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martes, 25 de abril de 2017

La importancia de motivar a los niños y niñas

Me resulta cuanto menos curioso que la mayor parte de las consultas que recibo son respecto a menores y no adultos. En tiempos de crisis o necesidad, la gente está dispuesta a sacrificar su salud psicológica y emocional, pero me tranquiliza saber que este sacrificio no incluye la salud de sus hijos e hijas.

Muchas de esas consultas tienen que ver con problemas relacionados con que el menor manifiesta angustia, ansiedad, dificultades de aprendizaje, miedos inapropiados o conductas conflictivas. Aunque el tratamiento es distinto para cada uno de estos problemas, es interesante ver como existe un factor común que muchas veces hemos ido descuidando y ha agravado el problema. Hablo de la motivación.


Y es que en la actualidad los más pequeños se enfrentan, aunque a veces se nos olvide, a un mundo que ejerce sobre ellos una tremenda presión. Se espera de ellos que obtengan buenas notas (poseyendo el término "buenas" un significado distinto en cada familia), que realicen sus actividades extraescolares, que se comporten adecuadamente, que elijan bien sus amistades y que las mantengan. Cuando flojean en alguno de estos aspectos, muchas veces no encuentran la compresión que deberían y en su lugar reciben quejas por parte de sus padres y profesores, reprimendas, o consejos bien intencionados que en todo caso no les hacen sentirse comprendidos y que en cambio les hace percibir que están fracasando. Por eso quizás es que tantos niños y niñas acaban resintiéndose y presentan una baja autoestima, pensamientos negativos y finalmente falta de motivación en una o varias áreas de su vida.

No es casualidad que diversos estudios relacionen que los niños que reciben apoyo emocional y motivacional adecuado desarrollan su capacidad para combatir los sentimientos pesimistas, y no solo eso, sino que este apoyo incluso parece facilitar el aprendizaje en general. Por supuesto, este estilo educativo podría ser un buen remedio para la lacra que es el acoso escolar o bullying, pues en muchas ocasiones los agresores tienen problemas de autoestima y buscan como víctimas otros a los que perciben como más débiles, por lo que aumentar la confianza en sí mismos disminuiría el riesgo de convertirse en acosador, además de aumentar los recursos que se poseen para evitar convertirse en víctima.

Tanto si queremos evitar la aparición de problemas como si lo que buscamos es que estos remitan, en una terapia psicológica dirigida a menores buscaremos estabilizar su entorno, ayudarles a que definan sus metas, organizar su trabajo y ocio, clarificar prioridades y repartir el tiempo disponible entre ellas, todo ello a fin de que logren sentirse competentes y recobre la confianza en sí mismos. Por supuesto también será conveniente, cuando no necesario, trabajar con los padres o cuidadores para ofrecerles unas pautas que puedan ayudar al menor y mejorar la relación entre ellos.

Lógicamente, deberemos enseñarle al menor estrategias concretas que le permitan expresarse y actuar de forma asertiva, buscando siempre que logre los objetivos que se marque mediante la incorporación de hábitos realmente productivos, pero además será muy importante animarle y saber distinguir cuando es conveniente ayudarle y cuando en cambio hay que hacerle ver que está capacitado para realizar la tarea en cuestión.

Pero no podemos hacerle sentir competente sin antes conocerle, por lo que será muy importante descubrir sus talentos, habilidades y gustos, así como aquellas conductas y actitudes que están limitando las cualidades del menor, todo ello para que desarrolle su potencial al máximo posible. Como vemos, esta parte de la terapia tiene mucho que ver con lo que actualmente se llama Coaching psicológico.


Con esta forma de proceder en mente lograremos, no solo resolver el problema concreto que afectaba al menor, sino proporcionarle estrategias para entender su entorno y a sí mismo, y por tanto poder afrontar también futuros problemas más eficientemente. Además, si logramos que el niño gane autonomía y confianza, también aprenderá indirectamente a disfrutar más de sus éxitos y en general estará más satisfecho con sí mismo.

A pesar de lo dicho habrá quién se plantee si realmente es tan determinante la motivación. Lo cierto es que desde que nacemos, e incluso un poco antes, empezados un viaje de descubrimiento en el que inconscientemente vamos añadiendo creencias a nuestra forma de pensar en base a nuestra experiencias directas e indirectas. Por ello, en nuestra personalidad futura influye familia, ambiente escolar, amistades, las organizaciones a las que nos vamos uniendo e incluso la sociedad en conjunto. Las ideas que conforman nuestro modo de pensar no solo incluyen la forma en que funciona el mundo, sino también la forma en que nos percibimos a nosotros mismos. Llamamos a esto autopercepción, y conforma la opinión que tenemos de nuestra persona, que puede ser más o menos realista, así como positiva o negativa.

Puesto que al llegar a la edad adulta nuestra personalidad ya ha sido formada, es antes de llegar a este punto cuando la persona se ve más influida. Esto no quiere decir que un adulto no pueda cambiar su forma de ser, pero en general le resultará bastante más difícil en comparación a un menor, al cual no olvidemos se está educando.


