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viernes, 28 de julio de 2017

¿Son realmente efectivas la terapias con animales?

Cada vez es más habitual oír hablar de las terapias con animales o animales terapéuticos. He llegado a escuchar desde cachorros para calmar a los afectados por una catástrofe hasta caballos que de algún modo se supone que ayudan a tratar la adicción al sexo, pero ¿dónde está el límite?

Esta moda, que cada día parece extenderse más, se basa en la creencia de que la interacción con animales puede reducir el estrés. Diversos profesionales se muestran de acuerdo con esta afirmación pero lo cierto es que no hay suficiente evidencia científica para apoyarla. Una revisión de la literatura al respecto realizada por la doctora Molly Crossman encontró que este tipo de terapias a veces logran efectos positivos a corto plazo, otras veces no tenían ningún efecto e incluso en ocasiones aumentaban el nivel de estrés en el paciente. Teniendo en cuenta todos los datos disponibles, Crossman concluía que este tipo de terapias parece ser beneficiosa, aunque en realidad tienen un efecto moderado, no quedando claro si este beneficio se debe a los animales en sí o a otro elemento común entre estos tratamientos.


Según comenta James Serpell, director del Centro para la Interacción entre Animales y la Sociedad de la Universidad de Pensilvania, "Se trata de intervenciones puestas de moda por las convicciones personales de sus practicantes, quienes han visto a sus pacientes en salud mental mejorar tras trabajar con o adoptar animales, pero la investigación al respecto aún está poco avanzada respecto a lo que sería necesario para poder apoyar y promover su uso. En otras palabras, los éxitos anecdóticos no son suficientes."

Evidencias... ¿suficientes?

En realidad, usar animales como ayuda terapéutica no es algo nuevo. Ya durante el siglo XVII se usaban perros con este fin en Inglaterra, mientras que Sigmund Freud a menudo incluía alguno de sus canes en sus sesiones de psicoanálisis. Aun así este tipo de prácticas no empezaron a ser investigadas hasta que el especialista en psicología infantil Boris Levinson escribió al respecto de los efectos positivos que su perro Jingles tenía en sus pacientes, allá por los años sesenta.

A pesar de ello, la evidencia que podemos recopilar a día de hoy, tal y como señalan Crossman y otros especialistas que realizaron revisiones similares antes, es limitada. Decimos esto porque la mayoría de estudios que analizan este tema lo hacen mediante grupos de sujetos pequeños y un número alarmante no tenía en cuenta ni intentaba controlar el resto de posibles variables que pudieran estar afectando al estrés de esos sujetos, como la interacción con el entrenador o propietario del animal, por dar uno de muchos ejemplos. Además, los estudios parecen tender a generalizar los efectos beneficiosos a todo tipo de animales, cuando en realidad un estudio en condiciones debería tener en cuenta que si un tipo de perro produce un efecto, no necesariamente todos los perros lograrán lo mismo y mucho menos animales de otras especies, aun cuando estas sean similares como pudiera ser el caso de un lobo.

Además, como suele pasar con estos temas, los medios de comunicación informativos tergiversan la verdad para lograr un titular que capte el interés del lector, espectador u oyente. Por ejemplo Hal Herzog, psicólogo por la Universidad de Carolina Oeste, ha estudiado ampliamente las interacciones entre humanos y animales y nos recuerda que hace dos años se publicó un estudio que según los noticiarios estadounidenses, indicaba que "Un cachorro beneficia a los niños al reducir su ansiedad", cuando la realidad es que dicho estudio no concluía tal cosa, sino que los niños propietarios de perros presentaban menos ansiedad base que los que no lo eran, pero aclaraban que el estudio no podía esclarecersi era por la presencia de los animales o por un factor relacionado a tener una mascota pero externo al perro en sí, por lo que se requería más investigación al respecto.


Falacias de evidencia incompleta
Lamentablemente, son resultados como los anteriores los únicos por ahora que apoyan a las terapias con animales, pero como dijimos antes no son suficientes debido a que se basan en un falacia de evidencia incompleta, es decir, que tienen en cuenta solo las pruebas que corroboran la hipótesis pero ignora las que podrían hacerles dudar de ella.

Muchos estudios empiezan con frases como 'Es una realidad científicamente confirmada que poseer una mascota tiene beneficios para la salud' pero en realidad existen estudios que apoyan estas ideas y muchos otros que no lo hacen.

