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lunes, 20 de marzo de 2017

Psicoreflexión: La Prueba de Turing, la inteligencia artificial y la moral humana.

La prueba de Turing, traducida muchas veces como test de Turing, tiene como fin determinar si una inteligencia artificial es capaz de comportarse como humano, y por tanto de poseer una inteligencia similar a la de nuestra especie. Fue diseñada por Alan Turing, un genio polifacético del cual quizás hable otro día, pues bien lo merece.

La prueba que propone Turing consiste en que un evaluador humano mantenga durante unos minutos una conversación con la inteligencia artificial a evaluar y con otro ser humano, pero sin saber cuál es cuál. La idea es que si la máquina es capaz de imitar el comportamiento humano hasta el punto de engañar al juez, estaría manifestando una conducta humana, y presumiblemente una inteligencia también humana. En su planteamiento original, y para mantener el anonimato de cada individuo garantizando así que la máquina no juegue con desventaja, el evaluador únicamente tendría acceso al diálogo en forma escrita.


La susodicha prueba, que parece sacada de una historia de ciencia ficción y de hecho ha sido usada en muchas de ellas, apareció publicada por primera vez en la obra "Computing machinery and intelligence" en el año 1950, surgiendo como un intento para responder a la pregunta de si puede o no ser inteligente una máquina. Desde el punto de vista de la psicología esta prueba es muy interesante, pues no solo nos plantea esta pregunta sino que a su vez implica otras igualmente importantes: ¿Cómo pensamos? ¿Cómo definimos el pensamiento? ¿Qué es el pensamiento? Por lo tanto nos encontramos ante una prueba que, aunque ha recibido bastantes críticas, nos sirve para reflexionar acerca de nuestra inteligencia, la inteligencia artificial y las diferencias que pueden haber entre ambas.

Estas preguntas son clásicas en el ámbito filosófico. Alfred Ayer, por ejemplo, se preguntaba si había alguna forma de saber si cada uno de nosotros experimenta la consciencia de igual manera. Alguno podría pensar que es una pregunta banal ya que es evidente que todos somos conscientes de la misma manera pero, ¿hay realmente una forma de saber esto a ciencia cierta? Decía Ortega y Gasset que cada individuo vive en su propio mundo, encerrado en sus propias experiencias y percepciones y que por mucho que nos demos a conocer a los demás estos jamás sabrán lo que es ser nosotros. En cierto sentido estamos solos, aunque quizás lo más interesante de la vida es precisamente buscar y encontrar a alguien que pese a no ser nosotros nos entienda igualmente.

Turing como hemos visto, se hizo preguntas similares pero respecto a las inteligencias artificiales. Asumió que si algo parece inteligente y se comporta nteligentemente, debe ser inteligente. En base a este razonamiento creó Turing varias versiones de su prueba, siempre con idéntico objetivo y similar funcionamiento.

Con el tiempo, la Prueba de Turing ha llegado a considerarse un requisito, que no el único, que debería cumplir una inteligencia artificial para ser considerada como verdaderamente inteligente. El lector se podría preguntar si a día de hoy alguna máquina ha superado el test, pero difícil decirlo ya que varias inteligencias parecen haber superado la prueba original, pero se ha demostrado que esta depende en gran medida del evaluador escogido. Un ejemplo sería ELIZA, creado en 1966, que fue capaz de engañar temporalmente a algunas personas en una conversación, y otro el Dr. Abuse, una versión mejorada del anterior.



Posteriormente se crearían otros programas similares, cada uno con sus características, cada vez más avanzados y sofisticados y por tanto más capaces de hacerse pasar por humanos, pero nunca alcanzando la perfección en ello y por tanto no llegando a engañar a la mayoría de evaluadores.