Viéndolo así es más fácil entender cómo es que síntomas emocionales, como pueden serlo la ansiedad o el miedo, se transmiten fácilmente de padres a hijos, pero por supuesto existen ciertas pautas que nos pueden ayudar a evitar socavar la autoestima del menor y en cambio conseguir que se sienta mejor consigo mismo:
  • Respeta a las figuras importantes para el menor: Si consideras que su profesor, el otro progenitor u otra persona importante en su vida se puede haber equivocado al hacer o decir algo ante el menor, evita criticarlo abiertamente. Es mejor explicarle nuestro punto de vista y las razones que tenemos para pensar así, pero sin desprestigiar al otro. Si por ejemplo un alumno empieza a creer que no puede confiar en las enseñanzas de sus profesores, estaremos propiciando que no les atienda ni se esfuerce en clase.
  • Establecer unas normas y disciplinas claras: Buscamos ser coherentes para ofrecer al menor un ambiente estable. No hace falta ser intransigente, pero es importante que el niño entienda que existen unos límites que todos debemos respetar, y que ciertas acciones se premian mientra que otras deben ser evitadas.
  • Conocer al menor: Tendremos en cuenta sus capacidades y posibilidades para no exigirle metas que no pueda lograr por el momento. Le ayudaremos cuando sea necesario, y le dejaremos actuar por su cuenta cuando esto sea posible.
  • Aceptar al niño: Relacionado con lo anterior, deberemos entender las capacidades del menor en cuestión, sus gustos y sus puntos fuertes, así como débiles. No se le puede exigir a todo el mundo los mismos resultados en todas las áreas, por lo que para lo anterior es necesario no comparar al niño con los demás.
  • Ayudarle a superar sus dificultades: Como ya he dicho, a cada uno se nos dan mejor algunas tareas que otras, y los niños y niñas no son una excepción. Cuando detectemos dificultades en algún área de aprendizaje deberíamos utilizar las actividades que más le gustan para que desarrolle las habilidades implicadas en esa dificultad que sufre. Así, sí logramos que se sienta más confiado al realizar ejercicios del área problemática mejoraremos su autoestima, con la consecuente disminución de ansiedad y miedos.
  • Crear un ambiente de cariño y confianza: Posiblemente sea un consejo demasiado generalista, pero resulta vital que el ambiente familiar sea agradable y que el menor se sienta apoyado. De esta forma cuando cometa un error le podremos ayudar o reconfortarle, mientras que cuando logre un éxito lo celebraremos juntos. Cuando aprendemos a disfrutar de nuestros logros, tendemos a esforzarnos espontáneamente para repetir la experiencia y por el camino desarrollamos nuestros talentos. Nuestra actitud positiva será importante incluso con las más pequeñas victorias, pues el niño debe sentir que su esfuerzo es valorado y no que cada vez se le exige más y más.
  • Dejarle su espacio: Aunque sigamos todos estos consejos los niños son personas, no máquinas. Esto implica que a veces se enfadarán, estarán tristes o simplemente no querrán colaborar o hacer sus tareas. Deberemos aprender cuando podemos afrontar el problema y cuando es mejorar darles un rato para que se calmen. Si logramos estar ambos relajados, conversar con un tono adecuado y explicar las veces que haga falta las cosas, a la larga obtendremos mejores resultados.
Los anteriores consejos serán de utilidad general para la mayoría, pero tendremos que adaptar la forma en que educamos a nuestros hijos a cada caso concreto. Si encontramos dificultades o nos vemos sobrepasados por la situación, lo mejor será buscar ayuda de un especialista en el área en que detectamos problemas (psicólogo, pedagogo, educador, etc) para que nos aconseje y nos facilite pautas que se adapten a nosotros.


martes, 28 de febrero de 2017

¿Cómo se evalúa y diagnostica el TDAH?

Si el otro día hablábamos de los distintos enfoques a la hora de tratar el TDAH (ADHD en inglés), hoy me gustaría comentar cómo se evalúa y diagnóstica este trastorno cuando hay sospechas o indicios de que pueda sufrirlo un menor en edad escolar, cómo debemos proceder y qué instrumentos y técnicas podemos usar para ello.

En este caso nos interesa no solo saber como afecta el TDAH al menor, sino cómo interacciona el trastorno con sus propias características personales, cómo afecta a su desarrollo evolutivo y cómo lo hace en cada contexto en concreto (familiar, social, escolar, etc).

Empezaremos a recabar los citados datos cuando nos llegue una demanda que exponga el problema. Primeramente es conveniente informar a la familia del menor sobre los pasos que pueden seguir en estas situaciones, para luego empezar la exploración con una entrevista a los progenitores, mediante la cual conoceremos en líneas generales la situación del menor. Tras ello deberemos evaluar sintomatología más concreta, para lo cual usaremos técnicas e instrumentos adaptados a las características del paciente, siendo la más relevante la edad del menor.

En el caso de tener que evaluar a un menor que aún no cursa primaria basaremos la exploración en el análisis del contexto familiar, el estilo educativo parental y la interacción del menor con el resto de la familia. Por supuesto, también es necesario tomar nota de las características del menor en sí, como su capacidad de atención, conducta motora, hábitos de sueño, alimentación, adaptación a los diversos contextos, funcionamiento cognitivo, capacidad de expresión oral y escrita, así como matemática, todo ello por supuesto teniendo en cuenta su edad.

En cambio si nos encontramos ante un menor que ya cursa estudios de primaria o incluso secundaria, deberemos atender, además de todo lo mencionado antes, también a su desarrollo emocional, autoestima, habilidades sociales y desenvolvimiento social.

Para todo ello, no solo utilizaremos la mencionada entrevista familiar, también requeriremos diversas escalas y pruebas específicas que además deberán además ser usadas para recabar información del entorno escolar y del propio menor.

Respecto al menor, es importante el análisis funcional de su conducta, para lo cual deberemos contar con el apoyo del profesorado. Entendemos por análisis funcional de las conductas la descripción de aquellas que sean relevantes al caso, de sus características, la frecuencia con que se dan, su duración y si es aplicable también su intensidad. Para ello deberemos informar antes al profesorado sobre como se debe efectuar este tipo de registro. Complementariamente, será buena idea analizar también cómo realiza el menor sus tareas escolares, su espacio de trabajo, así como la forma de estructurar sus escritos y redacciones.

Lógicamente, necesitaremos usar pruebas específicas para valorar la situación del menor y concretar la problemática que pueda o no sufrir. Requeriremos instrumentos que midan su capacidad de atención, si presenta hiperactividad y/o impulsividad, funciones ejecutivas, capacidad intelectual, de lectoescritura, cálculo, y la posible afectación emocional o conductual que presente.

Para evaluar la tríada de síntomas que caracterizan el TDAH tenemos a nuestro alcance diversos tests y escalas. Comentaré brevemente algunos:
  • D2 Test de atención: Se trata de un test breve, que se puede realizar en unos diez minutos y que mide nueve aspectos de la capacidad atencional, pudiendo aplicarse a partir de los ocho años.
  • EDAH Evaluación del TDAH: Prueba breve cuyo fin es evaluar, en menores de seis a doce años, la presencia o no de los síntomas característicos del TDAH y otros trastornos de conducta relacionados.
  • Test de Caras: Este test evalúa mediante ítems gráficos la capacidad de atención y percepción en menores de seis a dieciocho años. Destaca la brevedad con que puede aplicarse, en menos de 5 minutos.
  • EMAV Escala Magallanes de Atención Visual: Como su nombre indica, se trata de una prueba visual que evalúa la atención y diversas funciones de la misma. La prueba tiene una duración de media hora y es aplicable a menores de cinco a dieciocho años.
  • EMIC, Escala Magallanes de Impulsabilidad: Prueba informatizada aplicable a partir de los seis años y que mide la impulsividad, como su nombre indica, en unos veinte minutos.
  • CPT de Conners: Las diversas versiones de esta prueba informatizada evalúan en menores de más de ocho años la capacidad para realizar tareas de forma sostenida en el tiempo, y por tanto la capacidad de atención del sujeto. Tiene una duración de quince minutos, y está especialmente recomendada para casos de TDAH.
  • TOVA, Test de Variables en la Atención: Indicada para realizar un seguimiento del efecto positivo o negativo que está teniendo la medicación en cuanto a la atención en menores a partir de los cuatro años. Dura poco más de veinte minutos.