Entonces, ¿por qué este empeño en creer que los animales pueden ayudarnos a mejorar? Alan Beck, director del Centro para la Conexión entre Humanos y Animales en la Universidad de Purdue, considera que se debe a la llamada hipótesis de la biofilia, que nos dice que los seres humanos han evolucionado con un instinto de afiliación a la naturaleza y al resto de seres vivos.

Debido a ello nuestra historia como especie está marcada por nuestras alianzas con otros seres vivos, como cuando empezados a domesticar perros o a cuidar de los gatos. La teoría implica que una mayoría tendemos a interpretar como beneficiosa la presencia en las cercanías de animales que consideramos no peligrosos, por lo que asumimos con facilidad que pueden beneficiar a quienes sufren de depresión o estrés, pues la presencia del animal es asociada con sensaciones agradables. No obstante, recordemos que la investigación aún no puede asegurar que estos efectos sean reales, si bien es cierto que en general parecen no causar ningún mal.

Por todo lo dicho, considero que los terapeutas deberían ser responsables y saber que este tipo de terapias no están realmente validadas de forma científica, al no poseer estudios sólidos que las respalden. Se intuye que benefician al paciente y por tanto no se puede desaconsejar su uso, pero sería peligroso usarlas como herramienta principal de un tratamiento de salud mental.

lunes, 20 de marzo de 2017

Psicoreflexión: La Prueba de Turing, la inteligencia artificial y la moral humana.

La prueba de Turing, traducida muchas veces como test de Turing, tiene como fin determinar si una inteligencia artificial es capaz de comportarse como humano, y por tanto de poseer una inteligencia similar a la de nuestra especie. Fue diseñada por Alan Turing, un genio polifacético del cual quizás hable otro día, pues bien lo merece.

La prueba que propone Turing consiste en que un evaluador humano mantenga durante unos minutos una conversación con la inteligencia artificial a evaluar y con otro ser humano, pero sin saber cuál es cuál. La idea es que si la máquina es capaz de imitar el comportamiento humano hasta el punto de engañar al juez, estaría manifestando una conducta humana, y presumiblemente una inteligencia también humana. En su planteamiento original, y para mantener el anonimato de cada individuo garantizando así que la máquina no juegue con desventaja, el evaluador únicamente tendría acceso al diálogo en forma escrita.


La susodicha prueba, que parece sacada de una historia de ciencia ficción y de hecho ha sido usada en muchas de ellas, apareció publicada por primera vez en la obra "Computing machinery and intelligence" en el año 1950, surgiendo como un intento para responder a la pregunta de si puede o no ser inteligente una máquina. Desde el punto de vista de la psicología esta prueba es muy interesante, pues no solo nos plantea esta pregunta sino que a su vez implica otras igualmente importantes: ¿Cómo pensamos? ¿Cómo definimos el pensamiento? ¿Qué es el pensamiento? Por lo tanto nos encontramos ante una prueba que, aunque ha recibido bastantes críticas, nos sirve para reflexionar acerca de nuestra inteligencia, la inteligencia artificial y las diferencias que pueden haber entre ambas.

Estas preguntas son clásicas en el ámbito filosófico. Alfred Ayer, por ejemplo, se preguntaba si había alguna forma de saber si cada uno de nosotros experimenta la consciencia de igual manera. Alguno podría pensar que es una pregunta banal ya que es evidente que todos somos conscientes de la misma manera pero, ¿hay realmente una forma de saber esto a ciencia cierta? Decía Ortega y Gasset que cada individuo vive en su propio mundo, encerrado en sus propias experiencias y percepciones y que por mucho que nos demos a conocer a los demás estos jamás sabrán lo que es ser nosotros. En cierto sentido estamos solos, aunque quizás lo más interesante de la vida es precisamente buscar y encontrar a alguien que pese a no ser nosotros nos entienda igualmente.

Turing como hemos visto, se hizo preguntas similares pero respecto a las inteligencias artificiales. Asumió que si algo parece inteligente y se comporta nteligentemente, debe ser inteligente. En base a este razonamiento creó Turing varias versiones de su prueba, siempre con idéntico objetivo y similar funcionamiento.