Ahora bien, quizás la prueba padece de un problema más importante pues cabría preguntarse si realmente demuestra si una inteligencia artificial se comporta inteligentemente o solo si lo aparenta. Varias han sido las críticas recibidas por la prueba, siendo un buen ejemplo la argumentación de John Searle al respecto, quién decía que programas como ELIZA podía imitar la conversación humana aun sin entenderla, por lo que no se les podría clasificar como inteligentes en el sentido estrictor del término. Esta argumentación fue desarrollada en un experimento mental llamado la habitación china, y gracias a ello se inauguró un interesante debate acerca de la naturaleza real de la inteligencia, sobre si una máquina puede ser inteligente y cómo podríamos averiguar si lo es en caso afirmativo.

Con lo rápido que avanza la tecnología, puede resultar sorprendente que este tipo de programas no hayan alcanzado la capacidad para simular la naturaleza humana, aunque sea durante los pocos minutos que exige la Prueba de Turing. A día de hoy resulta inimaginable una máquina que pueda realizar tal proeza, y es que al final siempre se delatan ellas solas al carecer de esas pequeñas cosas que hacen humano al humano: manías, costumbres, expresiones, faltas de ortografía y una forma de expresarse particular.

¿Alguna vez os ha pasado que vamos a hablar con alguien mediante Whatsapp o similar, y nos responde otra persona que ha tomado el control de ese móvil de forma inesperada, sea para hacer una broma, por maldad o por la razón que sea? ¿Quizás un familiar para decirnos que quién buscamos esta ocupado o se ha dejado el móvil en casa? ¿O la pareja de esa persona respondiendo en su nombre ya que tienen suficiente confianza para ello?

Si alguna vez os ha pasado, seguramente os basten pocas palabras para daros cuenta  de que no se trata de la persona esperada. En este caso hablamos de gente conocida, gente a la que conocemos suficiente para reconocer sus patrones de expresión, pero el mismo razonamiento se puede aplicar para detectar cuando hablamos con un humano o con un mecanismo que pretende ser inteligente.

Un mensaje totalmente humano y muy de fiar, por supuesto que sí

La prueba de Turing se podría extrapolar a tres niveles: escrito, oral y aural. La prueba escrita es la estándar y mide la capacidad de la máquina para imitar la escritura humana, mientras que la oral, imposible por ahora, sería una prueba idéntica pero en su versión hablada. La forma aural es más complicada todavía y se refiere a que la máquina sería capaz de imitar a un humano completo, de librarse de ese aire a robot, de esa aura mecánica, y disfrazarse de ser humano totalmente. Aún queda mucho para ello, y además la máquina debería superar el fenómeno conocido como el Valle Inquietante, lo cual podría ser imposible a nivel técnico. Un ejemplo reciente en la ficción, aunque se toma bastantes licencias, lo encontraríamos en la película Ex Machina.

El fenómeno del Valle Inquietante estipula que cuando un ser artificial imita al humano y lo hace demasiado bien, nos causa un rechazo natural. Llegados a este punto cabe preguntarse, si una máquina es suficiente inteligente como para pasar por humana, y es en apariencia humana, ¿qué la distingue de nosotros? ¿Es realmente un ser diferenciado o deberíamos tratarlo como un igual?

Esta disertación, que parece más propia de Isaac Asimov que del mundo real, necesita cada vez más de una respuesta. Sin que nos demos cuenta la tecnología avanza cada vez más deprisa, tanto en su faceta de robótica como de inteligencias artificiales y aunque todavía existen multitud de limitaciones técnicas al respecto, el día menos esperado tendremos que afrontar este tipo de problemáticas y otras de tipo moral. Por ejemplo, habría que plantearse si la mera capacidad cognitiva hace inteligente a la máquina o debería considerarse algún elemento más. El propio Turing ya indicaba que para pasar por humano el programa debería tener cierto sentido de la estética y capacidad empática. En efecto, la inteligencia emocional es un rasgo muy propio de nuestra especie.

Se puede argumentar que existen seres humanos con total ausencia de empatía, incluso hay otros que nacen con una capacidad intelectual escasa, pero no dudaríamos nunca de que son seres humanos. Por tanto, ¿le podemos exigir estas capacidades a un máquina?

