de ambigüedad moral.

Imaginemos que un coche inteligente circula por su carril a velocidad normal, y en su interior va un pasajero, pero recordemos que este no conduce pues ya lo hace el coche por él. Imaginemos que una niña se cruza en el camino del coche inesperadamente, y que la única opción para salvarla es girar bruscamente y estamparse contra la pared, posiblemente matando al pasajero. Esta situación sería solventada en milésimas de segundo por el ordenador del coche, pero ¿con qué resultados? Se llevaría por delante a la niña salvando al tripulante? ¿U optaría por salvarla a costa de la vida de este? y si ese es el caso, ¿quién comprará un coche que puede optar por autodestruirse y acabar con la vida del propietario en cualquier momento?

La cosa además se puede complicar hasta el infinito con variaciones de este mismo problema, por ejemplo añadiendo varios peatones a salvar y también varios pasajeros. De este modo la máquina debería decidir si ha de minimizar la cantidad de víctimas posibles, tener en cuenta la esperanza de vida del total, las probabilidad de salvar a cada uno y en cada caso la responsabilidad atribuible al propietario del vehículo. Y es que a pesar de que el coche se conduce solo, si nosotros compramos el vehículo sabiendo que, por ejemplo, decidirá salvarnos a nosotros pues así estaba programado al comprarlo (y lo sabíamos) ¿seríamos en parte responsables del resultado? ¿lo será el fabricante?


Algo similar pasaría con un robot de cocina inteligente. ¿Cómo le decimos al robot que nos prepare un guiso con carne pero que no queremos comernos a nuestro gato? Es más, y si en mi paella pongo conejo pero mis niños tienen un conejo de mascota? Porqué unos animales sí y otros no, ¿qué sentido lógico tiene todo esto y cómo se le explica a la máquina? Quizás cuando los robots deambulen por nuestras casas seamos todos vegetarianos, quién sabe, pero la duda sigue ahí. Una vez más, el cine ofrece un interesante ejemplo de este tipo de dilemas en la película Yo robot.


Turing predijo que las máquinas conseguirían superar su prueba a partir del año 2000, y aunque actualmente algunos programas se puede considerar que lo lograron, no todos los expertos en la materia consideran que esto haya sucedido todavía. La realidad es que a día de hoy las inteligencias artificiales aún no han logrado imitarnos a la perfección, pero hay que tener en cuenta que el desarrollo tecnológico es exponencial y cada día se avanza más rápido en la creación de este tipo de ingenios. Cada vez tenemos más dudas sobre la psicología y ética artificiales, pero no tantas respuestas como nos gustaría.

Fuentes:
Turing-like indistinguishability tests for the validation of a computer simulation of paranoid processes, de Colby, K. M.; Hilf, F. D.; Weber, S.; Kraemer, H.
Ai: The Tumultuous History of the Search for Artificial Intelligence, de Daniel Crevier
The Turing Test: The Elusive Standard of Artificial Intelligence, Dordrecht: Kluwer Academic Publishers,de J.H. Moor.
La Prueba de Turing.
¿Deben los vehículos autónomos ser programados para matar? Publicado en Technologyreview.com
El dilema social de los vehículos autónomos, por Jean-François Bonnefon, Azim Shariff, Iyad Rahwan.
El Valle inquietante.



viernes, 27 de enero de 2017

Psicocuriosidades: Clever Hans, ¿el caballo más inteligente de la historia?

Tanto a lo largo de mi formación como en los posteriores años de trabajo, no han sido las pocas veces que algún conocido me ha comentado cosas como que podría usar mis conocimientos psicológicos para entender o adiestrar a algún animal doméstico.

Como amante de los animales, estoy dispuesto a mucho para comprender a nuestras mascotas y por supuesto también a los animales que viven en su habitad natural, pero la anterior frase me crispaba, sobre todo antaño, pues la psicología por definición es "una ciencia que trata el estudio y análisis de la conducta y los procesos mentales de los individuos y grupos humanos en distintas situaciones". Por tanto se entiende que la psicología se refiere únicamente a la conducta y mentalidad humana, que es distinta en muchos aspectos a la animal, aunque se parezca en otros tantos y buena prueba de ello tenemos en la psicología comparada.

