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martes, 28 de febrero de 2017

¿Cómo se evalúa y diagnostica el TDAH?

Si el otro día hablábamos de los distintos enfoques a la hora de tratar el TDAH (ADHD en inglés), hoy me gustaría comentar cómo se evalúa y diagnóstica este trastorno cuando hay sospechas o indicios de que pueda sufrirlo un menor en edad escolar, cómo debemos proceder y qué instrumentos y técnicas podemos usar para ello.

En este caso nos interesa no solo saber como afecta el TDAH al menor, sino cómo interacciona el trastorno con sus propias características personales, cómo afecta a su desarrollo evolutivo y cómo lo hace en cada contexto en concreto (familiar, social, escolar, etc).

Empezaremos a recabar los citados datos cuando nos llegue una demanda que exponga el problema. Primeramente es conveniente informar a la familia del menor sobre los pasos que pueden seguir en estas situaciones, para luego empezar la exploración con una entrevista a los progenitores, mediante la cual conoceremos en líneas generales la situación del menor. Tras ello deberemos evaluar sintomatología más concreta, para lo cual usaremos técnicas e instrumentos adaptados a las características del paciente, siendo la más relevante la edad del menor.

En el caso de tener que evaluar a un menor que aún no cursa primaria basaremos la exploración en el análisis del contexto familiar, el estilo educativo parental y la interacción del menor con el resto de la familia. Por supuesto, también es necesario tomar nota de las características del menor en sí, como su capacidad de atención, conducta motora, hábitos de sueño, alimentación, adaptación a los diversos contextos, funcionamiento cognitivo, capacidad de expresión oral y escrita, así como matemática, todo ello por supuesto teniendo en cuenta su edad.

En cambio si nos encontramos ante un menor que ya cursa estudios de primaria o incluso secundaria, deberemos atender, además de todo lo mencionado antes, también a su desarrollo emocional, autoestima, habilidades sociales y desenvolvimiento social.

Para todo ello, no solo utilizaremos la mencionada entrevista familiar, también requeriremos diversas escalas y pruebas específicas que además deberán además ser usadas para recabar información del entorno escolar y del propio menor.

Respecto al menor, es importante el análisis funcional de su conducta, para lo cual deberemos contar con el apoyo del profesorado. Entendemos por análisis funcional de las conductas la descripción de aquellas que sean relevantes al caso, de sus características, la frecuencia con que se dan, su duración y si es aplicable también su intensidad. Para ello deberemos informar antes al profesorado sobre como se debe efectuar este tipo de registro. Complementariamente, será buena idea analizar también cómo realiza el menor sus tareas escolares, su espacio de trabajo, así como la forma de estructurar sus escritos y redacciones.

Lógicamente, necesitaremos usar pruebas específicas para valorar la situación del menor y concretar la problemática que pueda o no sufrir. Requeriremos instrumentos que midan su capacidad de atención, si presenta hiperactividad y/o impulsividad, funciones ejecutivas, capacidad intelectual, de lectoescritura, cálculo, y la posible afectación emocional o conductual que presente.

Para evaluar la tríada de síntomas que caracterizan el TDAH tenemos a nuestro alcance diversos tests y escalas. Comentaré brevemente algunos:
  • D2 Test de atención: Se trata de un test breve, que se puede realizar en unos diez minutos y que mide nueve aspectos de la capacidad atencional, pudiendo aplicarse a partir de los ocho años.
  • EDAH Evaluación del TDAH: Prueba breve cuyo fin es evaluar, en menores de seis a doce años, la presencia o no de los síntomas característicos del TDAH y otros trastornos de conducta relacionados.
  • Test de Caras: Este test evalúa mediante ítems gráficos la capacidad de atención y percepción en menores de seis a dieciocho años. Destaca la brevedad con que puede aplicarse, en menos de 5 minutos.
  • EMAV Escala Magallanes de Atención Visual: Como su nombre indica, se trata de una prueba visual que evalúa la atención y diversas funciones de la misma. La prueba tiene una duración de media hora y es aplicable a menores de cinco a dieciocho años.
  • EMIC, Escala Magallanes de Impulsabilidad: Prueba informatizada aplicable a partir de los seis años y que mide la impulsividad, como su nombre indica, en unos veinte minutos.
  • CPT de Conners: Las diversas versiones de esta prueba informatizada evalúan en menores de más de ocho años la capacidad para realizar tareas de forma sostenida en el tiempo, y por tanto la capacidad de atención del sujeto. Tiene una duración de quince minutos, y está especialmente recomendada para casos de TDAH.
  • TOVA, Test de Variables en la Atención: Indicada para realizar un seguimiento del efecto positivo o negativo que está teniendo la medicación en cuanto a la atención en menores a partir de los cuatro años. Dura poco más de veinte minutos.