Para valorar otras áreas disponemos así mismo de otros instrumentos:
Como pruebas alternativas, si consideramos que es posible que el paciente presente otras sintomatologías asociadas, deberemos usar instrumentos de evaluación más específicos. Algunos ejemplos:
Lógicamente, la recolección de datos mediante entrevistas y pruebas psicométricas debe ir seguida de su contraste con los criterios para el diagnóstico del trastorno que figuran tanto en el DSM-V como en el CIE-10. No olvidemos que además del trabajo de exploración que realiza el profesional, la recogida de datos antes de emitir diagnóstico debe contrastarse con lo observado por los padres y profesores del menor. Para ello también disponemos de diversas escalas y cuestionarios que comentaremos en futuras entradas del blog para no extendernos demasiado hoy.

Un aspecto importante de la evaluación psicológica es que esta debe ser dinámica, por lo que debemos ir adaptándola al caso según avancemos en él. No podemos esperar tener bastantes datos como para emitir un diagnóstico en un solo día, y de la misma forma es de asumir que no realizaremos una sola entrevista, pues muy posiblemente a lo largo de las sesiones surjan nuevas dudas que cabrá esclarecer para realizar una mejor intervención.

Además, es imperante constatar los datos que se obtienen en las escalas mediante la observación directa y los informes de los progenitores/maestros, pues estas no sirven por sí solas como base única para el diagnóstico, siendo necesarias la evaluación clínica y las entrevistas como apoyo. Hecho esto, nos centraremos en detalles específicos que puedan merecer nuestra atención, ya sean estos conductas o síntomas concretos.

Sólo llegados a este punto será cuando podamos interpretar toda la información obtenida y emitir mediante ella una diagnóstico claro. Para ello eso sí, es necesario tener siempre presente otros trastornos o condiciones que puedan causar efectos similares, para evitar así el diagnóstico erróneo. Dicho diagnóstico, claro está, al igual que las pruebas realizadas deberá estar adaptado al individuo, por lo que deberemos resaltar en que aspectos el menor se ve más afectado y en cuales menos. Por ejemplo, no todos quienes padecen TDAH presenten hiperactividad (o impulsividad, o inatención) ni en todo caso la sufren con la misma intensidad.

Un aspecto a tener en cuenta es que a día de hoy no existe ninguna prueba médica que garantice el diagnóstico certero, siendo necesarias diversas sesiones con el menor, con los padres e incluso con los maestros, usando herramientas como las descritas para poder evaluar y reevaluar el estado del niño y su adaptación al medio.

Una vez emitido diagnóstico, prepararemos un plan de intervención que se ajuste a la problemática presente, a lo largo del cual deberemos tomar buena nota de la evolución del sujeto para mejorar aquellos aspectos que lo necesiten, buscando por supuesto obtener los mejores resultados posibles. Como último, debemos recordar que los efectos del TDAH no son estáticos, por lo que el propio diagnóstico debe ser dinámico y dimensional, cambiante con el paso del tiempo y el desarrollo evolutivo del niño.

jueves, 23 de febrero de 2017

Tratamiento psicopedagógico para el TDAH

Cuando sospechamos o confirmamos que un miembro de la familia sufre de Déficit de Atención, es natural que nos surjan inquietudes, preguntas e incluso temores acerca de este trastorno y todo lo que puede implicar, siendo la duda más habitual cómo podemos ayudarle a sobrellevar la situación y minimizar el conflicto que puede surgir tanto a nivel familiar como escolar.


¿Deberá medicarse? ¿Mejor la terapia quizás? ¿Cuánto duraría cada uno de estos tratamientos? ¿Qué beneficios y perjuicios pueden tener? Lo primero que debemos tener en cuenta es que el TDAH es un trastorno neuobiológico que no afecta a todos de la misma forma, pudiendo alterar la capacidad de atención de la persona, producir hiperactividad, impulsividad, o bien sendos tipos de sintomatología en diversa medida y forma. Por eso cada caso merece un estudio detallado para poder determinar que tipo de tratamiento será el más idóneo.

En cualquier caso para conseguir que la persona afectada, normalmente un menor, pueda seguir adelante con su vida de la forma más normalizada y adaptada posible será necesaria una estrecha colaboración entre el propio paciente, su familia y los especialistas que intervengan en el caso.

Habitualmente lo más recomendable será la combinación de tratamiento farmacológico (a determinar por un médico especialista) para mitigar los síntomas si estos afectan notablemente al individuo, más una terapia psicológica llevada a cabo por un especialista formado en la materia, a fin de ayudar a la persona a adaptarse a la situación, aceptarla y aprender cómo compensarla. Todo esto debería conseguir una disminución de los síntomas, así como de las conductas asociadas a ellos.

Pero aquí hablaremos de la parte psicológica del tratamiento, que es de la que nos podemos encargar en nuestra consulta. Un tratamiento psicológico puede abordarse desde diversas perspectivas, pero en nuestro caso nos basaremos en la terapia cognitivo conductual que es la que tiene más respaldo entre los expertos, al ser la que ha demostrado ser más efectiva en la mayoría de casos.

La terapia cognitivo conductual implica enseñar al individuo diversas estrategias que le ayuden a mejorar diversos aspectos de su día a día. En este caso utilizaremos autoinstrucciones, técnicas para la resolución de problemas, de autoregistro y autorefuerzo. La idea es enseñar a la persona a regular su propia conducta, planificar mejor la estrategia a seguir ante una tarea, centrar la atención, seleccionar la repuesta óptima y evaluar el desempeño al terminar para así mejorar futuras actuaciones. Estas técnicas serán de aplicación general y podrán ser utilizadas en casa, en el trabajo/escuela y en cualquier otro ámbito, siendo esperable mejores resultados si se implican familia, amigos, profesores y demás personas que interactúen con el paciente.