Con el tiempo, la Prueba de Turing ha llegado a considerarse un requisito, que no el único, que debería cumplir una inteligencia artificial para ser considerada como verdaderamente inteligente. El lector se podría preguntar si a día de hoy alguna máquina ha superado el test, pero difícil decirlo ya que varias inteligencias parecen haber superado la prueba original, pero se ha demostrado que esta depende en gran medida del evaluador escogido. Un ejemplo sería ELIZA, creado en 1966, que fue capaz de engañar temporalmente a algunas personas en una conversación, y otro el Dr. Abuse, una versión mejorada del anterior.



Posteriormente se crearían otros programas similares, cada uno con sus características, cada vez más avanzados y sofisticados y por tanto más capaces de hacerse pasar por humanos, pero nunca alcanzando la perfección en ello y por tanto no llegando a engañar a la mayoría de evaluadores.

Ahora bien, quizás la prueba padece de un problema más importante pues cabría preguntarse si realmente demuestra si una inteligencia artificial se comporta inteligentemente o solo si lo aparenta. Varias han sido las críticas recibidas por la prueba, siendo un buen ejemplo la argumentación de John Searle al respecto, quién decía que programas como ELIZA podía imitar la conversación humana aun sin entenderla, por lo que no se les podría clasificar como inteligentes en el sentido estrictor del término. Esta argumentación fue desarrollada en un experimento mental llamado la habitación china, y gracias a ello se inauguró un interesante debate acerca de la naturaleza real de la inteligencia, sobre si una máquina puede ser inteligente y cómo podríamos averiguar si lo es en caso afirmativo.

Con lo rápido que avanza la tecnología, puede resultar sorprendente que este tipo de programas no hayan alcanzado la capacidad para simular la naturaleza humana, aunque sea durante los pocos minutos que exige la Prueba de Turing. A día de hoy resulta inimaginable una máquina que pueda realizar tal proeza, y es que al final siempre se delatan ellas solas al carecer de esas pequeñas cosas que hacen humano al humano: manías, costumbres, expresiones, faltas de ortografía y una forma de expresarse particular.

¿Alguna vez os ha pasado que vamos a hablar con alguien mediante Whatsapp o similar, y nos responde otra persona que ha tomado el control de ese móvil de forma inesperada, sea para hacer una broma, por maldad o por la razón que sea? ¿Quizás un familiar para decirnos que quién buscamos esta ocupado o se ha dejado el móvil en casa? ¿O la pareja de esa persona respondiendo en su nombre ya que tienen suficiente confianza para ello?

Si alguna vez os ha pasado, seguramente os basten pocas palabras para daros cuenta  de que no se trata de la persona esperada. En este caso hablamos de gente conocida, gente a la que conocemos suficiente para reconocer sus patrones de expresión, pero el mismo razonamiento se puede aplicar para detectar cuando hablamos con un humano o con un mecanismo que pretende ser inteligente.

Un mensaje totalmente humano y muy de fiar, por supuesto que sí

La prueba de Turing se podría extrapolar a tres niveles: escrito, oral y aural. La prueba escrita es la estándar y mide la capacidad de la máquina para imitar la escritura humana, mientras que la oral, imposible por ahora, sería una prueba idéntica pero en su versión hablada. La forma aural es más complicada todavía y se refiere a que la máquina sería capaz de imitar a un humano completo, de librarse de ese aire a robot, de esa aura mecánica, y disfrazarse de ser humano totalmente. Aún queda mucho para ello, y además la máquina debería superar el fenómeno conocido como el Valle Inquietante, lo cual podría ser imposible a nivel técnico. Un ejemplo reciente en la ficción, aunque se toma bastantes licencias, lo encontraríamos en la película Ex Machina.

El fenómeno del Valle Inquietante estipula que cuando un ser artificial imita al humano y lo hace demasiado bien, nos causa un rechazo natural. Llegados a este punto cabe preguntarse, si una máquina es suficiente inteligente como para pasar por humana, y es en apariencia humana, ¿qué la distingue de nosotros? ¿Es realmente un ser diferenciado o deberíamos tratarlo como un igual?

Esta disertación, que parece más propia de Isaac Asimov que del mundo real, necesita cada vez más de una respuesta. Sin que nos demos cuenta la tecnología avanza cada vez más deprisa, tanto en su faceta de robótica como de inteligencias artificiales y aunque todavía existen multitud de limitaciones técnicas al respecto, el día menos esperado tendremos que afrontar este tipo de problemáticas y otras de tipo moral. Por ejemplo, habría que plantearse si la mera capacidad cognitiva hace inteligente a la máquina o debería considerarse algún elemento más. El propio Turing ya indicaba que para pasar por humano el programa debería tener cierto sentido de la estética y capacidad empática. En efecto, la inteligencia emocional es un rasgo muy propio de nuestra especie.