Para valorar otras áreas disponemos así mismo de otros instrumentos:
Como pruebas alternativas, si consideramos que es posible que el paciente presente otras sintomatologías asociadas, deberemos usar instrumentos de evaluación más específicos. Algunos ejemplos:
Lógicamente, la recolección de datos mediante entrevistas y pruebas psicométricas debe ir seguida de su contraste con los criterios para el diagnóstico del trastorno que figuran tanto en el DSM-V como en el CIE-10. No olvidemos que además del trabajo de exploración que realiza el profesional, la recogida de datos antes de emitir diagnóstico debe contrastarse con lo observado por los padres y profesores del menor. Para ello también disponemos de diversas escalas y cuestionarios que comentaremos en futuras entradas del blog para no extendernos demasiado hoy.

Un aspecto importante de la evaluación psicológica es que esta debe ser dinámica, por lo que debemos ir adaptándola al caso según avancemos en él. No podemos esperar tener bastantes datos como para emitir un diagnóstico en un solo día, y de la misma forma es de asumir que no realizaremos una sola entrevista, pues muy posiblemente a lo largo de las sesiones surjan nuevas dudas que cabrá esclarecer para realizar una mejor intervención.

Además, es imperante constatar los datos que se obtienen en las escalas mediante la observación directa y los informes de los progenitores/maestros, pues estas no sirven por sí solas como base única para el diagnóstico, siendo necesarias la evaluación clínica y las entrevistas como apoyo. Hecho esto, nos centraremos en detalles específicos que puedan merecer nuestra atención, ya sean estos conductas o síntomas concretos.

Sólo llegados a este punto será cuando podamos interpretar toda la información obtenida y emitir mediante ella una diagnóstico claro. Para ello eso sí, es necesario tener siempre presente otros trastornos o condiciones que puedan causar efectos similares, para evitar así el diagnóstico erróneo. Dicho diagnóstico, claro está, al igual que las pruebas realizadas deberá estar adaptado al individuo, por lo que deberemos resaltar en que aspectos el menor se ve más afectado y en cuales menos. Por ejemplo, no todos quienes padecen TDAH presenten hiperactividad (o impulsividad, o inatención) ni en todo caso la sufren con la misma intensidad.

Un aspecto a tener en cuenta es que a día de hoy no existe ninguna prueba médica que garantice el diagnóstico certero, siendo necesarias diversas sesiones con el menor, con los padres e incluso con los maestros, usando herramientas como las descritas para poder evaluar y reevaluar el estado del niño y su adaptación al medio.

Una vez emitido diagnóstico, prepararemos un plan de intervención que se ajuste a la problemática presente, a lo largo del cual deberemos tomar buena nota de la evolución del sujeto para mejorar aquellos aspectos que lo necesiten, buscando por supuesto obtener los mejores resultados posibles. Como último, debemos recordar que los efectos del TDAH no son estáticos, por lo que el propio diagnóstico debe ser dinámico y dimensional, cambiante con el paso del tiempo y el desarrollo evolutivo del niño.

jueves, 23 de febrero de 2017

Tratamiento psicopedagógico para el TDAH

Cuando sospechamos o confirmamos que un miembro de la familia sufre de Déficit de Atención, es natural que nos surjan inquietudes, preguntas e incluso temores acerca de este trastorno y todo lo que puede implicar, siendo la duda más habitual cómo podemos ayudarle a sobrellevar la situación y minimizar el conflicto que puede surgir tanto a nivel familiar como escolar.