Por otra parte, sí existe una especialidad científica centrada en el comportamiento animal, que combina conocimientos psicológicos y biológicos entre otros, llamada etología. He creído necesario hacer esta distinción antes de hablar de la curiosidad de hoy, pues involucra tanto a humanos como a un animal muy especial.

Y es hoy hablaré de cierto suceso que pasó a la historia por lo extraño del mismo. Clever Hans, Hans der Kluge en alemán originalmente, o Hans el Listo era un caballo que alcanzó la fama en la Alemania de principios del siglo XX debido a su inusual capacidad de realizar operaciones matemáticas, así como otras tareas que requerían una inteligencia mucho mayor que la del caballo promedio. Aparentemente sabía sumar, restar, multiplicar, dividir, decir la hora y usar un calendario entre otras cosas, y en los espectáculos que su entrenador,  matemático por cierto, esto parecía quedar bien patente.

Su propietario lo exhibió públicamente, mostrando sus increíbles habilidades en un espectáculo en el que al caballo se le pedía que contestará a ciertas preguntas y el animal respondía golpeando con sus patas la respuesta acertada, sistema que parecía ser la prueba de que en aquel show no había ni trampa ni cartón.

Lógicamente, los científicos tenían dudas respecto a que dicho animal fuera tan inteligente, de modo que se llegó a crear una comisión con el propósito de investigar. La comisión Hans, como se le llamó, fue dirigida por el psicólogo Carl Stumpf, quién reunió a un variopinto grupo de trece personas, entre los cuales podíamos encontrar psicólogos, filósofos, veterinarios, domadores de circo, oficiales de caballería, profesores y el director del zoológico de Berlín. La comisión realizó varios experimentos, controlando la situación para determinar si la conducta mostrada por Hans escondía algún truco. Entre otras cosas, se controló el contacto entre el entrenador y el caballo, y aquí resultó residir la clave del asunto.

La conclusión inicial fue que, el espectáculo no se trataba de ningún fraude ya que el caballo podía acertar la respuesta incluso cuando su entrenador no formulaba la pregunta. No obstante, el psicólogo y biólogo Oskar Pfungst, asistente de Stumpf, descubrió que Hans solo parecía acertar cuando su entrenador estaba presente, o al menos al alcance de su vista. Puesto que Von Osten además del entrenador de Hans era matemático, casi siempre solía conocer la respuesta a la pregunta formulada. Cuando esto sucedía así el caballo acertaba casi todas las preguntas, pero cuando Osten no sabía la respuesta el animal acertaba tan pocas veces que podría atribuirse los aciertos al azar. Un estudio detallado reveló que cuando Hans acercaba su pezuña a la respuesta correcta su entrenador cambiaba ligeramente su postura y expresión.

La comisión concluyó lo que debería haber sido una realidad obvia, que el caballo en realidad no era quien realizaba las tareas, y que lo que hacía era reaccionar ante su entrenador Wilhelm von Osten, y concretamente al lenguaje corporal de este y a las señales involuntarias que mediante él hacía. Todo hay que decirlo, debía ser un caballo bastante espabilado para reconocer dichas señales.

En recuerdo de este tipo de situaciones se llamó "Efecto Clever Hans" a cierto fenómeno que se da en experimentación y que describe cuando el investigador influye al sujeto de estudio sin proponérselo, alterando así los resultados. Esto a la larga llevó a la creación de la técnica del doble ciego, en la cual el experimentador desconoce el resultado correcto, precisamente para impedir esta influencia.

Y es que tras sus conclusiones en el caso Hans, Pfungst pensó que la capacidad para interpretar el lenguaje corporal no podía estar limitada a los caballos, por lo que ideó pruebas de laboratorio en las que humanos tenían que realizar tareas bajo condiciones similares a las del caballo, esto es, recibiendo las preguntas de parte de un examinador que conocía las respuestas.

Según concluyó, la mayoría de las veces el examinador muestra en su postura, gestos y expresión, señales involuntarias de cual es la respuesta correcta, independientemente de si dicho examinador desea exponer o reprimir dicha información. Este fenómeno ha demostrado tener un gran efecto en toda clase de situaciones de evaluación si no se controla y es por ello que a día de hoy es tenido en cuenta en todo diseño experimental, necesitándose una metología adecuada para anularlo.