Weakness of Turing test 1.svgUna vez más, vemos que existe un"factor humano" muy difícil de definir, que todos reconocemos pero que cuesta delimitar. Y es que los humanos somos inteligentes, pero no siempre. Si a mitad de una prueba de Turing insultamos al interlocutor, lo normal es que el humano se ofenda, nos devuelva el insulto, se extrañe, se disculpe por si ha habido algún equívoco, o abandone la conversación. Una máquina seguramente no entenderá lo que le decimos, ignorará lo dicho o responderá de forma genérica.

Otros actos típicamente humanos son el mentir, o como ya dijimos, los errores tipográficos o de ortografía. Yo por ejemplo, pese a conocer la norma ortográfica que rige el uso del porque y por qué, suelo equivocarme cuando escribo textos largos, pues tengo esa costumbre, manía, vicio, llámese como quieran, pero el caso es que un lector asiduo de este blog podría reconocer mi escritura al momento por este y otros defectos similares. Esto le sucederá incluso a un académico de la lengua, pues nadie está a salvo de los errores tipográficos, excepto una máquina que debería ser programada a propósito para cometer fallos de forma arbitraria, pero entonces nos encontramos con que no serían auténticos errores.

Pero esto no es todo, también existen comportamientos que demuestran inteligencia pero que no suelen considerarse propios de nuestra especie. Este tema está de moda ahora que empieza a contemplarse la fabricación de coches inteligentes que se autopiloten. Y es que sus diseñadores tal vez creyeron que la mayor dificultad estribaría en que un coche supiera pilotar, pero no, el mayor reto para este invento será saber decidir en casos de ambigüedad moral.

Imaginemos que un coche inteligente circula por su carril a velocidad normal, y en su interior va un pasajero, pero recordemos que este no conduce pues ya lo hace el coche por él. Imaginemos que una niña se cruza en el camino del coche inesperadamente, y que la única opción para salvarla es girar bruscamente y estamparse contra la pared, posiblemente matando al pasajero. Esta situación sería solventada en milésimas de segundo por el ordenador del coche, pero ¿con qué resultados? Se llevaría por delante a la niña salvando al tripulante? ¿U optaría por salvarla a costa de la vida de este? y si ese es el caso, ¿quién comprará un coche que puede optar por autodestruirse y acabar con la vida del propietario en cualquier momento?

La cosa además se puede complicar hasta el infinito con variaciones de este mismo problema, por ejemplo añadiendo varios peatones a salvar y también varios pasajeros. De este modo la máquina debería decidir si ha de minimizar la cantidad de víctimas posibles, tener en cuenta la esperanza de vida del total, las probabilidad de salvar a cada uno y en cada caso la responsabilidad atribuible al propietario del vehículo. Y es que a pesar de que el coche se conduce solo, si nosotros compramos el vehículo sabiendo que, por ejemplo, decidirá salvarnos a nosotros pues así estaba programado al comprarlo (y lo sabíamos) ¿seríamos en parte responsables del resultado? ¿lo será el fabricante?


Algo similar pasaría con un robot de cocina inteligente. ¿Cómo le decimos al robot que nos prepare un guiso con carne pero que no queremos comernos a nuestro gato? Es más, y si en mi paella pongo conejo pero mis niños tienen un conejo de mascota? Porqué unos animales sí y otros no, ¿qué sentido lógico tiene todo esto y cómo se le explica a la máquina? Quizás cuando los robots deambulen por nuestras casas seamos todos vegetarianos, quién sabe, pero la duda sigue ahí. Una vez más, el cine ofrece un interesante ejemplo de este tipo de dilemas en la película Yo robot.


Turing predijo que las máquinas conseguirían superar su prueba a partir del año 2000, y aunque actualmente algunos programas se puede considerar que lo lograron, no todos los expertos en la materia consideran que esto haya sucedido todavía. La realidad es que a día de hoy las inteligencias artificiales aún no han logrado imitarnos a la perfección, pero hay que tener en cuenta que el desarrollo tecnológico es exponencial y cada día se avanza más rápido en la creación de este tipo de ingenios. Cada vez tenemos más dudas sobre la psicología y ética artificiales, pero no tantas respuestas como nos gustaría.