¿Deberá medicarse? ¿Mejor la terapia quizás? ¿Cuánto duraría cada uno de estos tratamientos? ¿Qué beneficios y perjuicios pueden tener? Lo primero que debemos tener en cuenta es que el TDAH es un trastorno neuobiológico que no afecta a todos de la misma forma, pudiendo alterar la capacidad de atención de la persona, producir hiperactividad, impulsividad, o bien sendos tipos de sintomatología en diversa medida y forma. Por eso cada caso merece un estudio detallado para poder determinar que tipo de tratamiento será el más idóneo.

En cualquier caso para conseguir que la persona afectada, normalmente un menor, pueda seguir adelante con su vida de la forma más normalizada y adaptada posible será necesaria una estrecha colaboración entre el propio paciente, su familia y los especialistas que intervengan en el caso.

Habitualmente lo más recomendable será la combinación de tratamiento farmacológico (a determinar por un médico especialista) para mitigar los síntomas si estos afectan notablemente al individuo, más una terapia psicológica llevada a cabo por un especialista formado en la materia, a fin de ayudar a la persona a adaptarse a la situación, aceptarla y aprender cómo compensarla. Todo esto debería conseguir una disminución de los síntomas, así como de las conductas asociadas a ellos.

Pero aquí hablaremos de la parte psicológica del tratamiento, que es de la que nos podemos encargar en nuestra consulta. Un tratamiento psicológico puede abordarse desde diversas perspectivas, pero en nuestro caso nos basaremos en la terapia cognitivo conductual que es la que tiene más respaldo entre los expertos, al ser la que ha demostrado ser más efectiva en la mayoría de casos.

La terapia cognitivo conductual implica enseñar al individuo diversas estrategias que le ayuden a mejorar diversos aspectos de su día a día. En este caso utilizaremos autoinstrucciones, técnicas para la resolución de problemas, de autoregistro y autorefuerzo. La idea es enseñar a la persona a regular su propia conducta, planificar mejor la estrategia a seguir ante una tarea, centrar la atención, seleccionar la repuesta óptima y evaluar el desempeño al terminar para así mejorar futuras actuaciones. Estas técnicas serán de aplicación general y podrán ser utilizadas en casa, en el trabajo/escuela y en cualquier otro ámbito, siendo esperable mejores resultados si se implican familia, amigos, profesores y demás personas que interactúen con el paciente.

En relación a las funciones ejecutivas, que son precisamente las afectadas por el TDAH, son especialmente útiles las siguientes estrategias:
  • Usar un calendario de actividades, preferiblemente basado en elementos gráficos.
  • Usar un reloj con alarma para marcar el inicio y fin de las actividades, así como la duración de los descansos.
  • Jerarquía de tareas, remarcando la importancia y urgencia de cada una, la duración establecida para cada una y su horario.
  • Instrucciones claras y concisas.
  • Mantener el contacto visual al transmitir al sujeto las instrucciones.
  • Eliminación sistemática de estímulos distractores.
  • Comprobar si la información ha sido recibida y entendida correctamente.
  • En caso de los niños, ajustar las tareas escolares al nivel de alerta del niño. Recordemos que aunque la inteligencia no se ve afectada, la atención sí y esto causa que tareas que requieren concentración sean más complicadas para quienes padecen TDAH que para otros.
  • Entrenamiento en reconocimientos, entendimiento y expresión de emociones.
  • Uso de sistemas alternativos de aprendizaje, que no causen tanto agotamiento como los principales y sirvan de apoyo a los mismos, como pueden ser juegos o lecturas.
Eso sí, como dijimos antes cada caso particular muestra una afectación distinta en su grado y forma, por lo que las estrategias usadas deben adaptarse al paciente. Por ejemplo si nos encontramos ante un menor en el cual predomina la falta de atención pondremos especial énfasis en:
  • En clase deberá sentarse cerca del profesor, vigilando este eso sí que el niño nunca quede excluido del grupo.
  • Poner énfasis en los materiales, en que hay que traerlos y cuidarlos.
  • Comprobar que el alumno ha entendido lo que se le pide, preguntándole y corrigiéndolo si es necesario.
  • Revisar la correcta realización de las tareas. Seguimiento continuado de los avances.
  • Establecer fechas límite bien definidas para la entrega de trabajos, así como dejar claras las consecuencias en caso de no cumplirse dichos plazos.
En cambio, si la sintomatología predominante es la hiperactividad tendremos especial cuidado en:
  • Clarificar que en ciertas situaciones y momentos no podrá hablar y/o moverse. Usaremos señales visuales si es necesario, como carteles con dibujos.
  • Establecer ciertas señales que indicarán al sujeto que es momento de estarse quieto y/o sentado. Así mismo debería establecerse una señal que indique la situación contraria.