En relación a las funciones ejecutivas, que son precisamente las afectadas por el TDAH, son especialmente útiles las siguientes estrategias:
  • Usar un calendario de actividades, preferiblemente basado en elementos gráficos.
  • Usar un reloj con alarma para marcar el inicio y fin de las actividades, así como la duración de los descansos.
  • Jerarquía de tareas, remarcando la importancia y urgencia de cada una, la duración establecida para cada una y su horario.
  • Instrucciones claras y concisas.
  • Mantener el contacto visual al transmitir al sujeto las instrucciones.
  • Eliminación sistemática de estímulos distractores.
  • Comprobar si la información ha sido recibida y entendida correctamente.
  • En caso de los niños, ajustar las tareas escolares al nivel de alerta del niño. Recordemos que aunque la inteligencia no se ve afectada, la atención sí y esto causa que tareas que requieren concentración sean más complicadas para quienes padecen TDAH que para otros.
  • Entrenamiento en reconocimientos, entendimiento y expresión de emociones.
  • Uso de sistemas alternativos de aprendizaje, que no causen tanto agotamiento como los principales y sirvan de apoyo a los mismos, como pueden ser juegos o lecturas.
Eso sí, como dijimos antes cada caso particular muestra una afectación distinta en su grado y forma, por lo que las estrategias usadas deben adaptarse al paciente. Por ejemplo si nos encontramos ante un menor en el cual predomina la falta de atención pondremos especial énfasis en:
  • En clase deberá sentarse cerca del profesor, vigilando este eso sí que el niño nunca quede excluido del grupo.
  • Poner énfasis en los materiales, en que hay que traerlos y cuidarlos.
  • Comprobar que el alumno ha entendido lo que se le pide, preguntándole y corrigiéndolo si es necesario.
  • Revisar la correcta realización de las tareas. Seguimiento continuado de los avances.
  • Establecer fechas límite bien definidas para la entrega de trabajos, así como dejar claras las consecuencias en caso de no cumplirse dichos plazos.
En cambio, si la sintomatología predominante es la hiperactividad tendremos especial cuidado en:
  • Clarificar que en ciertas situaciones y momentos no podrá hablar y/o moverse. Usaremos señales visuales si es necesario, como carteles con dibujos.
  • Establecer ciertas señales que indicarán al sujeto que es momento de estarse quieto y/o sentado. Así mismo debería establecerse una señal que indique la situación contraria.


Finalmente, si el síntoma que más se manifiesta es la impulsividad:
  • Ofrecerle un espacio donde se encuentre cómodo trabajando.
  • Sentar al menor junto a otro alumno que presente un mejor comportamiento y que sirva como modelo de conducta.
  • Usar la técnica del tiempo fuera si esta llega a ser necesaria.
A lo anterior podemos añadir el uso de técnicas conductuales clásicas como son los reforzamientos tanto positivos como negativos, técnicas de aversión para rectificar conductas, sistemas de economía de fichas, evaluación de la conducta y autoinstrucciones, así como técnicas de control emocional como la relajación, o para mejorar las habilidades sociales como pueden ser los juegos de roles.

En todo caso, todo ello debe ser complementado con el entrenamiento de los padres en estas y otras estrategias que les sirvan para el manejo de la conducta del menor. Por ejemplo, deben tener claro cuándo y cómo deben reforzar o castigar un comportamiento para que este se repita o desaparezca del repertorio conductal del menor. Los refuerzos consistirán en elogios y alabanzas, así como muestras de cariño. Premios materiales como privilegios o algún capricho podrán ser usados inicialmente aunque en fases posteriores del tratamiento serán sustituidos por los que apelan a las emociones del menor. Los castigos deben consistir en retirarles la atención que les prestábamos, los privilegios antes otorgados, fichas conseguidas u otros refuerzos de los que antes disponía el menor, y nunca deberán consistir en un castigo físico. Tanto unos como otros deben ser aplicados de forma consistente e inmediata para así establecer un patrón comprensible y fiable por el cual el menor pueda guiarse.

Estos tratamientos psicopedagógicos pueden ser la base del tratamiento o servir de apoyo al tratamiento farmacológico. Como antes dijimos, cada situación merece ser evaluada por separado para así determinar que tipo de tratamiento y combinación de ellos puede dar mejor resultado.

martes, 7 de febrero de 2017

Desmontando mitos: Escopaestesia

Hoy hablamos de esas ocasiones en que sentimos a nuestras espaldas como si alguien nos estuviera observando o como si sintiésemos una mirada en la nuca. Este fenómeno se conoce como Escopaestesia y supondría que el ser humano posee algún sentido oculto que le permite detectar la presencia de extraños aunque no los vea ni escuche. Hablaríamos por tanto de una habilidad extrasensorial, pero tranquilos, en este blog abordamos siempre estos temas desde el escepticismo.

Una pequeña búsqueda por internet nos revela que el celebérrimo Titchener estudió estas experiencias, al darse cuenta de que eran bastantes los individuos que afirmaban ser capaces de percibir cuando alguien les estaba mirando aunque ellos mismos no pudiera verlo, sobre todo mencionaban sentir una mirada fijada en su nunca.

Titchener no creía en los poderes psíquicos, pensando en cambio que esta sensación era producida por aquellas veces en que nos giramos y este movimiento capta la atención de los demás, de modo que "confirmamos" que nos observaban y creamos un sesgo confirmatorio que en un futuro nos hará creer que cada vez que tengamos esas sensaciones, podría ser cierto que alguien nos observa.

Como era de esperar, sus diversos experimentos dieron resultados negativos, por lo que concluyó que fuera su teoría cierta o no, en todo caso no existía tal cosa como la escopaestesia.

Más adelante ha sido un tema recurrente en investigaciones realizadas con diversas perspectivas, parapsicológicas inclusive, pero hemos de decir que hasta la fecha no se ha obtenido ninguna evidencia empírica que pueda hacer suponer que la escopaestesia sea real. Vale la pena mencionar que en aquellos experimentos en que se les pide a personas que adivinen si alguien les observa por detrás sin saber si realmente hay alguien o no, los resultados más optimistas rondan el 50% de aciertos, lo cual equivale a decir que cuando se acierta suele ser por puro azar. En conclusión, y como ya nos decía Titchener, la escopaesteasia no es un fenómeno real, o en todo caso no se produce por la existencia de algún sentido oculto, siendo en todo caso una alucinación sensorial breve.

No obstante, este es un tema demasiado interesante como dejarlo aquí, y me gustaría añadir que cierto estudio realizado por la Universidad de Sydney que cuando se experimenta con sujetos a los que previamente se les han dado pistas ambiguas sobre si estarán siendo observados o no, tienden a asumir que sí que habrá alguien mirándolos. Por lo tanto, sabemos que no poseemos una capacidad extrasensorial para detectar a un observador, pero sí es cierto que tenemos una tendencia a sentirnos observados. ¿Y esto por qué?


La conclusión a este respecto es que somos desconfiados, precavidos, por naturaleza. Esto tiene todo el sentido del mundo si pensamos en lo útil que resulta esta actitud cuando nuestros ancestros vivían en un ambiente en extremo hostil, y es que no reconocer a tiempo el peligro causaría un mayor peligro que una falsa alarma (huir de una amenaza inexistente).

Por supuesto, lo anterior se refiere a cuando la especie humana aún daba sus primeros pasos, siendo que ahora vivimos de un modo totalmente distinto este instinto nos afecta también de forma distinta. Por ejemplo, se dice que cuando alguien se siente observado esto afecta a su rendimiento en el trabajo e incluso a sus conductas en general, ya que al ser (o sentirse) observado se activa nuestra necesidad de dar una buena impresión.