Fuentes:
Turing-like indistinguishability tests for the validation of a computer simulation of paranoid processes, de Colby, K. M.; Hilf, F. D.; Weber, S.; Kraemer, H.
Ai: The Tumultuous History of the Search for Artificial Intelligence, de Daniel Crevier
The Turing Test: The Elusive Standard of Artificial Intelligence, Dordrecht: Kluwer Academic Publishers,de J.H. Moor.
La Prueba de Turing.
¿Deben los vehículos autónomos ser programados para matar? Publicado en Technologyreview.com
El dilema social de los vehículos autónomos, por Jean-François Bonnefon, Azim Shariff, Iyad Rahwan.
El Valle inquietante.



miércoles, 15 de febrero de 2017

Como ganar cualquier discusión usando neurogalimatías pseudocientíficos

El siguiente texto en cursiva es una traducción libre del artículo "How to win any argument: pseudo-scientific neuro-gibberish", publicado en el peridódico The Guardian y escrito por Jules Montague.

Si lo que quieres es ganar una discusión, prueba a hablar usando neurogalimatías, jerga irrelevante que alude a la terminología neurocientífica aun sin aportar información real, de esta manera tus afirmaciones serán mucho más convincentes, según la investigación llevada a cabo por las Universidades de Villanova y de Oregón.

Los investigadores dieron a un grupo de 385 estudiantes breves descripciones de fenómenos psicológicos, incluyendo reconocimiento facial, memoria espacial y estados emocionales, cada una acompañada con explicaciones superfluas que usaban términos neurocientíficos, de ciencias sociales, o de física. La terminología neurocientífica como "cortex prefrontal" o "circuito neuronal" por ejemplo, fue puntuada por los sujetos como la más convincente, incluso cuando la información que aportaba no profundizaba en el tema o siquiera estaba relacionada con él. Los autores concluyen que los participantes consideran la neurocientífica como la explicación más probable en cuanto a los fenómenos psicológicos se refiere, incluso cuando esta realmente no aporta nada.

De lo dicho anteiormente, podemos deducir que si queremos jugar sucio podemos usar la neurojerga para ganar las discusiones.

  • Usa la palabra neuroplasticidad: Una frase de ejemplo sería "He cambiado mi forma de pensar acerca de ello gracias a que la neuroplasticidad de mi cerebro ha creado nuevas conexiones neuronales". La neuroplasticidad es la capacidad que tiene nuestro sistema nervioso para responder a los estímulos recibidos reorganizando su estructura, funciones y conexiones. Sin embargo, la neurociencia aun no ha logrado explicar porqué pensamos lo que pensamos, ni cómo lo hacemos realmente.
  • Habla de la activación de la corteza insular aunque no venga a cuento: Por ejemplo "Sabemos que la gente adora los iPhones ya que cuando se observa el comportamiento del sistema nervioso durante su uso vemos como la ínsula se activa". Suena genial, y estamos cansados de ver titulares de prensa similares, cuando en realidad no significa apenas nada. La ínsula o corteza insular se activa en un tercio de los estudios que usan IRMf, independientemente de lo que estén haciendo los sujetos o si les gusta o les deja de gustar.
  • Recuerda hablar de las virtudes casi mágicas de las neuronas espejo: Un ejemplo, "Las neuronas espejo son la base de la empatía humana, y por tanto de la cultura y la civilización humanas". Fastuoso, pero no hay por donde cogerlo. Las neuronas espejo efectivamente se activan cuando un individuo ve a otro realizar una conducta... pero no ha sido demostrado que esto suceda en seres humanos, tan solo en primates.

En resumen, si puedes añadir hipocampo o giro fusiforme al final de cualquier frase, es posible que ganes la discusión de turno.