Fuentes:
Wikipedia (Imágenes)

martes, 13 de diciembre de 2016

Psicología Pop: La caja de Skinner en Perdidos

Una tendencia muy de moda hoy en día es intentar analizar personajes y situaciones de la cultura Pop usando la psicología, pero es una moda en cierta manera peligrosa. Estos análisis tienden a ser superficiales pero luego suelen ser presentados como algo serio, llegando normalmente a un diagnóstico que la mayoría de las veces en realidad es imposible y poco acertado.

La verdad es que un diagnóstico requiere tiempo, paciencia y acceso directo al evaluado, con el que el especialista hablará en varias ocasiones y con el que usará cuestionarios y test psicométricos. Así pues, cuando realizamos estas parodias de evaluaciones con personajes ficticios de un libro o película no se puede llegar a una conclusión con fundamento. Por ejemplo de Darth Vader he oído de todo: Trastorno de personalidad límite, Prosopagnosia, etc.

No quisiera que se me malinterpretase, no estoy totalmente en contra de este uso del saber psicológico, pero la nuestra es una disciplina a la que por varias razones le ha costado mucho ganarse su credibilidad y es por ello que no me gusta verla en riesgo. Creo no obstante que los eventos y personajes ficticios pueden ser usados para ilustrar los diversos fenómenos psicológicos, siempre y cuando se deje bien claro que lo que se está explicando es un ejemplo y no un diagnóstico certero y real.

Una vez explicado esto quisiera hablar hoy de las Cajas de Skinner o Cámaras de Condicionamiento Operante, un instrumento de investigación inventado por BF Skinner, célebérrimo psicólogo que le da nombre. Estas cajas se usan para estudiar el comportamiento de un animal y como este aprende. Dentro de la caja hay al menos un mecanismo que permite al animal adquirir un estímulo positivo, generalmente comida, cuando lo acciona. La idea es que con cada repetición de la acción que activa el mecanismo el animal aprende mejor que esto le da acceso a la comida, por lo que con cada repetición de la situación realizará dicha acción más rápidamente, hasta llegar a un punto en que lo hará casi al instante.

Existen muchos ejemplos de estas cajas pero estoy seguro de que muchos lectores la vieron en una serie muy famosa si saber de que se trataba exactamente. Hablo de Perdidos (Lost), donde pudimos al pobre Sawyer encerrado en una gigantesca Caja de Skinner.

En este caso una jaula de Skinner

En este caso la "caja" era usada como celda para el pobre Sawyer, pero en el pasado había sido usada para la investigación con osos polares y es por ello que aún tiene en su interior los mecanismos, en este caso bastante complejos. Para obtener el alimento los pobres osos debían tener pulsado un pedal, luego presionar un botón y por último una palanca.

El susodicho botón

Lamentablemente para el pobre Sawyer, lo que obtiene no es comida humana si no pienso y galletas para los osos.

Que la disfrutes

Hay que decir que en la realidad Skinner nunca aplicó este tipo de experimentos con humanos, ni con animales tan grandes, usando normalmente palomas, ratones, gatos o similares. No obstante existen ciertas leyendas que dicen que sí uso este instrumento en su propia hija, de las que seguro hablaré otro día. Espero que os haya gustado el ejemplo, os dejo el vídeo entero por si queréis ver la caja en funcionamiento,


jueves, 1 de septiembre de 2016

La escala Kinsey

Ayer mismo un amigo me preguntaba ciertas cuestiones acerca de casos concretos donde los términos identidad y orientación sexual pueden resultar un tanto difusos. Lógicamente, me vino a la cabeza la llamada escala de Kinsey, ideada por Alfred Kinsey y que apareció primero en el informe Kinsey (lo suyo no era poner nombres al parecer). Dicho informe tenía por objetivo esclarecer ciertos aspectos de la conducta sexual humana.



La escala diferencia entre siete grados distintos de un mismo espectro del comportamiento sexual, en concreto de la orientación sexual. Tradicionalmente se consideraban las orientaciones más conocidas (Heterosexual, homosexual y bisexual), así que ¿cuáles son las otras cuatro?