Finalmente, si el síntoma que más se manifiesta es la impulsividad:
  • Ofrecerle un espacio donde se encuentre cómodo trabajando.
  • Sentar al menor junto a otro alumno que presente un mejor comportamiento y que sirva como modelo de conducta.
  • Usar la técnica del tiempo fuera si esta llega a ser necesaria.
A lo anterior podemos añadir el uso de técnicas conductuales clásicas como son los reforzamientos tanto positivos como negativos, técnicas de aversión para rectificar conductas, sistemas de economía de fichas, evaluación de la conducta y autoinstrucciones, así como técnicas de control emocional como la relajación, o para mejorar las habilidades sociales como pueden ser los juegos de roles.

En todo caso, todo ello debe ser complementado con el entrenamiento de los padres en estas y otras estrategias que les sirvan para el manejo de la conducta del menor. Por ejemplo, deben tener claro cuándo y cómo deben reforzar o castigar un comportamiento para que este se repita o desaparezca del repertorio conductal del menor. Los refuerzos consistirán en elogios y alabanzas, así como muestras de cariño. Premios materiales como privilegios o algún capricho podrán ser usados inicialmente aunque en fases posteriores del tratamiento serán sustituidos por los que apelan a las emociones del menor. Los castigos deben consistir en retirarles la atención que les prestábamos, los privilegios antes otorgados, fichas conseguidas u otros refuerzos de los que antes disponía el menor, y nunca deberán consistir en un castigo físico. Tanto unos como otros deben ser aplicados de forma consistente e inmediata para así establecer un patrón comprensible y fiable por el cual el menor pueda guiarse.

Estos tratamientos psicopedagógicos pueden ser la base del tratamiento o servir de apoyo al tratamiento farmacológico. Como antes dijimos, cada situación merece ser evaluada por separado para así determinar que tipo de tratamiento y combinación de ellos puede dar mejor resultado.

sábado, 17 de diciembre de 2016

TDAH: Combatiendo la impulsividad

Cuando un niño o niña sufre Déficit de Atención con Hiperactividad o TDAH sufre diversos síntomas, que podemos clasificar en inatención, hiperactividad e impulsividad. Hoy nos centraremos en la impulsividad y cómo controlarla.

Un menor que sea inusualmente impulsivo puede manifestar esta característica de muchas formas. Por ejemplo, podría comportarse de forma poco apropiada, ponerse en peligro al realizar conductas arriesgadas sin pensar en las consecuencias, o bien podría agredir a sus compañeros ante la mínima provocación, por poner algunos ejemplos. La forma de expresar este síntoma dependerá de cada individuo y sus características personales y ambientales.

Uno de los comportamientos impulsivos más común es la rabieta o berrinche. Todos los niños pueden sentirse abrumados en algún momento por sus emociones y expresarlas de este modo, pero en el caso de aquellos que padecen TDAH pueden darse más frecuentemente, ya que en general les resulta más difícil postergar sus deseos y necesidades. Es de esperar que a medida que crezcan aprenderán a calmarse y expresar de una manera más adecuada sus emociones, pero hasta ese momento conviene tener claro que podemos hacer para ayudarles.

Además de dificultades para aplazar los deseos que ya hemos mencionado, hay que tener en cuenta que también se ven más afectados por la estimulación externa. De la misma forma que un sonido o movimiento les distrae más que a la mayoría, una gran cantidad de ruido les puede provocar mayor malestar que a los demás. Es por ello que pueden perder la compostura en situaciones que les causen ansiedad o miedo.

Así pues ¿qué hacer cuando nuestro hijo sufre un berrinche? Cierto es que se trata de una situación compleja, y podemos encontrar desde padres que consienten al niño para que deje de llorar a otros que se enfadan lo castigan. Aunque no hay una solución mágica que valga para todos los niños y niñas, sí existen algunas estrategias que vale la pena tener en cuenta:

Buscar el desencadenante

Si hay una cosa segura es que cada vez que un niño sufre una rabieta es que hay un motivo. Esto no quiere decir que ese motivo sea siempre lógico o razonable, pero debe existir un desencadenante aunque a veces no lo podamos identificar a primera vista. Encontrar este origen o fuente es siempre el primer paso para poder cambiar la conducta.