Se puede argumentar que existen seres humanos con total ausencia de empatía, incluso hay otros que nacen con una capacidad intelectual escasa, pero no dudaríamos nunca de que son seres humanos. Por tanto, ¿le podemos exigir estas capacidades a un máquina?

Weakness of Turing test 1.svgUna vez más, vemos que existe un"factor humano" muy difícil de definir, que todos reconocemos pero que cuesta delimitar. Y es que los humanos somos inteligentes, pero no siempre. Si a mitad de una prueba de Turing insultamos al interlocutor, lo normal es que el humano se ofenda, nos devuelva el insulto, se extrañe, se disculpe por si ha habido algún equívoco, o abandone la conversación. Una máquina seguramente no entenderá lo que le decimos, ignorará lo dicho o responderá de forma genérica.

Otros actos típicamente humanos son el mentir, o como ya dijimos, los errores tipográficos o de ortografía. Yo por ejemplo, pese a conocer la norma ortográfica que rige el uso del porque y por qué, suelo equivocarme cuando escribo textos largos, pues tengo esa costumbre, manía, vicio, llámese como quieran, pero el caso es que un lector asiduo de este blog podría reconocer mi escritura al momento por este y otros defectos similares. Esto le sucederá incluso a un académico de la lengua, pues nadie está a salvo de los errores tipográficos, excepto una máquina que debería ser programada a propósito para cometer fallos de forma arbitraria, pero entonces nos encontramos con que no serían auténticos errores.

Pero esto no es todo, también existen comportamientos que demuestran inteligencia pero que no suelen considerarse propios de nuestra especie. Este tema está de moda ahora que empieza a contemplarse la fabricación de coches inteligentes que se autopiloten. Y es que sus diseñadores tal vez creyeron que la mayor dificultad estribaría en que un coche supiera pilotar, pero no, el mayor reto para este invento será saber decidir en casos de ambigüedad moral.

Imaginemos que un coche inteligente circula por su carril a velocidad normal, y en su interior va un pasajero, pero recordemos que este no conduce pues ya lo hace el coche por él. Imaginemos que una niña se cruza en el camino del coche inesperadamente, y que la única opción para salvarla es girar bruscamente y estamparse contra la pared, posiblemente matando al pasajero. Esta situación sería solventada en milésimas de segundo por el ordenador del coche, pero ¿con qué resultados? Se llevaría por delante a la niña salvando al tripulante? ¿U optaría por salvarla a costa de la vida de este? y si ese es el caso, ¿quién comprará un coche que puede optar por autodestruirse y acabar con la vida del propietario en cualquier momento?

La cosa además se puede complicar hasta el infinito con variaciones de este mismo problema, por ejemplo añadiendo varios peatones a salvar y también varios pasajeros. De este modo la máquina debería decidir si ha de minimizar la cantidad de víctimas posibles, tener en cuenta la esperanza de vida del total, las probabilidad de salvar a cada uno y en cada caso la responsabilidad atribuible al propietario del vehículo. Y es que a pesar de que el coche se conduce solo, si nosotros compramos el vehículo sabiendo que, por ejemplo, decidirá salvarnos a nosotros pues así estaba programado al comprarlo (y lo sabíamos) ¿seríamos en parte responsables del resultado? ¿lo será el fabricante?


Algo similar pasaría con un robot de cocina inteligente. ¿Cómo le decimos al robot que nos prepare un guiso con carne pero que no queremos comernos a nuestro gato? Es más, y si en mi paella pongo conejo pero mis niños tienen un conejo de mascota? Porqué unos animales sí y otros no, ¿qué sentido lógico tiene todo esto y cómo se le explica a la máquina? Quizás cuando los robots deambulen por nuestras casas seamos todos vegetarianos, quién sabe, pero la duda sigue ahí. Una vez más, el cine ofrece un interesante ejemplo de este tipo de dilemas en la película Yo robot.