Y tras este interesante texto que he querido compartir con vosotros, querría reflexionar un poco acerca de él. Lo primero que me viene a la mente es la ingente cantidad de prensa no especializada y noticiarios televisivos que se hacen eco de no-noticias y en lugar de presentar los avances científicos como lo que son, que no es ni mucho menos poco, en un formato que sea apetecible para su público para así formar a la población y mantenerla verdaderamente informada, lo que hacen es inflar los titulares y sacar sus propias conclusiones, normalmente infundadas pero mucho más vistosas, y hacerse eco de charlatanes disfrazados de científicos a los que además se les atribuye la etiqueta de "la ciencia ha demostrado", como si toda la comunidad científica se hubiera puesto de acuerdo. 

Si estos titulares fueran ciertos el ser humano dispondría probablemente de los secretos más escondidos del funcionamiento de este universo nuestro desde hace ya tiempo. Lo peor es que existen pocos programas televisivos serios dedicados a la ciencia en general o a disciplinas particulares, y los que hay tienden a ser bastante desconocidos. En prensa podemos encontrar muchas más publicaciones dedicadas a ello pero las que podemos encontrar en quioscos no pasan del Quo o el Muy Interesante.

Si se me permite la inferencia, esto a la larga hace que el espectador/lector medio posea un bagaje científico muy superficial, que le hace capaz de mencionar conceptos como los citados, neuronas espejo, ínsula, circunvolución, etcétera. Los mencionan, sí, y entienden a nivel muy básico cual es la función de cada uno de estos elementos, pero no deja de ser un conocimiento plagado de errores y desinformación.

Entiéndase aquí que no pretendo que el ciudadano medio tenga un amplio conocimiento de toda disciplina científica existente, sería imposible. Pero los medios no especializados deberían ser conscientes de lo que pueden y no pueden hacer, y tener en nómina a un equipo científico que les "traduzca" las notícias científicas para así publicar titulares serios y artículos verídicos, sin sensacionalismos. Pero ¿a quién quiero engañar? Vivimos en la época del clickbait, el anzuelo de clics, una práctica consistente en crear titulares lo más vistosos posibles para generar cuantas más visitas posibles, sin tener en cuenta que sean acertados o siquiera sean ciertos. Periodismo del s.XXI, me temo.

Emm... no.

Así pues, recae sobre el propio ciudadano la tarea de ser consciente de la situación, y tener claro que sabemos y que no. Leer tres o cuatro párrafos en un medio no especializado que habla sobre neurociencia no nos convierte en neurólogos, y por tanto tendríamos que cuidarnos de hablar después como si fuésemos expertos. Me pongo a mí mismo como ejemplo, leo bastante acerca de física cuántica, es un tema extremadamente curioso, pero en la vida se me ocurriría pensar que realmente sé algo de este tema. El saber científico se forja con tiempo, dedicación y esfuerzo, y cambia día a día, siendo pocas las veces en que un descubrimiento o invención es tan drástico que revoluciona su campo de la noche al día.

Eso sí, si queremos quedarnos con el otro, seguro que mediante los neurogalimatías lo conseguimos.

Fuentes:
How to win any argument: pseudo-scientific neuro-gibberish, por Jules Montague
Superfluous Neuroscience Information Makes Explanations of Psychological Phenomena More Appealing, por Diego Fernandez-Duque, Jessica Evans, Colton Christian, and Sara D. Hodges.
The Neurons that Shaped Civilization, por Vilayanur Ramachandran.

viernes, 27 de enero de 2017

Psicocuriosidades: Clever Hans, ¿el caballo más inteligente de la historia?

Tanto a lo largo de mi formación como en los posteriores años de trabajo, no han sido las pocas veces que algún conocido me ha comentado cosas como que podría usar mis conocimientos psicológicos para entender o adiestrar a algún animal doméstico.