Lo primero que habremos de saber es si el niño tiene alguna necesidad aunque no la haya expresado, pues puede sufrir alguna sin siquiera llegar a ser consciente de ello. Quizás esté hambriento o cansado. Si este no es el caso, también es probable que sienta alguna emoción especialmente intensa por otro motivo. Una vez identificamos el origen, para lo cual a veces necesitaremos conocer realmente bien al menor, podremos intentar ponerle solución.

Además, de esta forma ampliaremos nuestro conocimiento respecto al niño en cuestión, y lógicamente, si aprendemos que ciertos ambientes o situaciones lo estimulan demasiado, de ahí en adelante ya sabemos que deberíamos evitarlos.

Dejar claras las consecuencias

Como norma general, conviene hablar con el niño acerca de las consecuencias negativas que se derivan de ciertos comportamientos como la rabieta. La idea no es amenazar, sino dejar claro que si se realiza la conducta, nos disgustaremos y sucederá alguna cosa, como puede ser que no le dejaremos ver la televisión, siendo la diferencia el tono que empleemos el cual ha de ser pausado y tranquilo. A este respecto, si aplicamos un castigo es mejor cuando este tiene relación con la conducta. Si la rabieta tiene su origen en que quería un videojuego nuevo pero por el motivo que sea no se lo vamos a comprar, podríamos dejarle claro que si insiste y tiene un berrinche no podrá jugar a la consola esa tarde.

Claro está, esta estrategia no va a funcionar siempre pero resulta muy interesante pues permite planificar lo que puede o no suceder y si somos consecuentes el niño aprende que conductas y cuales no toleramos y como le afectan cuando las realiza.

Distraerlo

Si un niño se ha disgustado mucho por algún motivo, y siempre y cuando ese motivo no tenga gran importancia realmente, podemos intentar distraerlo hablándole de un tema no relacionado, a ser posible de uno que le entusiasme. Este truco es especialmente útil cuando tratamos con niños y niñas pequeños.

Tiempo muerto

El tiempo muerto o Time Out es una técnica que suele ser empleado cuando todo lo demás falla. Se trata de una versión adaptada del clásico "a tu habitación". Mandaremos al menor a un lugar apartado, una sala de la que le indicaremos que puede salir cuando se calme. En esta habitación no debería tener acceso a elementos que le puedan entretener como juguetes o la televisión, ya que la idea es que se concentre en lo que siente e intente verdaderamente tranquilizarse. No obstante, sí es útil que allí tenga acceso a objetos que le ayuden en este propósito como puede ser un peluche o libro que sabemos que lo relaja.

Cuando usemos el tiempo muerto, cronometraremos el tiempo que el niño pasa en la habitación, el cual en general debe ser corto, pues recordemos que buscamos que se tranquilice, no castigarlo. Pasado un tiempo prudencial podemos comprobar como se encuentra y hablar el tema con calma, y desde luego jamás lo dejaremos encerrado o aislado.

Hablar

Nuestra mejor baza será siempre el diálogo. Es muy importante emplear un tono tranquilo y que no haga entender al niño que estamos enfadados o molestos. Buscamos con la conversación conocer sus sentimientos y si creemos que puede ser útil, que el niño entienda los nuestros. El entendimiento mutuo es vital en la resolución de conflictos.

Cuando sepamos lo que siente el menor, se lo haremos saber explícitamente: "Te has disgustado porque no te he comprado ese juguete y ahora estás triste ¿verdad?" Cuando no lo sepamos le animaremos a que nos lo cuente y luego dejaremos claro que entendemos cómo se siente, e iniciaremos una conversación respecto a la importancia de lo sucedido y por qué queremos entenderlo.



Es importante dejar claro en estas conversaciones que nuestro objetivo es que no se repita la situación, siendo esto normalmente un punto que tendremos en común con el niño, pues hay que tener en cuenta que las rabietas también son episodios desagradables para él.