Turing predijo que las máquinas conseguirían superar su prueba a partir del año 2000, y aunque actualmente algunos programas se puede considerar que lo lograron, no todos los expertos en la materia consideran que esto haya sucedido todavía. La realidad es que a día de hoy las inteligencias artificiales aún no han logrado imitarnos a la perfección, pero hay que tener en cuenta que el desarrollo tecnológico es exponencial y cada día se avanza más rápido en la creación de este tipo de ingenios. Cada vez tenemos más dudas sobre la psicología y ética artificiales, pero no tantas respuestas como nos gustaría.

Fuentes:
Turing-like indistinguishability tests for the validation of a computer simulation of paranoid processes, de Colby, K. M.; Hilf, F. D.; Weber, S.; Kraemer, H.
Ai: The Tumultuous History of the Search for Artificial Intelligence, de Daniel Crevier
The Turing Test: The Elusive Standard of Artificial Intelligence, Dordrecht: Kluwer Academic Publishers,de J.H. Moor.
La Prueba de Turing.
¿Deben los vehículos autónomos ser programados para matar? Publicado en Technologyreview.com
El dilema social de los vehículos autónomos, por Jean-François Bonnefon, Azim Shariff, Iyad Rahwan.
El Valle inquietante.



martes, 7 de febrero de 2017

Desmontando mitos: Escopaestesia

Hoy hablamos de esas ocasiones en que sentimos a nuestras espaldas como si alguien nos estuviera observando o como si sintiésemos una mirada en la nuca. Este fenómeno se conoce como Escopaestesia y supondría que el ser humano posee algún sentido oculto que le permite detectar la presencia de extraños aunque no los vea ni escuche. Hablaríamos por tanto de una habilidad extrasensorial, pero tranquilos, en este blog abordamos siempre estos temas desde el escepticismo.

Una pequeña búsqueda por internet nos revela que el celebérrimo Titchener estudió estas experiencias, al darse cuenta de que eran bastantes los individuos que afirmaban ser capaces de percibir cuando alguien les estaba mirando aunque ellos mismos no pudiera verlo, sobre todo mencionaban sentir una mirada fijada en su nunca.

Titchener no creía en los poderes psíquicos, pensando en cambio que esta sensación era producida por aquellas veces en que nos giramos y este movimiento capta la atención de los demás, de modo que "confirmamos" que nos observaban y creamos un sesgo confirmatorio que en un futuro nos hará creer que cada vez que tengamos esas sensaciones, podría ser cierto que alguien nos observa.

Como era de esperar, sus diversos experimentos dieron resultados negativos, por lo que concluyó que fuera su teoría cierta o no, en todo caso no existía tal cosa como la escopaestesia.

Más adelante ha sido un tema recurrente en investigaciones realizadas con diversas perspectivas, parapsicológicas inclusive, pero hemos de decir que hasta la fecha no se ha obtenido ninguna evidencia empírica que pueda hacer suponer que la escopaestesia sea real. Vale la pena mencionar que en aquellos experimentos en que se les pide a personas que adivinen si alguien les observa por detrás sin saber si realmente hay alguien o no, los resultados más optimistas rondan el 50% de aciertos, lo cual equivale a decir que cuando se acierta suele ser por puro azar. En conclusión, y como ya nos decía Titchener, la escopaesteasia no es un fenómeno real, o en todo caso no se produce por la existencia de algún sentido oculto, siendo en todo caso una alucinación sensorial breve.

No obstante, este es un tema demasiado interesante como dejarlo aquí, y me gustaría añadir que cierto estudio realizado por la Universidad de Sydney que cuando se experimenta con sujetos a los que previamente se les han dado pistas ambiguas sobre si estarán siendo observados o no, tienden a asumir que sí que habrá alguien mirándolos. Por lo tanto, sabemos que no poseemos una capacidad extrasensorial para detectar a un observador, pero sí es cierto que tenemos una tendencia a sentirnos observados. ¿Y esto por qué?


La conclusión a este respecto es que somos desconfiados, precavidos, por naturaleza. Esto tiene todo el sentido del mundo si pensamos en lo útil que resulta esta actitud cuando nuestros ancestros vivían en un ambiente en extremo hostil, y es que no reconocer a tiempo el peligro causaría un mayor peligro que una falsa alarma (huir de una amenaza inexistente).