Registrando y analizando la historia sexual de diversos individuos se determinó que la orientación se mueve en grados, más que en categorías. Si restamos o añadimos puntos según dicho historial, cada individuo presentaba un grado, obteniendo cero puntos aquellos individuos completamente heterosexuales y seis quienes por el contrario eran considerados exclusivamente homosexuales. Las categorías intermedias representarían pues diferentes grados de tendencia hacia uno de estos dos polos, siendo la categorías intermedia la de bisexualidad. A este respecto Kinsey dijo:

"...la naturaleza raramente se enfrenta con categorías separadas... El mundo vivo es continuo en cada uno de sus aspectos. Mientras enfatizo la continuidad de los grados entre las historias sexuales de los exclusivamente heterosexuales y los exclusivamente homosexuales, ha parecido deseable revelar algunas clasificaciones que podrían estar basadas en multitud de experiencias heterosexuales y homosexuales combinadas... A un individuo le puede ser asignada una posición en esta escala, para cada periodo en su vida... Una escala de siete puntos está más cerca de mostrar los muchos grados que actualmente existen."

Vemos además como es aquí introducido el concepto de sexualidad fluida, es decir la idea de que la sexualidad no es necesariamente la misma para un mismo individuo en distintos momentos de la vida. Hay que tener en cuenta que además, años más tarde se añadiría la categoría asexual a las otras siete para representar así a aquellas personas que no presentan conducta sexual alguna.

Con el paso de los años, aunque han surgido muchas críticas contra esta escala y numerosas revisiones, añadiendo por ejemplo un mayor número de grados o contemplando otros tipos de sexualidad, no se puede negar en ningún caso la influencia que ha tenido y tiene, así como el mérito que supone el haber contemplado la sexualidad como un continuo y no como categorías cerradas y autoexcluyentes, así como una característica que puede cambiar con el tiempo y no como algo inamovible. 

martes, 17 de noviembre de 2015

Lo que nunca nos cuentan sobre el experimento de Stanford

Quizás os suene de algo, y cuando digo quizás es que con toda probabilidad habéis oído alguna vez algo sobre este experimento. Y si no, descuidad:
https://es.wikipedia.org/wiki/Experimento_de_la_c%C3%A1rcel_de_Stanford

¡Alabada sea la Wikipedia!
La popularidad de este experimento es tal, que ha inspirado varias películas, capítulos de series, relatos escritos, etc. Y no es para menos, la verdad.

El experimento arranca con una premisa muy básica: Si te tratan como a un preso, te conviertes emocional, física y psicológicamente en un preso. Tu identidad previa se anula y queda sustituida debido a los repentinos cambios en tu ambiente. Lo mismo se aplica para cualquier otro papel que se adjudique al sujeto con suficiente intensidad.

En 1971 (en pleno Agosto, con todo el calor) nueve californianos se vieron involucrados en el famoso experimento de Stanford. Resumiendo, Philip Zimbardo, un psicólogo social, enroló a 21 estudiantes en un curioso experimento, asignando a cada uno de ellos un papel al azar, bien como guardias o como presos. Tras ello, entraron dentro de una falsa cárcel y allí, en pocos días (se pretendía llegar a las dos semanas pero a los seis días se tuvo que dar por terminado) y de forma espontánea empezaron las agresiones verbales, las torturas y como es lógico, los motines de los presos. La conclusión de Zimbardo es que debido a la situación y roles adjudicados, los sujetos se transformaron, a efectos prácticos, en presos y guardias.

Dicho experimento tuvo tanto éxito que viene referenciado en la práctica totalidad de los manuales de psicología social. Cualquier estudiante de psicología te podrá hablar del evento en cuestión, seguramente debatiéndose entre la fascinación y el puro horror ante la capacidad que tiene una persona cualquiera para convertirse en un monstruo.

Estos hechos se suelen citar cuando se habla de abusos por parte de las fuerzas policiales o militares. Y aunque este sería un fenómeno digno de analizar, lo dejaremos para otro día. Hoy me gustaría ahondar más en el tema Standford, pero no en la historia que ya conocemos, para eso pueden leer cualquier manual o artículo de psicología que hable del tema.

La interpretación de los resultados por parte de Zimbardo, y esto es algo de lo que se puede hablar muchísimo, han sido puestas en duda muchas veces ya. Las primeras críticas no tardaron en llegar, de la mano de Banuazizi y Movahedi quienes aludieron a la mismísima presentación del experimento, la cuál según ellos predisponía a sus participantes a asumir sus papeles pertinentes. Se les preparaba por ejemplo, para tratos opresivos y hostiles, con lo que los presos esperaban malos tratos desde el inicio.