Preparar la transición

A quienes padecen TDAH les cuesta más adaptarse a cambios de situación, por lo que puede darse la rabieta cuando toca marcharse de un lugar que les gusta o dejar de lado una actividad divertida para empezar otra que disfrutan menos como hacer los deberes o cenar.

Para hacer estos cambios más llevaderos son importantes los recordatorios. Me refiero a recordarle al niño que dentro de determinado espacio de tiempo tendrá que dejar lo que está haciendo y empezar la otra actividad: "Te quedan quince minutos de juego y luego toca hacer los deberes" o "En cinco minutos vamos a cenar". Como medida adicional podemos advertir de las consecuencias si no se cumple el horario programado, por ejemplo restar tiempo a la próxima sesión de juego.

Ignorarle

Ignorar al niño puede ser a veces lo más acertado, pero hay que saber cuando es esto lo más idóneo. Hay que tener en cuenta que el berrinche viene a ser un reclamo de atención, pues el menor busca que le hagamos caso. Si el principal motivo tras este comportamiento es que le prestemos esa atención aunque luego no aceptemos sus demandas, en realidad el niño ha conseguido lo que quería y estaremos reforzando este tipo de conductas.

Para evitar dicho refuerzo, le negaremos el "premio" en forma de atención y lo dejaremos estar. Lo más probable es que tarde o temprano se de cuenta de que no va a conseguir lo que buscaba y se tranquilice. Cuando los berrinches ocurran muy a menudo, esta estrategia nos será muy útil.

Felicitarle

Centrarse solo en lo negativo no nos lleva a ninguna parte, por lo que es muy importante que le hagamos entender al niño cuando está haciendo las cosas bien. No basta con asumir que si nos ven tranquilos y hablándoles amablemente sabrán que aprobamos su comportamiento, sino que hay que decírselo siempre que podamos y sea cierto, para que sepan que tienen nuestro apoyo y que no solo nos damos cuenta de sus faltas y errores, sino también de sus virtudes y logros.

Nunca usar castigos físicos

No está de más recordarlo. Los niños (y los adultos en realidad) responden mejor al refuerzo positivo que al castigo, esto es, aprendemos mejor con los premios que no con las consecuencias negativas. Aquí hablamos de premio no solo en un sentido material, sino también cuando aplaudimos sus logros como antes comentaba.

Aun así no siempre podemos evitar enfadarnos cuando el niño o niña se comporta mal. No son pocos los padres que agarrarán al pequeño y lo golpearán, pero esto solo agrava la situación, pues además de dañarlo lo alteraremos todavía más, y no solo a él pues también aumentaremos nuestra propia tensión.

Hay que reconocer que este tipo de castigo puede servir para detener el comportamiento, pero lo más probable es que solo se logre temporalmente y el problema vuelva con todavía más fuerza. Eso sí, el resultado más probable es que el comportamiento se intensifique y además se aprenden nuevos patrones negativos, pues le enseñamos al niño que en ciertas ocasiones la violencia está justificada. Por eso, recomiendo encarecidamente que si usamos castigos estos sean de otro tipo, como prohibirles acciones o retirarles objetos temporalmente.



En conclusión, no hay una panacea que sirva para acabar fácilmente con este tipo de comportamientos, pero aunque pueda parecer difícil, mantener la calma, entender el problema y tener claro que estrategias aplicar en cada momento, nos ayudará en esta tarea.

martes, 11 de octubre de 2016

7 Juegos para ejercitar la mente junto a los pequeños de la casa (I)

Los padres y madres de hoy en día se mueven siempre entre dos tierras. Por una parte, querríamos poder pasar más tiempo con los pequeños de la casa y encontrar actividades de ocio que tanto ellos como nosotros disfrutásemos, pero por otra parte tenemos la responsabilidad de hacer que los niños aprovechen su tiempo y no se pasen el día haciendo cosas de poco provecho. Una buena forma de cumplir ambos objetivos es el uso de juegos que sepamos que cumplen varias condiciones:
  1. Ser divertidos tanto para los niños como para los adultos.
  2. Ser asequibles, es decir que no sean excesivamente complejos y que por tanto sea fácil aprenderse sus reglas.
  3. Ser educativos o bien que fomenten y refuercen las capacidades cognitivas.
A continuación os presento algunos juegos que cumplen esos requisitos.