Fuentes:
La sensación de ser observado, de E.B. Titchener
https://en.wikipedia.org/wiki/Psychic_staring_effect
Como la ilusión de estar siendo observado puede convertirte en mejor persona, por Sander van der Linden

sábado, 17 de diciembre de 2016

TDAH: Combatiendo la impulsividad

Cuando un niño o niña sufre Déficit de Atención con Hiperactividad o TDAH sufre diversos síntomas, que podemos clasificar en inatención, hiperactividad e impulsividad. Hoy nos centraremos en la impulsividad y cómo controlarla.

Un menor que sea inusualmente impulsivo puede manifestar esta característica de muchas formas. Por ejemplo, podría comportarse de forma poco apropiada, ponerse en peligro al realizar conductas arriesgadas sin pensar en las consecuencias, o bien podría agredir a sus compañeros ante la mínima provocación, por poner algunos ejemplos. La forma de expresar este síntoma dependerá de cada individuo y sus características personales y ambientales.

Uno de los comportamientos impulsivos más común es la rabieta o berrinche. Todos los niños pueden sentirse abrumados en algún momento por sus emociones y expresarlas de este modo, pero en el caso de aquellos que padecen TDAH pueden darse más frecuentemente, ya que en general les resulta más difícil postergar sus deseos y necesidades. Es de esperar que a medida que crezcan aprenderán a calmarse y expresar de una manera más adecuada sus emociones, pero hasta ese momento conviene tener claro que podemos hacer para ayudarles.

Además de dificultades para aplazar los deseos que ya hemos mencionado, hay que tener en cuenta que también se ven más afectados por la estimulación externa. De la misma forma que un sonido o movimiento les distrae más que a la mayoría, una gran cantidad de ruido les puede provocar mayor malestar que a los demás. Es por ello que pueden perder la compostura en situaciones que les causen ansiedad o miedo.

Así pues ¿qué hacer cuando nuestro hijo sufre un berrinche? Cierto es que se trata de una situación compleja, y podemos encontrar desde padres que consienten al niño para que deje de llorar a otros que se enfadan lo castigan. Aunque no hay una solución mágica que valga para todos los niños y niñas, sí existen algunas estrategias que vale la pena tener en cuenta:

Buscar el desencadenante

Si hay una cosa segura es que cada vez que un niño sufre una rabieta es que hay un motivo. Esto no quiere decir que ese motivo sea siempre lógico o razonable, pero debe existir un desencadenante aunque a veces no lo podamos identificar a primera vista. Encontrar este origen o fuente es siempre el primer paso para poder cambiar la conducta.

Lo primero que habremos de saber es si el niño tiene alguna necesidad aunque no la haya expresado, pues puede sufrir alguna sin siquiera llegar a ser consciente de ello. Quizás esté hambriento o cansado. Si este no es el caso, también es probable que sienta alguna emoción especialmente intensa por otro motivo. Una vez identificamos el origen, para lo cual a veces necesitaremos conocer realmente bien al menor, podremos intentar ponerle solución.

Además, de esta forma ampliaremos nuestro conocimiento respecto al niño en cuestión, y lógicamente, si aprendemos que ciertos ambientes o situaciones lo estimulan demasiado, de ahí en adelante ya sabemos que deberíamos evitarlos.

Dejar claras las consecuencias

Como norma general, conviene hablar con el niño acerca de las consecuencias negativas que se derivan de ciertos comportamientos como la rabieta. La idea no es amenazar, sino dejar claro que si se realiza la conducta, nos disgustaremos y sucederá alguna cosa, como puede ser que no le dejaremos ver la televisión, siendo la diferencia el tono que empleemos el cual ha de ser pausado y tranquilo. A este respecto, si aplicamos un castigo es mejor cuando este tiene relación con la conducta. Si la rabieta tiene su origen en que quería un videojuego nuevo pero por el motivo que sea no se lo vamos a comprar, podríamos dejarle claro que si insiste y tiene un berrinche no podrá jugar a la consola esa tarde.

Claro está, esta estrategia no va a funcionar siempre pero resulta muy interesante pues permite planificar lo que puede o no suceder y si somos consecuentes el niño aprende que conductas y cuales no toleramos y como le afectan cuando las realiza.

Distraerlo

Si un niño se ha disgustado mucho por algún motivo, y siempre y cuando ese motivo no tenga gran importancia realmente, podemos intentar distraerlo hablándole de un tema no relacionado, a ser posible de uno que le entusiasme. Este truco es especialmente útil cuando tratamos con niños y niñas pequeños.

Tiempo muerto

El tiempo muerto o Time Out es una técnica que suele ser empleado cuando todo lo demás falla. Se trata de una versión adaptada del clásico "a tu habitación". Mandaremos al menor a un lugar apartado, una sala de la que le indicaremos que puede salir cuando se calme. En esta habitación no debería tener acceso a elementos que le puedan entretener como juguetes o la televisión, ya que la idea es que se concentre en lo que siente e intente verdaderamente tranquilizarse. No obstante, sí es útil que allí tenga acceso a objetos que le ayuden en este propósito como puede ser un peluche o libro que sabemos que lo relaja.

Cuando usemos el tiempo muerto, cronometraremos el tiempo que el niño pasa en la habitación, el cual en general debe ser corto, pues recordemos que buscamos que se tranquilice, no castigarlo. Pasado un tiempo prudencial podemos comprobar como se encuentra y hablar el tema con calma, y desde luego jamás lo dejaremos encerrado o aislado.

Hablar

Nuestra mejor baza será siempre el diálogo. Es muy importante emplear un tono tranquilo y que no haga entender al niño que estamos enfadados o molestos. Buscamos con la conversación conocer sus sentimientos y si creemos que puede ser útil, que el niño entienda los nuestros. El entendimiento mutuo es vital en la resolución de conflictos.

Cuando sepamos lo que siente el menor, se lo haremos saber explícitamente: "Te has disgustado porque no te he comprado ese juguete y ahora estás triste ¿verdad?" Cuando no lo sepamos le animaremos a que nos lo cuente y luego dejaremos claro que entendemos cómo se siente, e iniciaremos una conversación respecto a la importancia de lo sucedido y por qué queremos entenderlo.



Es importante dejar claro en estas conversaciones que nuestro objetivo es que no se repita la situación, siendo esto normalmente un punto que tendremos en común con el niño, pues hay que tener en cuenta que las rabietas también son episodios desagradables para él.

Preparar la transición

A quienes padecen TDAH les cuesta más adaptarse a cambios de situación, por lo que puede darse la rabieta cuando toca marcharse de un lugar que les gusta o dejar de lado una actividad divertida para empezar otra que disfrutan menos como hacer los deberes o cenar.