Como amante de los animales, estoy dispuesto a mucho para comprender a nuestras mascotas y por supuesto también a los animales que viven en su habitad natural, pero la anterior frase me crispaba, sobre todo antaño, pues la psicología por definición es "una ciencia que trata el estudio y análisis de la conducta y los procesos mentales de los individuos y grupos humanos en distintas situaciones". Por tanto se entiende que la psicología se refiere únicamente a la conducta y mentalidad humana, que es distinta en muchos aspectos a la animal, aunque se parezca en otros tantos y buena prueba de ello tenemos en la psicología comparada.

Por otra parte, sí existe una especialidad científica centrada en el comportamiento animal, que combina conocimientos psicológicos y biológicos entre otros, llamada etología. He creído necesario hacer esta distinción antes de hablar de la curiosidad de hoy, pues involucra tanto a humanos como a un animal muy especial.

Y es hoy hablaré de cierto suceso que pasó a la historia por lo extraño del mismo. Clever Hans, Hans der Kluge en alemán originalmente, o Hans el Listo era un caballo que alcanzó la fama en la Alemania de principios del siglo XX debido a su inusual capacidad de realizar operaciones matemáticas, así como otras tareas que requerían una inteligencia mucho mayor que la del caballo promedio. Aparentemente sabía sumar, restar, multiplicar, dividir, decir la hora y usar un calendario entre otras cosas, y en los espectáculos que su entrenador,  matemático por cierto, esto parecía quedar bien patente.

Su propietario lo exhibió públicamente, mostrando sus increíbles habilidades en un espectáculo en el que al caballo se le pedía que contestará a ciertas preguntas y el animal respondía golpeando con sus patas la respuesta acertada, sistema que parecía ser la prueba de que en aquel show no había ni trampa ni cartón.

Lógicamente, los científicos tenían dudas respecto a que dicho animal fuera tan inteligente, de modo que se llegó a crear una comisión con el propósito de investigar. La comisión Hans, como se le llamó, fue dirigida por el psicólogo Carl Stumpf, quién reunió a un variopinto grupo de trece personas, entre los cuales podíamos encontrar psicólogos, filósofos, veterinarios, domadores de circo, oficiales de caballería, profesores y el director del zoológico de Berlín. La comisión realizó varios experimentos, controlando la situación para determinar si la conducta mostrada por Hans escondía algún truco. Entre otras cosas, se controló el contacto entre el entrenador y el caballo, y aquí resultó residir la clave del asunto.

La conclusión inicial fue que, el espectáculo no se trataba de ningún fraude ya que el caballo podía acertar la respuesta incluso cuando su entrenador no formulaba la pregunta. No obstante, el psicólogo y biólogo Oskar Pfungst, asistente de Stumpf, descubrió que Hans solo parecía acertar cuando su entrenador estaba presente, o al menos al alcance de su vista. Puesto que Von Osten además del entrenador de Hans era matemático, casi siempre solía conocer la respuesta a la pregunta formulada. Cuando esto sucedía así el caballo acertaba casi todas las preguntas, pero cuando Osten no sabía la respuesta el animal acertaba tan pocas veces que podría atribuirse los aciertos al azar. Un estudio detallado reveló que cuando Hans acercaba su pezuña a la respuesta correcta su entrenador cambiaba ligeramente su postura y expresión.

La comisión concluyó lo que debería haber sido una realidad obvia, que el caballo en realidad no era quien realizaba las tareas, y que lo que hacía era reaccionar ante su entrenador Wilhelm von Osten, y concretamente al lenguaje corporal de este y a las señales involuntarias que mediante él hacía. Todo hay que decirlo, debía ser un caballo bastante espabilado para reconocer dichas señales.

En recuerdo de este tipo de situaciones se llamó "Efecto Clever Hans" a cierto fenómeno que se da en experimentación y que describe cuando el investigador influye al sujeto de estudio sin proponérselo, alterando así los resultados. Esto a la larga llevó a la creación de la técnica del doble ciego, en la cual el experimentador desconoce el resultado correcto, precisamente para impedir esta influencia.