Jungle Speed

Se trata de un juego de cartas recomendado para edades de siete en adelante, aunque ya os adelanto que es muy disfrutable a todas las edades. Las reglas son sencillas, consistiendo en un tótem de madera que se coloca a la misma distancia de todos los jugadores y en una baraja de cartas que se reparte entre todos. El objetivo es deshacerse de todas las cartas pero solo lo conseguiremos cuando en la mesa aparezcan dos cartas iguales y una de ellas sea nuestra. La cosa no acaba aquí pues en ese caso tocará coger el tótem antes que el rival.

Por supuesto, esto no será sencillo pues las cartas son muy similares entre si por lo que entre las prisas y su semejanza acabaremos dudando unos instantes que nuestro rival podrá usar para adelantársenos. Por todo ello se trata de un juego que ayuda a entrenar los reflejos, la atención, la capacidad de respuesta y el reconocimiento de patrones.

El ritmo frenético hace que el juego resulte muy entretenido y mejore cuanto más ganas le pongamos. Además las partidas son cortas y ocupa poco espacio así que es una buena opción para llevarlo con nosotros en los viajes.

Cuesta unos 20€ y existe una expansión que lo complica aún más si queremos, así como una versión infantil.


Apto para daltónicos

Dobble

Se trata de un juego al que pueden jugar hasta lo más pequeños aunque la edad recomendada es a partir de los seis años. Se compone de varias pruebas cuyo tema central es encontrar un objeto entre las cartas en juego. 



Una vez más, la capacidad de observación y los reflejos son fundamentales pero ahora también tendremos que hacer uso de nuestra memoria. Aunque se trata de un juego simple, engancha bastante y obliga a los jugadores a hacer un buen uso de sus facultades mentales.

PVP: 15€, aunque existe una versión simplificada para niños que solamente cuesta 11'40€


Jenga

El archiconocido Jenga. Consiste en una torre de piezas rectangulares de madera que hay que ir extrayendo poco a poco sin desestabilizar la estructura, perdiendo quién cometa un error y la derribe. Lógicamente, al jugar ejercitamos la coordinación psicomotriz y la siempre importante paciencia.

PVP: Alrededor de 15€ pero al ser un juego tan conocido y con tantos años existen multitud de modelos de diversas marcas, algunos realmente económicos.


Mikado

También conocido como palitos chinos. Otro juego bastante conocido y de gran antigüedad. Consiste en un puñado de palillos de madera u otro material, los cuales son dispuestos desordenadamente unos encima de otros formando un montón. El objetivo es retirar cuantos más palos mejor pero solo uno cada vez y sin mover el resto. Se trata de una operación complicada que exige, al igual que Jenga, concentración, paciencia y coordinación ojo-mano.

Siendo un juego con tanta tradición podemos encontrar infinidad de marcas que lo comercializan y muchas lo hacen a precio de ganga.

 Además ocupa poco espacio y por tanto es buena opción para llevárselo de viaje, siempre que sepamos que vamos a disponer de una superficie estable donde poder jugar.

Las diferentes bandas de colores indican los puntos que otorga cada palillo.

Story Cubes

Se trata de un juego extremadamente simple que facilita el jugarlo en prácticamente cualquier momento y lugar, no requiriendo ninguna preparación previa. Consta de nueve dados con imágenes en vez de números los cuales nos sirven de guía para narrar una historia con esos elementos. En realidad no hay más reglas que esas y se puede jugar de varias formas con lo que el juego tiene aún más vidilla de lo que parece.

Puede ser jugado por niños de cualquier edad siendo la única diferencia el tipo de historias que van a ser narradas, pero por la propia naturaleza del juego esto no es limitación alguna. Es un juego que sirve sobre todo para fomentar la imaginación pero como hay varias formas de jugar podemos aprovecharlo con otra idea en mente. Por ejemplo si nos interesa que el niño/a mejore su atención podemos idear una forma de juego en que en cualquier momento cualquier jugador puede convertirse en el narrador y tener que continuar la historia. Si lo que nos interesa es la cooperación podemos jugar narrando la historia de forma conjunta. Así mismo podemos narrar nosotros mismos relatos que promuevan los valores que consideremos oportunos.



PVP: 10€, existiendo además varias expansiones que añaden dados con más conceptos como animales o acciones.