Además por aquellos años se destapaban continuamente casos de abusos y brutalidad por parte de los guardias hacía los presos en cárceles reales de E.E.U.U (siendo este uno de los motivos de Zimbardo para realizar el experimento) con lo cual queda aún más claro la idea previa que tendrían los sujetos sobre lo que podían encontrarse en aquel simulacro.

También son importantes las instrucciones recibidas por los guardias. Los presos fueron detenidos de una forma intencionalmente humillante, desnudándolos, cacheando hasta el último rincón de su cuerpo, poniéndoles un uniforme y grilletes en sus tobillos. Como años más tarde Zimbardo admitiría, él tuvo un papel más directo de lo que se dijo en aquel entonces, efectuando el papel de director de la prisión y ejerciendo como tal para que los guardias lo vieran como una figura de referencia (que evitaba conscientemente coartar cualquier impulso violento que tuvieran los sujetos). El silencio de Zimbardo fue posiblemente interpretado como aprobación.


Años más tarde, Carlo Prescott escribiría una carta a un periódico local donde confesaría arrepentirse profundamente de haber participado en aquello, e incluso acusó a Zimbardo de haber manipulado el comportamiento de los guardias para producir los resultados buscados. No es el único de los involucrados que ha dicho algo similar.

No podemos finalizar nuestro análisis del experimento sin detenernos un momento en la metodología del mismo, pues un experimento con una mala metodología queda totalmente invalidado. Para aquellos acostumbrados al entorno científico resultará sencillo comprobar la total ausencia de dobles ciegos, grupos control, controles de variables, etc. También se lo ha criticado por problemas de generalizabilidad, validez ecológica, sesgo en la selección de participantes y problemas éticos, entre otros. Como mínimo es para dudar un poco de los resultados obtenidos.

Y hubiera quedado en eso, dudas, si no hubiera sido por que en el año 2002 se llevó a cabo de nuevo el experimento. Haslam y Reicher tuvieron el honor de realizar un experimento similar, pero con un mejor control del mismo, aunque posiblemente esta repetición de la jugada os suene menos y es debido seguramente a que es bastante menos impresionante, ya que los resultados no fueron ni remotamente similares.
Comparando ambos experimentos, no es de extrañar que el original no fuera publicado en ninguna revista de psicología social con cierto prestigio, pero aún así a Zimbardo se le sigue citando en discusiones serias de sociología y psicología, así como en los pertinentes manuales.

Para aquellos que sientan curiosidad por saber como diantres llegó entonces a ser tan conocido el dichoso experimento de Standford, nos toca investigar lo que pasó dos meses después de realizarse el mismo, antes de que se pudiera haber hecho cualquier análisis en condiciones. Sucedió que Philip Zimbardo fue invitado como experto en la llamada "comisión para la reforma de prisiones" del congreso estadounidense.

Allí, Zimbardo explicó su investigación y por lo visto la supo vender muy bien. Describió a sus colaboradores como los mejores en sus respectivos campos, así como también dijo que guaridas y presos no recibieron instrucciones concretas y que eran libres de crear sus propias reglas para la convivencia entre ambos grupos, entre otras cosas.

La conclusión que dio a la comisión fue que los participantes en conjunto, no habían sido capaces de diferenciar entre el rol que se les adjudicó y su personalidad anterior, de forma que se habían visto atrapados por las circunstancias, desatando el lado más oscuro de la naturaleza humana.

Si, habéis leído bien: Efecto Lucifer
Esta actitud por parte de Zimbardo seguiría igual durante mucho tiempo y tal fue el impacto que causó que cuando al fin se publicaron análisis serios sobre el experimento unos dos años más tarde, con las citadas críticas, ya era demasiado tarde como para lograr extirpar del imaginario público la imagen del ser humano desalmado y totalmente controlado por las circunstancias.

domingo, 14 de junio de 2015

Motivación y Emoción: La disonancia cognitiva

Hoy quiero hablaros de un proceso psicológico del seguramente muchos ya habéis oído hablar: la disonancia cognitiva. Este concepto se refiere a cuando tenemos al mismo tiempo dos deseos o creencias irreconciliables entre si, o bien una conducta que entra en conflicto con nuestra forma de pensar. Parece algo que debería pasar mucho pero el caso es que nos sucede continuamente, pensad si no cuando queremos llevar una dieta y no lo conseguimos, queremos hacer ejercicio pero no somos constantes, sabemos que deberíamos estudiar pero nos entretenemos en otras cosas.