Por supuesto, lo anterior se refiere a cuando la especie humana aún daba sus primeros pasos, siendo que ahora vivimos de un modo totalmente distinto este instinto nos afecta también de forma distinta. Por ejemplo, se dice que cuando alguien se siente observado esto afecta a su rendimiento en el trabajo e incluso a sus conductas en general, ya que al ser (o sentirse) observado se activa nuestra necesidad de dar una buena impresión.

Fuentes:
La sensación de ser observado, de E.B. Titchener
https://en.wikipedia.org/wiki/Psychic_staring_effect
Como la ilusión de estar siendo observado puede convertirte en mejor persona, por Sander van der Linden

domingo, 5 de febrero de 2017

Tripofobia o miedo a los patrones geométricos repetitivos y cercanos

Fobias hay muchas, y es que uno puede tener miedo de casi cualquier cosa. Hoy concretamente quería hablar de la tripofobia, también llamada fobia al patrón repetitivo. En este caso nos encontraríamos ante un miedo o angustia que se generan ante un estímulo formado por un conjunto de figuras geométricas juntas, normalmente hoyos pequeños repartidos sobre una superficie.

Aunque no está recogida en el DMS-V, el manual de los trastornos mentales, no son pocas las personas que manifiestan sentir desagrado ante este tipo de objetos, y aunque la mayoría no sienten exactamente miedo, sí que es cierto que bastantes de ellas afirman sentir repulsión. En todo caso, aunque existe evidencia de que el fenómeno existe, no disponemos por un ahora de suficientes estudios científicos al respecto como para entender cómo y porqué se produce.

Por tanto, aunque relativamente común, conocemos poco sobre ella. Repasemos pues lo que sí sabemos:

Una fobia puede tener diversos orígenes. Así nos encontramos con fobias adquiridas mediante experiencias traumáticas, de forma cultural o incluso por mero instinto, como sería el caso de la tripofobia según estudios llevados a cabo por la Universidad de Essex. Se teoriza con que en este caso dicho instinto sería una defensa ancestral contra animales peligrosos, que a menudo presentan patrones como los que causan el citado temor.

Buen ejemplo de ello es el pulpo de anillos azules, uno de los animales más venenosos del mundo

Por ello, si un rasgo como evitar este tipo de animales ayudaba a la supervivencia, no es de extrañar que hoy en día aún encontremos individuos que presenten dicha conducta. No obstante, esta no es la única teoría al respecto, y otros afirman que esta fobia es en realidad una reacción de disgusto general producida por la asociación de estas imágenes con ciertas enfermedades.

A pesar de lo dicho, si buscamos en la red información encontraremos poco más que el citado estudio, un montón de imágenes que pueden llegar a ser desagradables, y un artículo de la wikipedia, siendo dicho artículo cómo no el primer resultado y quizás el que menos información ofrece. Dicha falta de información se debe sobre todo a que se trata de un fenómeno que ha causado interés recientemente y por ello aún no disponemos de suficientes resultados experimentales como para entenderlo bien.

En los experimentos de Essex, entre otras cosas, se mostraron a casi 300 sujetos imágenes entre las cuales figuraban algunas de queso gruyere, semillas de loto, y otros con características similares, es decir, con agujeros u hoyos repartidos por su superficie. Los sujetos debían decir respecto a cada imagen si les causaba algún tipo de malestar. Un 16% de los evaluados manifestaron sentir desagrado ante las imágenes que contenían los agujeros o patrones geométricos similares.

Y pese a lo dicho, la tripofobia como hemos dicho no figura en el DSM-V, y esto es porque como dijimos existen multitud de fobias, ya que se puede tener miedo a casi todo. La mayorías de fobias se tratan con métodos muy similares, y por tanto no merecen una categoría diagnóstica por separado. Además, una fobia solo debe ser considerada como tal, y recibir tratamiento, cuando provoque síntomas tan intensos como para que interfiera en la vida normal del individuo que la sufre.

Si crees que sufres esta u otra fobia, ten en cuenta que las condiciones son:
  • Temor persistente, excesivo o irracional, desencadenado ante la presencia o la anticipación de cierto estímulo.
  • La presencia del estímulo provoca siempre la respuesta de angustia o ansiedad.
  • Tendencia a la evitación de aquellas situaciones que implicarían la presencia del estímulo temido, y/o vivencia de estas situaciones con malestar y ansiedad.
  • Interferencia de estos pensamientos y conductas en la vida cotidiana, afectando por tanto a estudios, trabajo, vida social y/o la actividad diaria en general.
Si cumples las condiciones arriba indicadas, entonces padeces una auténtica fobia y por tanto te recomiendo buscar ayuda terapéutica para superar dicho problema. Algunas terapias típicamente usadas ante estos problemas son la terapia por exposición, la terapia cognitivo conductual, o en casos graves el uso de medicamentos, siempre prescritos en este caso por un psiquiatra.