Para hacer estos cambios más llevaderos son importantes los recordatorios. Me refiero a recordarle al niño que dentro de determinado espacio de tiempo tendrá que dejar lo que está haciendo y empezar la otra actividad: "Te quedan quince minutos de juego y luego toca hacer los deberes" o "En cinco minutos vamos a cenar". Como medida adicional podemos advertir de las consecuencias si no se cumple el horario programado, por ejemplo restar tiempo a la próxima sesión de juego.

Ignorarle

Ignorar al niño puede ser a veces lo más acertado, pero hay que saber cuando es esto lo más idóneo. Hay que tener en cuenta que el berrinche viene a ser un reclamo de atención, pues el menor busca que le hagamos caso. Si el principal motivo tras este comportamiento es que le prestemos esa atención aunque luego no aceptemos sus demandas, en realidad el niño ha conseguido lo que quería y estaremos reforzando este tipo de conductas.

Para evitar dicho refuerzo, le negaremos el "premio" en forma de atención y lo dejaremos estar. Lo más probable es que tarde o temprano se de cuenta de que no va a conseguir lo que buscaba y se tranquilice. Cuando los berrinches ocurran muy a menudo, esta estrategia nos será muy útil.

Felicitarle

Centrarse solo en lo negativo no nos lleva a ninguna parte, por lo que es muy importante que le hagamos entender al niño cuando está haciendo las cosas bien. No basta con asumir que si nos ven tranquilos y hablándoles amablemente sabrán que aprobamos su comportamiento, sino que hay que decírselo siempre que podamos y sea cierto, para que sepan que tienen nuestro apoyo y que no solo nos damos cuenta de sus faltas y errores, sino también de sus virtudes y logros.

Nunca usar castigos físicos

No está de más recordarlo. Los niños (y los adultos en realidad) responden mejor al refuerzo positivo que al castigo, esto es, aprendemos mejor con los premios que no con las consecuencias negativas. Aquí hablamos de premio no solo en un sentido material, sino también cuando aplaudimos sus logros como antes comentaba.

Aun así no siempre podemos evitar enfadarnos cuando el niño o niña se comporta mal. No son pocos los padres que agarrarán al pequeño y lo golpearán, pero esto solo agrava la situación, pues además de dañarlo lo alteraremos todavía más, y no solo a él pues también aumentaremos nuestra propia tensión.

Hay que reconocer que este tipo de castigo puede servir para detener el comportamiento, pero lo más probable es que solo se logre temporalmente y el problema vuelva con todavía más fuerza. Eso sí, el resultado más probable es que el comportamiento se intensifique y además se aprenden nuevos patrones negativos, pues le enseñamos al niño que en ciertas ocasiones la violencia está justificada. Por eso, recomiendo encarecidamente que si usamos castigos estos sean de otro tipo, como prohibirles acciones o retirarles objetos temporalmente.



En conclusión, no hay una panacea que sirva para acabar fácilmente con este tipo de comportamientos, pero aunque pueda parecer difícil, mantener la calma, entender el problema y tener claro que estrategias aplicar en cada momento, nos ayudará en esta tarea.

jueves, 15 de diciembre de 2016

¿Por qué y cómo son diferentes los adolescentes?


Cuando los niños crecen, antes de ser adultos han de ser adolescentes. Su actitud y conductas cambian, dejando de ser tan infantiles pero aún así no pensando igual que los adultos. Por ello puede ser un tanto complejo definir qué y cómo es ser adolescente, pero hay ciertas características muy comunes entre esta población y hoy hablaré de ellas. A continuación, veamos qué podemos esperar cuando tratamos con un hijo o alumno adolescente y cómo sacar el máximo provecho de ello.

Se arriesgan más

En el presente texto veremos como los adolescentes tienden en general a correr más riesgos, poseen menos autocontrol, duermen más horas, tienen más dificultades en su gestión emocional y se ven más afectados por la presión social. Hablemos primero de esta tendencia a arriesgarse más, característica que puede hacer que parezcan más impulsivos o menos inteligentes, aunque la realidad es mucho más compleja.

En diversos estudios se ha demostrado que cuando no se conocen las probabilidades de éxito los adolescentes son más proclives a arriesgarse que un adulto. Aquí lo importante no es solo esa conducta distinta sino también el motivo tras ella, la ambigüedad. Y es que este "valor adolescente", por llamarlo de alguna manera, no tiene que ver con falta de raciocinio, delirios de grandeza o dificultades para calcular las probabilidades, siendo el motivo de origen neurológico.

Hemos de tener en cuenta que los adolescentes no son adultos, e igual que su físico aún está en desarrollo, también lo está su sistema nervioso. El área prefrontal del córtex cerebral, en su caso, no ha alcanzado su máximo esplendor, y siendo esta zona del cerebro la que se ocupa de controlar nuestras conductas y reflexiones, es normal que su forma de tomar decisiones sea distinta a la de un adulto.

Aunque nuestro primer pensamiento sea lamentarnos ante esta forma de ser de los jóvenes y no veamos otra opción que esperar a que lleguen a la mayoría de edad, lo cierto es que debemos pensar que esta es una oportunidad única en sus vidas. Toda característica humana y también las que se dan en nuestro desarrollo tienen una razón evolutiva de ser y este patrón de pensamiento no podía ser la excepción. Una persona que toma riesgos aprende más rápido las consecuencias de cada uno de sus actos, las relaciones naturales entre elementos y la forma de funcionar del mundo.

Por tanto resulta muy interesante aprovechar esta circunstancia en el ámbito académico, dejándolos arriesgarse y tomar sus propias decisiones, animándoles a ello pues antes habremos hecho de la clase un entorno seguro para ello, de modo que en ella puedan asumir retos que los pongan a prueba y les hagan cuestionarse la materia de estudio. Se trata de fomentar su propia curiosidad dejando que exploren su entorno, un entorno que previamente hemos delimitado para que no corra ningún riesgo su integridad física ni moral.

Sobre esto último, hay que tener en cuenta que uno de los mayores lastres en el progreso individual y social es el miedo al fracaso, pues supone la pérdida de tiempo y recursos en una causa perdida. Sin embargo, si dejamos claro al alumnado que en clase los errores no les restarán nota sino que servirán para que el grupo mejore y aprenda, la actitud de la clase puede cambiar radicalmente.

Les faltan horas de sueño

Numerosos estudios indican que los adolescentes tienden a necesitar más horas de sueño que los adultos, y aunque esta cantidad varia mucho entre individuos no es sorprendente que los hábitos para dormir cambien mucho desde la infancia hasta la juventud y luego la adultez.