Cuando deseamos algo o actuamos de una forma que, se enfrenta a nuestras propias creencias se crea una tensión psicológica que tarde o temprano deberá ser resuelta. Leon Festinger fue el primero en escribir sobre este concepto en 1957, en su libro A theory of cognitive dissonance y en su obra hablaba sobre el estrés que este fenómeno genera en el ser humano. Según este autor, cuando esto nos ocurra, intentaremos sentirnos mejor y para ello tenemos varias posibilidades:

  • Modificar o eliminar la conducta conflictiva.
  • Restar importancia a las acciones o pensamientos contradictorios.
  • Crear un pensamiento nuevo que elimine la disonancia al reconciliar los pensamientos o acciones en conflicto.

Tomando los ejemplo anteriores, podríamos eliminar la comida basura de nuestra dieta y empezar a comer sano, podemos excusarnos cuando no hacemos ejercicio pensando que ya lo hicimos ayer y respecto al estudio tal vez empecemos a pensar que de todas formas los buenos estudiantes no estudian el día antes del examen, sino durante todo el curso, así que ahora tendremos todo el verano para estudiar de verdad y aprender el temario, lo cual es mucho mejor que estudiar sólo para aprobar. Nuestra mente utiliza estos sistemas para eliminar la disonancia continuamente pero nosotros normalmente ni nos damos cuenta.

Muy interesante es saber como investigó este tema Festinger. En su primer estudio, él y sus compañeros de investigación estudiaron los procesos cognitivos de los seguidores de Marion Keech (cuyo nombre real era Dorothy Martin), quien decía recibir mensajes provenientes de otros mundos, en concreto de un lugar llamado planeta Clarión. Estos mensajes se suponía que anunciaban la llegada de un diluvio universal a finales del año 1956 al que sólo sobrevivirían, por supuesto, los seguidores de Keech.

Festinguer y sus colaboradores previeron que cuando el grupo viera que el mundo no terminaba en 1956, en lugar de abandonar a Keech eliminarían la disonancia cognitiva resultante reinterpretando sus creencias. Y así fue, los seguidores de Keech pasaron a pensar que ellos habían salvado el mundo con su fe y sus oraciones interestelares.

Un par de años después, Festinger realizó un experimento junto a James Carlsmith con la intención de estudiar la disonancia resultante cuando adoptamos una conducta que no coincide con nuestras creencias iniciales. Pidieron a 71 participantes que realizaran ciertas actividades, diseñadas para que les resultaran aburridas, luego les dijeron que contaran a futuros participantes que en realidad las tareas eran muy entretenidas. A cambio les pagaron o bien con 1$ o con 20$.

Siendo su creencia que las actividades eran aburridas y la conducta conflictiva mentir sobre ello, una posible solución era modificar la propia interpretación de las actividades que habían sido realizadas. Las personas que recibieron 20$ siguieron pensando que las actividades eran aburridas, simplemente mintieron a los futuros participantes. Los que recibieron 1$, debido a que esa cantidad no justificaba el engaño, sufrieron los efectos de la disonancia cognitiva y la solucionaron que adoptaron fue pasar a pensar que en realidad no eran tan aburridas como en un principio habían pensado.

Aunque fue Festinger quién inicio el estudio científico de la disonancia cognitiva, es un concepto que el ser humano conoce desde muchos años antes. Un buen ejemplo es la fábula de la zorra y las uvas, donde la zorra desprecia unas uvas, diciendo que no están maduras, tras darse cuenta de que no podrá alcanzarlas. Festinger, nos reveló los mecanismos tras la disonancia, concluyendo que no siempre es malo, a pesar de que nos mentimos a nosotros mismos. Lo realmente importante es saber si las decisiones tomadas nos hacen sentir bien y si no hacen daño a nadie (sean los demás o nosotros mismos). Por supuesto, si tras actuar de cierta forma no conseguimos reconciliarnos con nuestras acciones, deberemos determinar en que nos hemos equivocado y como podemos volver a sentirnos bien, así como tomar nota para así tomar mejores decisiones en el futuro.