Y es que tras sus conclusiones en el caso Hans, Pfungst pensó que la capacidad para interpretar el lenguaje corporal no podía estar limitada a los caballos, por lo que ideó pruebas de laboratorio en las que humanos tenían que realizar tareas bajo condiciones similares a las del caballo, esto es, recibiendo las preguntas de parte de un examinador que conocía las respuestas.

Según concluyó, la mayoría de las veces el examinador muestra en su postura, gestos y expresión, señales involuntarias de cual es la respuesta correcta, independientemente de si dicho examinador desea exponer o reprimir dicha información. Este fenómeno ha demostrado tener un gran efecto en toda clase de situaciones de evaluación si no se controla y es por ello que a día de hoy es tenido en cuenta en todo diseño experimental, necesitándose una metología adecuada para anularlo.




Fuentes:
Wikipedia (Imágenes)

martes, 13 de diciembre de 2016

Psicología Pop: La caja de Skinner en Perdidos

Una tendencia muy de moda hoy en día es intentar analizar personajes y situaciones de la cultura Pop usando la psicología, pero es una moda en cierta manera peligrosa. Estos análisis tienden a ser superficiales pero luego suelen ser presentados como algo serio, llegando normalmente a un diagnóstico que la mayoría de las veces en realidad es imposible y poco acertado.

La verdad es que un diagnóstico requiere tiempo, paciencia y acceso directo al evaluado, con el que el especialista hablará en varias ocasiones y con el que usará cuestionarios y test psicométricos. Así pues, cuando realizamos estas parodias de evaluaciones con personajes ficticios de un libro o película no se puede llegar a una conclusión con fundamento. Por ejemplo de Darth Vader he oído de todo: Trastorno de personalidad límite, Prosopagnosia, etc.

No quisiera que se me malinterpretase, no estoy totalmente en contra de este uso del saber psicológico, pero la nuestra es una disciplina a la que por varias razones le ha costado mucho ganarse su credibilidad y es por ello que no me gusta verla en riesgo. Creo no obstante que los eventos y personajes ficticios pueden ser usados para ilustrar los diversos fenómenos psicológicos, siempre y cuando se deje bien claro que lo que se está explicando es un ejemplo y no un diagnóstico certero y real.

Una vez explicado esto quisiera hablar hoy de las Cajas de Skinner o Cámaras de Condicionamiento Operante, un instrumento de investigación inventado por BF Skinner, célebérrimo psicólogo que le da nombre. Estas cajas se usan para estudiar el comportamiento de un animal y como este aprende. Dentro de la caja hay al menos un mecanismo que permite al animal adquirir un estímulo positivo, generalmente comida, cuando lo acciona. La idea es que con cada repetición de la acción que activa el mecanismo el animal aprende mejor que esto le da acceso a la comida, por lo que con cada repetición de la situación realizará dicha acción más rápidamente, hasta llegar a un punto en que lo hará casi al instante.

Existen muchos ejemplos de estas cajas pero estoy seguro de que muchos lectores la vieron en una serie muy famosa si saber de que se trataba exactamente. Hablo de Perdidos (Lost), donde pudimos al pobre Sawyer encerrado en una gigantesca Caja de Skinner.

En este caso una jaula de Skinner

En este caso la "caja" era usada como celda para el pobre Sawyer, pero en el pasado había sido usada para la investigación con osos polares y es por ello que aún tiene en su interior los mecanismos, en este caso bastante complejos. Para obtener el alimento los pobres osos debían tener pulsado un pedal, luego presionar un botón y por último una palanca.

El susodicho botón

Lamentablemente para el pobre Sawyer, lo que obtiene no es comida humana si no pienso y galletas para los osos.

Que la disfrutes

Hay que decir que en la realidad Skinner nunca aplicó este tipo de experimentos con humanos, ni con animales tan grandes, usando normalmente palomas, ratones, gatos o similares. No obstante existen ciertas leyendas que dicen que sí uso este instrumento en su propia hija, de las que seguro hablaré otro día. Espero que os haya gustado el ejemplo, os dejo el vídeo entero por si queréis ver la caja en funcionamiento,