Esta variación es producida por la hormona melatonina, la cual se genera en mayor cantidad conforme se va acercan la hora de dormir, pero esta aparición se retrasa más en el cerebro adolescente y es por esto que no se encuentran cansados hasta mucho más tarde. Ahora ya sabemos cómo es que los jóvenes aguantan toda la noche en vela, pero ¿no es cierto que luego no logran despertarse al llegar la mañana? Esto también es cierto y es en gran parte debido a que hemos estructurado nuestra sociedad entorno a los horarios, por lo que tanto si hemos dormido como si no debemos levantarnos a cierta hora, pero la realidad es que a muchos adolescentes les convendría tener un horario propio, un día de al menos 27 horas en lugar de 24.

Una vez más, nos encontramos ante una característica aparentemente negativa y ante la que no cabe más que resignarse. No obstante, precisamente por la importancia que tiene dormir lo suficiente debemos recalcarla a nuestros jóvenes, explicarles los efectos de un buen sueño en nuestro cuerpo y mente, ayudarles en la medida en que podamos, dándoles consejos sobre relajación y recomendando hábitos que favorezcan el descanso, indicando que actividades nos activan más y cuales nos relajan antes de la hora de acostarse.

 Acerca de la dificultad para interpretar las emociones

Una vez más, debido a que el córtex prefrontal se encuentra todavía en desarrollo, los adolescentes no pueden interpretar las emociones de la misma forma que lo harán cuando termine su crecimiento. En esta ocasión nuestro sistema nervioso delega funciones en el sistema límbico, que funciona de una forma más instintiva y menos racional, por lo que comete más errores en tareas socialmente complejas como esta y además puede reaccionar más intensamente de lo que debería.



Esta característica, quizás la más conocida de la población adolescente, no puede ser solucionada excepto esperando a que termine el desarrollo del menor. Lo recomendable es la paciencia y tener claro que aunque a veces parezcan adultos y quieran ser tratados como tales, en realidad no lo son. Puede ser útil mientras tanto el entrenamiento en metacognición o pensamiento crítico, incluyendo aquí la inteligencia emocional, buscando con ello no solucionar problemas inmediatos sino formar al adulto del futuro.

Falta de autocontrol

Otra característica bien conocida es la dificultad para controlar sus impulsos, diciendo y haciendo lo que piensan sin más, al menos si los comparamos con la población adulta. Este tipo de conductas aparecen sobre todo cuando se encuentran en tensión, y tienen su origen tanto en la falta de desarrollo en la corteza cerebral como en la mayor necesidad de los jóvenes de encontrar estímulos novedosos y recompensas más inmediatas.

El autocontrol se puede entrenar, pero ya adelantamos que debido a las limitaciones neurológicas es complicado. Una buena idea es hablar con los jóvenes en cuestión acerca de que elementos les distraen y alteran, para luego buscar de forma conjunta como limitar su efecto, siempre dentro de nuestras posibilidades.

En conclusión

Todo lo dicho pretende ser una ayuda para padres y profesores pero por supuesto no se trata de una guía extensa ni de métodos infalibles. La realidad es que ser adolescente es duro, pues hablamos de una época de nuestra vida en que nos enfrentamos a algunos de los mayores retos que deberemos afrontar, tendremos que tomar decisiones que nos marcan para siempre y todo ello cuando nuestra mente aún no ha terminado de desarrollarse.

A los adolescentes se les pide que se comporten como adultos, que entiendan todos los retos y tareas que mencionábamos, pero no siempre vamos a conseguir que entiendan la importancia de estos eventos. Resulta de vital importancia que padres y profesores se impliquen e intenten ayudarles en lo que puedan, guiándoles a través de estos años difíciles para que cuando sean adultos logren sus metas y no tengan que echar la vista atrás y lamentarse de lo que hicieron o lo que no.

Fuentes:
A Social Neuroscience Perspective on Adolescent Risk-Taking
The mysterious workings of the adolescent brain
National Sleep Foundation
Sleep your way to success
The stimuli drive the response: an fMRI study of youth processing adult or child emotional face stimuli.
Inside the teenage brain
The Teenage Brain: Self Control

martes, 11 de octubre de 2016

7 Juegos para ejercitar la mente junto a los pequeños de la casa (I)

Los padres y madres de hoy en día se mueven siempre entre dos tierras. Por una parte, querríamos poder pasar más tiempo con los pequeños de la casa y encontrar actividades de ocio que tanto ellos como nosotros disfrutásemos, pero por otra parte tenemos la responsabilidad de hacer que los niños aprovechen su tiempo y no se pasen el día haciendo cosas de poco provecho. Una buena forma de cumplir ambos objetivos es el uso de juegos que sepamos que cumplen varias condiciones:
  1. Ser divertidos tanto para los niños como para los adultos.
  2. Ser asequibles, es decir que no sean excesivamente complejos y que por tanto sea fácil aprenderse sus reglas.
  3. Ser educativos o bien que fomenten y refuercen las capacidades cognitivas.
A continuación os presento algunos juegos que cumplen esos requisitos.

Jungle Speed

Se trata de un juego de cartas recomendado para edades de siete en adelante, aunque ya os adelanto que es muy disfrutable a todas las edades. Las reglas son sencillas, consistiendo en un tótem de madera que se coloca a la misma distancia de todos los jugadores y en una baraja de cartas que se reparte entre todos. El objetivo es deshacerse de todas las cartas pero solo lo conseguiremos cuando en la mesa aparezcan dos cartas iguales y una de ellas sea nuestra. La cosa no acaba aquí pues en ese caso tocará coger el tótem antes que el rival.

Por supuesto, esto no será sencillo pues las cartas son muy similares entre si por lo que entre las prisas y su semejanza acabaremos dudando unos instantes que nuestro rival podrá usar para adelantársenos. Por todo ello se trata de un juego que ayuda a entrenar los reflejos, la atención, la capacidad de respuesta y el reconocimiento de patrones.

El ritmo frenético hace que el juego resulte muy entretenido y mejore cuanto más ganas le pongamos. Además las partidas son cortas y ocupa poco espacio así que es una buena opción para llevarlo con nosotros en los viajes.

Cuesta unos 20€ y existe una expansión que lo complica aún más si queremos, así como una versión infantil.


Apto para daltónicos

Dobble

Se trata de un juego al que pueden jugar hasta lo más pequeños aunque la edad recomendada es a partir de los seis años. Se compone de varias pruebas cuyo tema central es encontrar un objeto entre las cartas en juego. 



Una vez más, la capacidad de observación y los reflejos son fundamentales pero ahora también tendremos que hacer uso de nuestra memoria. Aunque se trata de un juego simple, engancha bastante y obliga a los jugadores a hacer un buen uso de sus facultades mentales.