Math Dice Jr

Aunque a muchos nos duela, es una realidad que para muchos niños las matemáticas son la asignatura más aborrecible de todas. En parte es porque en clase se tiende a presentar su faceta más anodina y una buena forma de compensarlo es mediante juegos matemáticos como este.

Se trata de otro juego de dados, esta vez numéricos y de distinta cantidad de caras, que lanzaremos para posteriormente obtener un número concreto mediante operaciones de suma y resta. El juego se puede complicar mucho, dependiendo de la edad y capacidad de los jugadores aunque el fabricante lo recomienda para edades de seis en adelante.

Naturalmente, es un juego ideal para entrenar la capacidad matemática y la agilidad mental, de una forma entretenida y que puede agradar a niños y adultos.




Time's up!

En realidad se trata del famoso juego de adivinar la película/personaje/etc pero refinado y comercializado. El objetivo es averiguar varios personajes en un máximo de treinta segundos a lo largo de tres rondas, cada una regida por unas reglas distintas.

Este juego, aunque simple, exige estar atentos y ser capaces de trabajar en equipo. Además, se puede modificar para incluir personajes históricos que aparezcan en la materia que los pequeños y no tan pequeños tengan que estudiar.

Existen varias versiones con diferente temática, incluida una para niños que puede ser jugada a partir de los cuatro años.


Existe una versión pensada para toda la familia por 22€.

  

Estos son solo algunos, pero existen muchísimos más aunque hablaremos de ellos otro día.
Si queréis haceros con alguno de los juegos comentados y os encontráis en Xátiva o cercanías, podéis acercaros a Manhattan Cómics en la calle Pintor Perales 6, donde los encontrareis todos.

sábado, 8 de octubre de 2016

El TDA-H y la esperanza de vida

El trastorno por déficit de atención (con o sin hiperactividad) conocido comúnmente como TDA-H es por así decirlo, un trastorno "de moda". Con el paso de los años vamos conociendo cada vez mejor cómo funciona, qué lo causa y cómo puede tratarse. No es para menos, pues se calcula que afecta alrededor de un 10% de los menores en edad de estudiar, aunque puede también ser diagnosticado en la edad adulta. Si nunca has oído hablar del TDA-H has de saber que consiste en dificultades para focalizar la atención, impulsividad y en su variedad más compleja, conducta hiperactiva. Quienes lo padecen o conocen a alguien con este diagnóstico saben que todo ello puede afectar tanto a nivel académico como social.

Por una vez, me gustaría dejar de lado el aspecto más académico, y también el social, que son los más conocidos para en su lugar hablar de la salud física. Digo esto por que los últimos estudios al respecto parecen indicar que los sujetos con TDA-H sufren un riesgo estadísticamente mayor que la media en cuanto a padecer una muerte prematura. La explicación tras este fenómeno sería la mayor tendencia a sufrir accidentes debido a la falta de atención.

Por otra parte, otro dato interesante es que son aquellos individuos que fueron diagnosticados en la edad adulta los que sufren más este riesgo, debido esto a que para los adultos es más difícil aprender a compensar estas carencias atencionales si no lo hicieron de pequeños. En concreto, los individuos diagnosticados a partir de los 18 años tienen hasta 4 veces más riesgo de muerte prematura. Este riesgo disminuye sensiblemente cuando el diagnóstico se realiza acertadamente durante la infancia. El riesgo también es mayor en mujeres que en hombre, aunque aun queda por determinar el significado de esta diferencia.


También hay que tener en cuenta que el TDA-H tiende a la comorbilidad con varios otros trastornos, y cuando confluyen en un mismo sujeto el riesgo aumenta notablemente.

Por supuesto, para evitar este peligro no vale solo con emitir un diagnóstico, es necesario también un tratamiento que resulte efectivo, ya sea mediante fármacos, psicoterapia o una combinación de ambos, según sea el caso.

Por tanto, el TDAH puede llegar a alterar mucho la vida del paciente por lo que será necesario, con tal de que este impacto sea mínimo en todos los ámbitos, que se evalúe el problema en cuanto se tenga alguna sospecha. En caso de diagnosticarse déficit de atención deberá empezarse el tratamiento cuanto antes, el cual deberá tener siempre por prioridad normalizar la vida del paciente para que este pueda seguir con su día a día.