Por último, os dejo una pequeña selección de elementos que teóricamente producen esta aversión, para que comprobéis que sensación os producen. Las he dejado para el final, porque aunque a muchos no os dirán nada, estoy seguro de que a otros les puede causar bastante aprensión.

Semillas de loto, uno de los mejores ejemplos de estímulos que pueden evocar tripofobia


El sapo de Surinam protege su descendencia llevando sus huevos en la espalda hasta que eclosionan

El queso Emmental, más conocido como "el de los agujeros"

Panales de miel, otro ejemplo "clásico"

Fuentes:
Fear of holes, por Cole GG y Wilkins AJ
Assessment of trypophobia and an analysis of its visual precipitation, por Le AT, Cole GG, Wilkins AJhttp://www.lifeder.com/tripofobia/
http://www.muyinteresante.es/salud/articulo/la-tripofobia-o-miedo-a-los-agujeros-podria-tener-una-explicacion-evolutiva-891378205763
https://psicologiamotivacional.com/tripofobia-fobia-agujeros/
Psicopatología de la clínica cotidiana, por Manuel Murillo.

martes, 10 de mayo de 2016

¿Por qué no hay dos caras iguales?

Al hilo de lo que comentábamos ayer mismo, bien podríamos hablar un poco más sobre rasgos faciales, ya que a la mínima que pensemos un momento en el tema descubriremos que nuestras caras son únicas, inconfundibles, y esto es así ya que como el resto de nuestro cuerpo, han evolucionado para cumplir un propósito.

El hecho es que nuestros rostros son muy diferentes entre sí cuando los comparamos con los de otras especies. Una creencia común es la de pensar que nosotros no vemos las diferencias en los rostros de los animales debido a que no son de nuestra especie y que ellos a su vez no verán las diferencias en nuestros rostros. La realidad es que la mayoría de especies animales usan otros indicadores físicos para distinguirse como pueden ser el pelaje, el olor corporal, el color de las plumas, etc. El ser humano en cambio ha evolucionado hasta confiar mayormente en los rasgos faciales como indicador de la identidad.

Esta diversidad es el resultado de años de presión evolutiva y responde a la necesidad de nuestra sociedad en la que cada uno de nosotros entra en contacto con muchos individuos cada día y por tanto necesitamos un método rápido y eficaz para distinguir a cada uno. Aunque este método no es único, sí es el más prominente al ser el ser humano una especie cuyo sentido principal es la vista.

Estas son las conclusiones a las que llegó hace un par de años un equipo de investigadores de la Universidad de California, que comparó los rasgos faciales y corporales de humanos, su forma y diseño, en contraste con los de otras especies animales.

Además de lo dicho, también encontraron que los rasgos de la cara varían mucho más en nuestra especie que el resto de rasgos corporales no únicos, como la longitud de las extremidades. Esta variabilidad no solo se da de una zona a otra, sino que incluso dentro de una misma población existe también una gran diversidad, lo que indicaría que efectivamente esta característica de nuestra especie sirve a un propósito diferenciador.

Curiosamente, existen otras especies que usan sistemas de identificación similares, y aunque la mayoría pertenecen al orden de los primates, no son los únicos. Otras especies serían por ejemplo algunos tipos de avispa, aunque por supuesto no se da una variabilidad tan intensa como en nuestro caso.


No obstante y a pesar de todo lo dicho, este no es el único método que usamos para identificar al resto, ya que por ejemplo lo complementamos con otros rasgos como la altura, la voz o incluso la forma de moverse. Sin embargo a todos nos ha pasado aquello de ver de espaldas a alguien conocido y  resultar que se trataba de una persona totalmente distinta. Por ello se consideran los rasgos faciales como nuestra principal herramienta de identificación.

El estudio llega todavía más lejos y llega a comparar el genoma del humano actual con el de neandertales y homínidos de Denisova, concluyendo que existe la posibilidad de que este tipo de variaciones faciales preceda a la aparición de los humanos modernos.