PVP: 15€, aunque existe una versión simplificada para niños que solamente cuesta 11'40€


Jenga

El archiconocido Jenga. Consiste en una torre de piezas rectangulares de madera que hay que ir extrayendo poco a poco sin desestabilizar la estructura, perdiendo quién cometa un error y la derribe. Lógicamente, al jugar ejercitamos la coordinación psicomotriz y la siempre importante paciencia.

PVP: Alrededor de 15€ pero al ser un juego tan conocido y con tantos años existen multitud de modelos de diversas marcas, algunos realmente económicos.


Mikado

También conocido como palitos chinos. Otro juego bastante conocido y de gran antigüedad. Consiste en un puñado de palillos de madera u otro material, los cuales son dispuestos desordenadamente unos encima de otros formando un montón. El objetivo es retirar cuantos más palos mejor pero solo uno cada vez y sin mover el resto. Se trata de una operación complicada que exige, al igual que Jenga, concentración, paciencia y coordinación ojo-mano.

Siendo un juego con tanta tradición podemos encontrar infinidad de marcas que lo comercializan y muchas lo hacen a precio de ganga.

 Además ocupa poco espacio y por tanto es buena opción para llevárselo de viaje, siempre que sepamos que vamos a disponer de una superficie estable donde poder jugar.

Las diferentes bandas de colores indican los puntos que otorga cada palillo.

Story Cubes

Se trata de un juego extremadamente simple que facilita el jugarlo en prácticamente cualquier momento y lugar, no requiriendo ninguna preparación previa. Consta de nueve dados con imágenes en vez de números los cuales nos sirven de guía para narrar una historia con esos elementos. En realidad no hay más reglas que esas y se puede jugar de varias formas con lo que el juego tiene aún más vidilla de lo que parece.

Puede ser jugado por niños de cualquier edad siendo la única diferencia el tipo de historias que van a ser narradas, pero por la propia naturaleza del juego esto no es limitación alguna. Es un juego que sirve sobre todo para fomentar la imaginación pero como hay varias formas de jugar podemos aprovecharlo con otra idea en mente. Por ejemplo si nos interesa que el niño/a mejore su atención podemos idear una forma de juego en que en cualquier momento cualquier jugador puede convertirse en el narrador y tener que continuar la historia. Si lo que nos interesa es la cooperación podemos jugar narrando la historia de forma conjunta. Así mismo podemos narrar nosotros mismos relatos que promuevan los valores que consideremos oportunos.



PVP: 10€, existiendo además varias expansiones que añaden dados con más conceptos como animales o acciones.

Math Dice Jr

Aunque a muchos nos duela, es una realidad que para muchos niños las matemáticas son la asignatura más aborrecible de todas. En parte es porque en clase se tiende a presentar su faceta más anodina y una buena forma de compensarlo es mediante juegos matemáticos como este.

Se trata de otro juego de dados, esta vez numéricos y de distinta cantidad de caras, que lanzaremos para posteriormente obtener un número concreto mediante operaciones de suma y resta. El juego se puede complicar mucho, dependiendo de la edad y capacidad de los jugadores aunque el fabricante lo recomienda para edades de seis en adelante.

Naturalmente, es un juego ideal para entrenar la capacidad matemática y la agilidad mental, de una forma entretenida y que puede agradar a niños y adultos.




Time's up!

En realidad se trata del famoso juego de adivinar la película/personaje/etc pero refinado y comercializado. El objetivo es averiguar varios personajes en un máximo de treinta segundos a lo largo de tres rondas, cada una regida por unas reglas distintas.

Este juego, aunque simple, exige estar atentos y ser capaces de trabajar en equipo. Además, se puede modificar para incluir personajes históricos que aparezcan en la materia que los pequeños y no tan pequeños tengan que estudiar.

Existen varias versiones con diferente temática, incluida una para niños que puede ser jugada a partir de los cuatro años.


Existe una versión pensada para toda la familia por 22€.

  

Estos son solo algunos, pero existen muchísimos más aunque hablaremos de ellos otro día.
Si queréis haceros con alguno de los juegos comentados y os encontráis en Xátiva o cercanías, podéis acercaros a Manhattan Cómics en la calle Pintor Perales 6, donde los encontrareis todos.

sábado, 8 de octubre de 2016

El TDA-H y la esperanza de vida

El trastorno por déficit de atención (con o sin hiperactividad) conocido comúnmente como TDA-H es por así decirlo, un trastorno "de moda". Con el paso de los años vamos conociendo cada vez mejor cómo funciona, qué lo causa y cómo puede tratarse. No es para menos, pues se calcula que afecta alrededor de un 10% de los menores en edad de estudiar, aunque puede también ser diagnosticado en la edad adulta. Si nunca has oído hablar del TDA-H has de saber que consiste en dificultades para focalizar la atención, impulsividad y en su variedad más compleja, conducta hiperactiva. Quienes lo padecen o conocen a alguien con este diagnóstico saben que todo ello puede afectar tanto a nivel académico como social.

Por una vez, me gustaría dejar de lado el aspecto más académico, y también el social, que son los más conocidos para en su lugar hablar de la salud física. Digo esto por que los últimos estudios al respecto parecen indicar que los sujetos con TDA-H sufren un riesgo estadísticamente mayor que la media en cuanto a padecer una muerte prematura. La explicación tras este fenómeno sería la mayor tendencia a sufrir accidentes debido a la falta de atención.

Por otra parte, otro dato interesante es que son aquellos individuos que fueron diagnosticados en la edad adulta los que sufren más este riesgo, debido esto a que para los adultos es más difícil aprender a compensar estas carencias atencionales si no lo hicieron de pequeños. En concreto, los individuos diagnosticados a partir de los 18 años tienen hasta 4 veces más riesgo de muerte prematura. Este riesgo disminuye sensiblemente cuando el diagnóstico se realiza acertadamente durante la infancia. El riesgo también es mayor en mujeres que en hombre, aunque aun queda por determinar el significado de esta diferencia.


También hay que tener en cuenta que el TDA-H tiende a la comorbilidad con varios otros trastornos, y cuando confluyen en un mismo sujeto el riesgo aumenta notablemente.

Por supuesto, para evitar este peligro no vale solo con emitir un diagnóstico, es necesario también un tratamiento que resulte efectivo, ya sea mediante fármacos, psicoterapia o una combinación de ambos, según sea el caso.

Por tanto, el TDAH puede llegar a alterar mucho la vida del paciente por lo que será necesario, con tal de que este impacto sea mínimo en todos los ámbitos, que se evalúe el problema en cuanto se tenga alguna sospecha. En caso de diagnosticarse déficit de atención deberá empezarse el tratamiento cuanto antes, el cual deberá tener siempre por prioridad normalizar la vida del paciente para que este pueda seguir con su día a día.